Tánger es una ciudad que vive entre la leyenda y el susurro, entre el Mediterráneo y los sueños que miran a Europa. Blanca, mística y eterna, ha sido refugio de poetas, artistas, espías y viajeros que buscaban perderse en su medina, en sus aromas y en la luz coloreada de un atardecer en el afamado Hafa Café. Un lugar donde el tiempo se detiene y cada callejuela de su Medina guarda una historia que aún tiene ecos de verdad.
Unos dicen que es una vedette sujetada en el Mediterráneo; otros, que es la perla de Marruecos; para el poeta modernista Rubén Darío era una ciudad blanca, muy blanca, tatuada de minaretes verdes. Es una de las localidades alauitas más queridas, más amadas, más evocadas en canciones, en poemas, en documentos secretos. Este lugar que atrapa y es eterno, como lo describió Truman Capote, no es otro que Tánger. La ciudad que mira a Europa por encima de todas, nido de espías, refugio literario de poetas, escritores, cantantes y políticos. Todos querían perderse, y algunos aún lo siguen haciendo hoy, entre sus cafés, entre sus estrechas callejas de la medina y bajo su cielo protector y, sobre todo, en las terrazas de uno de sus cafés, el centenario Café Hafa.
La antigua Tingris de los romanos, donde dicen que Hércules se sentaba para sujetar el mundo conocido, siempre ha sido un lugar evocador y lleno de leyendas, unas escritas y otras que sólo se susurran al oído. Tánger siempre ha tenido tatuada la modernidad de la cercana Europa en la piel de sus calles y ha respirado esos aires que llegaban del norte para convertirse en una de las ciudades de Marruecos más cosmopolitas, pero, eso sí, sin perder su exotismo y pasado histórico.
La medina: paseo obligado

Antes de ir en busca del Café Hafa, uno debe perderse por su medina. Para llegar a las centenarias terrazas de este café hay que seguir el laberinto que tejen sus callejuelas, que confunden y nunca se sabe dónde se terminará. Todo recorrido puede empezar en la plaza 9 de Abril. Allí se ubica el Gran Zoco y una elegante puerta que introduce, de forma hipnótica, en la medina de Tánger. A partir de ese momento, el caminante debe ir descifrando en cada paso un laberinto de cal y ecos, de olores y sonidos que evocan un mundo distinto: escaleras alfombradas de colores, el sonido del rezo que proviene de escondidas mezquitas, el olor de la hierbabuena, de la menta de los tés morunos, de especias, de curtidos, el silencio de pequeñas plazuelas, el mirar de mil ojos detrás de las celosías poco indiscretas.

Hay gente que tiene miedo a perderse en las medinas. Pero eso es lo que hay que hacer, dejarse perder, ir y venir, llegar y descubrir que las calles se mueven con cada uno de nuestros pasos. Sólo hay una brújula que nos pueda guiar, y esta es nuestra propia intuición. Y en esta de Tánger hay que dejarse acariciar con la mirada las bellas puertas de madera que van cambiando de color a cada uno de nuestros pasos: del verde turquesa, al rojo sangre, del azul del mar mediterráneo, que se intuye al final del horizonte, al marrón caoba. Cada recodo es un lienzo vivo de la herencia andalusí que tuvo la ciudad, y las paredes de añil y blanco son uno de los mejores ejemplos donde se abraza el misticismo magrebí, invitando al viajero a descubrir rincones como los hornos comunales de pan, que siguen perfumando el aire con el calor de las hogazas recién elaboradas.

La ciudad fortificada de palacios y artesonados de madera
En la Medina de Tánger hay que buscar dos rúas. La primera es Bab Dar Dbagh, una verdadera rúa de las de maravillas, donde las manos de los artesanos perpetúan oficios antiguos en puestos que parecen detenidos en el tiempo; y la segunda, la Rue Siaghine, que conduce de forma natural a las puertas del Mercado Central. Si el zoco y la medina ya, de por sí, son una experiencia para los olores y los sabores marroquís, aquí se llega al culmen. Un escenario donde la vida tangerina palpita con una intensidad cromática sin igual. Allí, entre el bullicio de lo cotidiano, los sentidos se rinden a una alquimia de aromas: la calidez de las especias, el dulzor de los dátiles y la fragancia de las hierbas frescas se entrelazan con el rítmico pregón de los mercaderes, revelando la esencia más pura y generosa de la despensa marroquí.

