Las mejores playas para el kitesurf y otros deportes acuáticos, rutas en 4x4 y paisajes de belleza sobrecogedora: así es el nuevo destino de moda en la costa del Sáhara.
Desde el pasado 8 de enero, y gracias a una nueva ruta de Ryanair, solo tres horas de vuelo separan Madrid de Dajla, la antigua Villa Cisneros del Sáhara español, hoy bajo administración marroquí. Situada en una estrecha península de nombre exótico, Río de Oro o Wad Ad-Dahab, y apenas 40 kilómetros de longitud, Dajla ofrece al viajero una experiencia única gracias a su singular ubicación.
A un lado se abre la inmensidad del Atlántico; al otro, surge una laguna de aguas tranquilas, atrapada por las arenas infinitas del Sáhara. Paisajes espectaculares, espacios naturales con una fauna desbordante, una nutrida oferta de deportes acuáticos y de aventura, y un buen número de experiencias para descubrir la cultura de este rincón del desierto: Dajla lo tiene todo para cautivar al visitante.
Sobre el mapa se dibuja la singular geografía de Dajla: una península estrecha y alargada que separa la bravura del Atlántico de la calma de la bahía. Entre ambos mundos se reparten la ciudad, los vestigios coloniales, las dunas, los islotes y las playas que articulan este viaje por el Sáhara atlántico.
Mapa interactivo real con los enclaves exactos del reportaje
«A un lado se abre la inmensidad del Atlántico; al otro, surge una laguna de aguas tranquilas, atrapada por las arenas infinitas del Sáhara»
— Javier García Blanco · Wanderer Magazine
Bautizada como Villa Cisneros durante la época colonial española, Dajla fue fundada en 1884 como parte de la expansión europea en África. Además de ser un importante centro administrativo, también jugó un papel relevante en la historia de la aviación gracias a la Aéropostale, la línea aérea que conectaba Europa con África y América Latina. Uno de sus pilotos era Antoine de Saint-Exupéry, célebre autor de El Principito, quien, según dicen, no solo habría escrito algunos pasajes de su obra en este lugar, sino que también habría salvado la vida gracias al faro español de Arciprés Grande, a las afueras de la localidad y que todavía puede contemplarse hoy.
En la actualidad, esta ciudad marroquí y su región viven principalmente de la pesca, aunque el turismo ha ido ganando terreno en los últimos años gracias a las bondades del lugar para la práctica de deportes acuáticos como el kitesurf o el windsurf.
Bastan unas horas en Dajla para comprobar que su principal atractivo es su naturaleza inigualable. La laguna, en realidad una bahía, con sus aguas turquesas, es uno de los puntos de referencia para los aficionados al kitesurf y el windsurf, gracias a sus vientos constantes, pero también ofrece rincones de belleza sorprendente. Uno de ellos es la Duna Blanca, una impresionante formación de arena que, en función de las mareas, acaba rodeada por las aguas del Atlántico, y resulta ideal tanto para los amantes de la fotografía como para la práctica de deportes acuáticos.
La excursión para llegar hasta allí se realiza a bordo de todoterrenos, aquí el vehículo por excelencia, que cabalgan las arenas del desierto. Otro rincón singular es Punta Sarga, en el extremo sur de la península. Allí descansan cientos de barcas de pescadores que zarpan cada día desde este punto para faenar, pintando una estampa inolvidable.
Pero además es también un paraíso para los amantes de la fauna. Desde este balcón sobre la bahía es posible contemplar flamencos y otras aves migratorias, y a veces también delfines y tortugas. No puede faltar tampoco una visita a la Isla del Dragón, un pequeño islote al que se accede en lancha y cuya silueta regala, desde su cima, una espectacular perspectiva de toda la laguna.
«La excursión hasta la Duna Blanca se realiza a bordo de todoterrenos que cabalgan las arenas del desierto entre aguas turquesa y viento constante»
— Javier García Blanco · Wanderer Magazine
El pasado colonial de Dajla aún está presente en algunos puntos de la ciudad y sus alrededores, aunque son muy escasos. El principal es la iglesia de Nuestra Señora del Carmen, un templo que ha resistido el paso de los años y donde todavía se celebran misas católicas, aunque los feligreses ya no son españoles, sino inmigrantes subsaharianos. Otro vestigio de la antigua Villa Cisneros, además de algunas tapas de alcantarilla que testimonian aquel pasado, es el faro español que salvó la vida, según cuentan algunos, a Saint-Exupéry.
Más allá de esa ruta nostálgica, la medina de Dajla merece una visita para descubrir algunos de sus rincones. Aunque carece de grandes monumentos, cuenta con un pequeño centro de artesanía y con un modesto zoco que se extiende por las calles de una manzana próxima, en el que una mezcla de vendedores locales y subsaharianos ofrecen especias, perfumes, ropa y otros productos.
Si lo que se busca es vivir una experiencia cultural auténtica, nada como disfrutar de un té saharaui en una auténtica jaima en el desierto. Este ritual, más que una costumbre, es un acto de hospitalidad que simboliza la generosidad del pueblo saharaui. El té se sirve en tres etapas, cada una con un significado especial: el primero es amargo como la vida, el segundo dulce como el amor y el tercero suave como la muerte.
Otra forma de sumergirse en la cultura local pasa por realizar un paseo por el desierto a lomos de un dromedario, un animal que ha acompañado a los habitantes de esta región desde tiempos inmemoriales, o de un caballo de raza árabe bereber, surcando las dunas que rodean los acantilados a orillas de la playa Punta de Oro, en la costa atlántica de la península.
Sentarse en círculo para compartir un té saharaui, escuchar el viento entre la tela de la jaima y ver cómo la luz del Sáhara se va enfriando sobre la arena es una de esas experiencias sencillas que condensan toda la hospitalidad y la identidad de Dajla.
Queda un último tesoro por descubrir: el de la gastronomía local. Reconocida como la capital africana de la ostra, Dajla ofrece estos mariscos que se pueden degustar en las granjas ostrícolas ubicadas en la bahía. Pero las ostras no son el único manjar. Platos tradicionales como el marou bellagh, elaborado con arroz y carne que se cocina durante horas, o el cuscús khomassi también forman parte de la experiencia culinaria de este hermoso rincón atrapado entre las aguas del Atlántico y las indómitas arenas del desierto.