Diez viajes que empiezan en el sofá y terminan lejos: de las tierras altas de Kenia a las fuentes del Nilo, del Sáhara a Lhasa, de la Ciudad Prohibida a Tahití. Ninguna es cine de postal. En casi todas, quien se marcha no vuelve igual.
«Yo tenía una granja en África, al pie de las colinas de Ngong». Karen Blixen escribió esa frase muchos años después de perderlo todo: el café arruinado por las heladas, la tierra vendida, el hombre al que amaba enterrado en esas mismas colinas. Está en pasado, y ahí reside su fuerza. No describe un lugar: describe una ausencia.
El cine aprendió pronto la lección. Las diez películas que siguen no venden destinos ni prometen escapadas; en casi todas, el que se marcha regresa distinto, y alguno no regresa. Trazan además una ruta: de Kenia al Sáhara, de Arabia al Himalaya, de Pekín a Tahití, hasta cerrar el círculo en la selva del Paraná. Verlas seguidas, con la persiana bajada y el ventilador zumbando, es dar la vuelta al mundo por el procedimiento más antiguo que existe: mirar.
1. Memorias de África (Out of Africa, 1985)
Sydney Pollack necesitó dos horas y media para contar lo que Blixen resolvió en una línea. Meryl Streep es la danesa que desembarca en Kenia con un matrimonio de conveniencia y una plantación de café sembrada demasiado alta para dar fruto; Robert Redford, el cazador que se niega a pertenecer a nadie. Lo que la película entiende mejor que ninguna otra es que el paisaje no hace de decorado, sino de antagonista: las colinas de Ngong no se dejan poseer –ni por los ingleses, ni por la baronesa, ni por el amor–. La secuencia del biplano sobre el Rift arruinó a varias generaciones para cualquier otra idea de África.
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2. Las montañas de la luna (Mountains of the Moon, 1990)
Cuatro décadas antes de que Blixen pisara Mombasa, dos ingleses se internaron en el continente buscando el nacimiento del Nilo por encargo de la Royal Geographical Society. Bob Rafelson reconstruyó aquella expedición de 1850 sin concesiones: la fiebre, los meses de marcha, la ceguera, la sordera, los porteadores que desertan. Es la mejor película jamás rodada sobre lo que de verdad costaba explorar, y sobre todo acerca de una amistad que se pudre en el camino, porque la gloria del hallazgo solo cabe en un nombre y ellos eran dos. Patrick Bergin compone un Richard Burton bronco y magnético; la fotografía de Roger Deakins hace el resto.
3. El cielo protector (The Sheltering Sky, 1990)
Port y Kit Moresby desembarcan en el norte de África en 1947 con la esperanza de que el desierto arregle lo que ellos no saben arreglar. Bernardo Bertolucci rodó en Marruecos, Argelia y Níger, y Vittorio Storaro fotografió una luz que no consuela: aquí la arena no purifica a nadie. En el café de la primera secuencia, y otra vez en la última, un anciano observa a la pareja desde una mesa: es el propio Paul Bowles, cuarenta años después de escribir la novela, recitando sus palabras. Suya es la distinción que sostiene esta lista completa: el turista piensa en volver a casa desde que sale; el viajero, quizá no vuelva.
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4. Lawrence de Arabia (Lawrence of Arabia, 1962)
Del desierto que devora al desierto que seduce. David Lean rodó tres horas y cuarenta y ocho minutos sobre un oficial británico enviado en 1917 desde El Cairo a las arenas de Arabia, y firmó de paso el mejor plano de aparición de la historia del cine: un punto negro tiembla en el horizonte y tarda una eternidad –una eternidad literal, medida en metros de celuloide– en convertirse en jinete. Peter O’Toole interpreta a un T. E. Lawrence que se enamora del vacío hasta que el vacío le devuelve algo peor que a sí mismo. Los árabes sospechan de él; sus superiores lo creen loco. Aciertan los dos bandos.
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5. Siete años en el Tíbet (Seven Years in Tibet, 1997)
De la arena a la nieve. En 1939, el alpinista austríaco Heinrich Harrer partió hacia el Nanga Parbat buscando una cumbre y encontró una guerra: acabó en un campo de prisioneros británico del que escapó para cruzar el Himalaya a pie. Jean-Jacques Annaud filma esos dos años de travesía con una paciencia que hoy sorprende, y luego se detiene en Lhasa, la ciudad prohibida a los extranjeros, donde el vanidoso Harrer que interpreta Brad Pitt entabla amistad con un Dalái Lama todavía niño. El paisaje va aflojando al personaje capa a capa, como el frío.
