El primer puerto del Perú fue durante años sinónimo de miedo. Hoy sus casonas republicanas son galerías al aire libre y sus propios vecinos guían al visitante.
Llego a Callao un día de «garúa», esa niebla húmeda que envuelve al puerto y a la capital, Lima, durante gran parte del año. Aunque muchos confunden Callao con un distrito más de Lima –debido a su proximidad–, en realidad se trata de una ciudad y una provincia independientes, tan cercanas a la capital que casi se funden con ella, pero que se enorgullecen de su alma «chalaca» y portuaria. Había quedado en encontrarme con Mara Loyo –una vecina del lugar y guía turística– a la entrada del pasaje de la Casa Ronald, un antiguo edificio de estilo neoclásico situado en pleno corazón del centro histórico de Callao. Basta con cruzar el umbral del pasaje, entre mármoles y bustos de otras épocas, para sentir la doble vida de este lugar: el esplendor perdido y el nuevo brillo que lo ha vuelto a habitar.
Hoy en día cuesta imaginarlo, gracias a los llamativos grafitis y a los grupos de turistas con cámara y teléfono en mano, pero durante décadas nadie se aventuraba en el centro histórico de Callao si no tenía un conocido dentro. El barrio de Castilla, situado a solo unas calles de aquí, se consideraba en su día el más peligroso del principal puerto de Perú: era un territorio por cuyo control se libraban tiroteos entre bandas rivales –los «Malditos de Castilla» contra los «Fieros de Loreto» y otras– por el dominio de la construcción y el menudeo de drogas. Las antiguas casonas construidas por inmigrantes y antiguas familias chalacas hace un siglo, se caían a pedazos, ocupadas ilegalmente, convertidas en refugio de drogadictos y narcotraficantes o, simplemente, abandonadas a su suerte…