Seguro que nuestro norte nos lleva al inicio de la kasbah de Tánger, la ciudadela fortificada, ubicada en la zona alta de medina y que desde el siglo X fue el verdadero centro de poder político, económico y social de la ciudad. Aquí las calles se hacen más estrechas, más auténticas, y es donde se experimenta la historia y cultura de la antigua ciudad. Su corazón es el Palacio de Dar al-Makhzen, traspasar su recia puerta labrada es entrar en un silencio regio que solo lo rompe el fragor de las fuentes de sus patios porticados y decorados con geométricos azulejos. En sus salones, hoy museo de la ciudad, varias joyas, como los grandes mosaicos romanos que recuerdan ese pasado imperial que tuvieron estas tierras. Alrededor de este palacio, las más nobles casas tradicionales, vistas panorámicas del estrecho y la más vibrante de las vidas cotidianas tangerinas.

El Hafa, un café que mira a Europa
En la zona más alta de la ciudad, saliendo de este barrio sin tiempo por la Bab Kasbah o Puerta Alta de la Fortaleza, está un rincón de seducción bohemio, un recuerdo de lo que fue antaño esta ciudad alauita de arte y literatura: el Café Hafa. Fundado el primer año de la década de los felices veinte del siglo pasado, se ubica en una atalaya privilegiada sobre los acantilados de Marchane, mirador eterno de este mar que para unos une y para otros separa.

Este rincón, nacido de la más absoluta sencillez, se transformó rápidamente en la patria espiritual de la bohemia internacional que llegaba a Tánger en busca de exotismo. Sin proponérselo, sin querer, fue la meca donde las sombras de escritores como Paul Bowles o William Burroughs, o el español Luis Goytisolo, siguen siendo eternas y majestuosas, y donde los ecos rebeldes de los Rolling Stones aún parecen habitar entre sus terrazas escalonadas. Pasar la puerta, bajar y sentarse en algunas de sus terrazas es abrazar algo auténtico y respirar esa atmósfera de libertad indómita que ha seducido a generaciones de viajeros y artistas.
El Café Hafa, que ya ha cumplido su primer siglo de vida, se erige no solo como un destino turístico, sino como un símbolo que aún perdura de la identidad tangerina y como un puente de nostalgia entre el pasado cosmopolita y la modernidad vibrante de esta ciudad. Todos los que llegan y se sientan en una de las mesas comparten un mismo horizonte compuesto por un azul infinito y una Europa al fondo, todos se impregnan de un mismo aroma, todos son náufragos de la vida: pobres, ricos, artistas y letrados, de aquí o turistas de allá. Cada uno ve la misma luz tornasolada que ofrece la tarde de Tánger y oye el mismo susurro del viento. Un balcón que sigue custodiando la esencia de esta ciudad que se niega a perder su aire de leyenda que le dio su historia pasada, manteniéndose como un refugio donde el tiempo, sencillamente, decide no transcurrir.

Visitar el Hafa no es solo acudir a un café, sino participar en un acto de fe literaria y musical, convirtiéndose uno mismo en un verso libre, transgresor, exótico, místico, rebelde, más de esa historia que se sigue escribiendo, tarde tras tarde, frente al Estrecho. Todos miran a Europa, a esa tierra que es y será, que se añora y se sueña.
Y cerca está el Hafa de los pobres. Perdonen esta licencia que hago de la curiosa necrópolis fenicia cercana al mítico café donde aquellos que no se pueden permitir ir a las literatas y artísticas terrazas se sientan en las huellas que la muerte dejó esculpidas en la tierra, con termos de té o latas de zumo, bolsas de pistachos y también mirando a Europa. Madres que, con sus ojos, saludan a esposos e hijos que no saben en qué zona del Viejo Continente están, y niños que sueñan con saltar y seguir el camino que hay allá, hacia el norte.

Cuando uno conoce Tánger, nunca termina de irse de allí. Cuando uno conoce el Hafa Café, nunca puede dejar de recordarlo. Y que mejor final que unas estrofas de Aute: «Te recordé, desnuda / Bajo el cielo protector / Tomando té / Adormecida sobre tu chador/ Cuando te amé / En las terrazas del Hafa Café. Del Hafa Café».