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6. El último emperador (The Last Emperor, 1987)
Bertolucci de nuevo, tres años antes del Sáhara. Pekín, 1908: un niño de tres años es arrancado de los brazos de su madre en mitad de la noche y conducido a la Ciudad Prohibida, donde lo coronan emperador de un imperio que se está deshaciendo bajo sus pies. Puyi reinará sobre trescientos cincuenta millones de súbditos sin poder cruzar una puerta. La película invierte la fórmula de todas las demás de esta lista: aquí el viajero no va a ninguna parte, y ese es el drama. Se llevó los nueve Óscar a los que aspiraba, incluidos película y dirección.
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7. El imperio del sol (Empire of the Sun, 1987)
El mismo año, el mismo país, otro imperio cayendo. Shanghái, diciembre de 1941: el ejército japonés ocupa la ciudad y la vida acomodada de un niño inglés se termina en una tarde. Steven Spielberg adaptó la novela en buena medida autobiográfica de J. G. Ballard y confió el papel a un Christian Bale de trece años que sostiene la película entero, del asombro al espanto. John Malkovich hace de superviviente sin escrúpulos. Es Spielberg en su registro menos consolador: aquí crecer consiste en aprender que los aviones que uno adora son los que bombardean.
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8. Silencio (Silence, 2016)
Del Shanghái ocupado al Japón cerrado a cal y canto. Dos jesuitas portugueses del siglo XVII viajan hasta el shogunato Tokugawa para buscar a su mentor, del que se dice que ha renunciado a la fe bajo tortura. Martin Scorsese llevaba décadas queriendo adaptar la novela de Shūsaku Endō, y el resultado es la película más áspera y menos turística de esta selección: niebla, barro, mar gris, una costa que no promete nada. Detalle revelador: el Nagasaki de Scorsese no existe. Se rodó íntegramente en Taiwán, en los alrededores de Taipéi. El Japón que uno recuerda de la película es, en realidad, otro sitio.
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9. Motín a bordo (The Bounty, 1984)
En 1787, la Bounty zarpó rumbo a Tahití con el encargo de recoger plantas del árbol del pan y trasladarlas al Caribe para alimentar barato a los esclavos. Tardó diez meses en llegar. La tripulación descubrió el paraíso, se quedó cinco, y cuando el teniente Bligh ordenó levar anclas, ya nadie quería marcharse. Roger Donaldson enfrenta a un Mel Gibson desbordado y a un Anthony Hopkins que redime a Bligh: no un sádico, sino un profesional incapaz de entender que a sus hombres les hayan cambiado el alma. Guion de Robert Bolt, música de Vangelis. Y la mejor parte llega después del motín: el viaje de Bligh y sus leales en un bote abierto, a la deriva por medio Pacífico, hasta Timor.
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10. La misión (The Mission, 1986)
El mismo guionista, Robert Bolt, cierra el círculo al otro lado del Pacífico. Selva del Paraná, hacia 1750: el Tratado de Madrid reparte fronteras sobre un mapa lejano y condena a las reducciones jesuíticas. Roland Joffé filmó junto a las cataratas de Iguazú, y Chris Menges convirtió el agua en un personaje más; Ennio Morricone escribió para el padre Gabriel de Jeremy Irons un oboe que se ha quedado a vivir en la memoria colectiva. Robert De Niro es el mercader de esclavos que sube la garganta arrastrando su armadura a modo de penitencia. La secuencia lo dice todo sobre esta lista: viajar, aquí, es cargar con el peso hasta arriba.
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Blixen escribió en pasado porque solo se puede narrar aquello que ya se ha perdido. Ninguna de estas diez películas sirve para preparar un viaje: en todas hay alguien que llega a un sitio y descubre, tarde, que el sitio no era lo que buscaba. Y sin embargo, cuando termina la última y uno apaga la pantalla y sube la persiana y ahí sigue la misma calle de siempre a cuarenta grados, queda la sensación tenaz de haber estado fuera. De haber tenido, durante dos horas y media, una granja en África, al pie de las colinas de Ngong.