La ESMA: de escuela naval a símbolo del terrorismo de Estado
Cincuenta años después del golpe militar en Argentina, la ESMA pervive como el símbolo definitivo del terrorismo de Estado. Convertido hoy en espacio para la memoria y acorralado por recientes tensiones políticas , nos adentramos en este antiguo centro de exterminio a través de su oscura historia y del inquebrantable testimonio de cinco mujeres que lograron sobrevivir al horror.
Texto y fotos © Ángel López Soto
El 24 de marzo de 2026 se cumplen cincuenta años del golpe de Estado que inauguró la última dictadura militar argentina (1976-1983), encabezada por la junta presidida por Jorge Rafael Videla. Medio siglo después, aquella fecha sigue marcando una de las fracturas más profundas de la historia contemporánea del país. Entre los escenarios donde esa tragedia dejó una huella imborrable destaca la Escuela de Mecánica de la Armada —la ESMA—, que durante aquellos años funcionó como uno de los mayores centros clandestinos de detención, tortura y exterminio del régimen.
El complejo, situado en Buenos Aires, acabó convirtiéndose en un símbolo del terrorismo de Estado y también de algunas de sus prácticas más siniestras, como los llamados “vuelos de la muerte”, en los que prisioneros eran arrojados vivos al mar o al río desde aeronaves militares.

La historia del lugar, sin embargo, comenzó de manera muy distinta. La Escuela de Mecánica de la Armada fue creada en 1924 y su complejo principal se inauguró en 1928 sobre la actual avenida del Libertador, en el barrio de Núñez. Durante décadas fue una institución dedicada a la formación técnica de suboficiales de la Armada. En sus aulas se impartían especialidades como electrónica, aeronáutica, mecánica naval, meteorología u oceanografía.
Miles de jóvenes pasaron por sus instalaciones para formarse como técnicos navales y, durante buena parte del siglo XX, la ESMA fue considerada una de las principales instituciones educativas de la Marina argentina.
Todo cambió tras el golpe del 24 de marzo de 1976. Sin dejar de funcionar formalmente como escuela militar, el predio pasó a convertirse en una pieza central del engranaje represivo de la dictadura.

El corazón de ese dispositivo clandestino fue el edificio conocido como Casino de Oficiales. Desde allí operó el Grupo de Tareas 3.3.2 de la Armada, responsable de secuestros, interrogatorios bajo tortura y desapariciones forzadas dirigidas contra militantes políticos, sindicales y sociales. Se calcula que por la ESMA pasaron alrededor de cinco mil detenidos-desaparecidos, de los cuales alrededor de 4000 fueron arrojados vivos al Río de la Plata.
El sótano
En el corazón sombrío de la ESMA, el Sótano fue umbral y destino del horror. Allí llegaban los secuestrados para ser torturados. En muchos casos, era también la última estación antes de la muerte. Ese espacio condensaba la lógica del terrorismo de Estado: una maquinaria precisa, casi burocrática, aplicada a la destrucción humana.
Pero no era solo un lugar de tormento. En él convivían una enfermería, un laboratorio fotográfico, una imprenta y una sala audiovisual. En ese mismo ámbito donde se despojaba a las víctimas de su identidad, se fabricaban documentos falsos para los represores. El crimen necesitaba, también, de papeles y rostros inventados para sostener su impunidad.

De ese mundo subterráneo emergió la historia de Víctor Basterra. Secuestrado en 1979, fue obligado a fotografiar a los miembros del Grupo de Tareas y producir credenciales falsas y retratar paralelamente a los mismos cautivos. Sin embargo, logró ocultar y sacar esas imágenes, rescatando pruebas en medio del terror. En 1984, ya en democracia, entregó ese material a la Justicia.
Esas fotografías permitieron identificar a desaparecidos y a sus verdugos, abriendo las primeras investigaciones. Así, en el mismo lugar donde se intentó borrar toda huella, comenzó a gestarse una prueba decisiva contra el olvido.

Capucha y Capuchita
En el tercer piso de la ESMA se encontraba “Capucha”. Allí, los prisioneros —ya reducidos a números— permanecían atados de pies y manos, con la cabeza cubierta por una tela que los sumía en una oscuridad persistente. Sobre colchones en el suelo, encerrados en estrechos cubículos, podían pasar horas, meses o algunos incluso años, donde la espera era otra forma de castigo.
Hoy, el visitante recorre ese mismo espacio a través de una tarima de madera que lo atraviesa como una línea de conciencia. El camino conduce hasta el extremo donde estuvo la celda de Norma Arrostito, figura emblemática de aquella tragedia. No hay salida alternativa: hay que desandar lo recorrido, como si el propio espacio obligara a asumir lo visto. En la sala, los testimonios de los sobrevivientes resuenan con intensidad mientras la reconstrucción de una «cucha» —apenas dos metros por setenta centímetros— revela la dimensión física del encierro.

Un nivel más arriba, en una buhardilla casi invisible desde el exterior, se extendía “Capuchita”. Bajo un techo inclinado y junto al tanque de agua, ese altillo fue adaptado como otro espacio de reclusión. El hacinamiento, la falta de aire y la proximidad constante de la tortura componían una atmósfera aún más asfixiante. En ocasiones, incluso, ese lugar fue compartido con distintas fuerzas represivas, como si la coordinación del horror no conociera fronteras institucionales.
Y, sin embargo, en medio de ese encierro absoluto, se filtraba el mundo exterior. Los sonidos —el paso del tren, los aviones rumbo al Aeroparque, los autos sobre la Avenida del Libertador, los gritos de un partido en las canchas de River Plate o Defensores de Belgrano, las voces de una escuela cercana— llegaban con una nitidez inesperada. Gracias a ellos, los secuestrados pudieron comprender dónde estaban.

La ‘pieza de las embarazadas’
En uno de los pliegues más oscuros de la ESMA, donde la lógica del poder alcanzó una de sus formas más perturbadoras, funcionó una maternidad clandestina. Ahí nacieron al menos 34 bebés de mujeres secuestradas, convertidas en prisioneras de un destino que combinaba la vida y la muerte en una misma escena. Muchos de esos niños fueron luego apropiados y entregados a familias vinculadas con el aparato represivo, en una operación que no solo buscaba eliminar a las madres, sino también reescribir la identidad de sus hijos.
A partir de 1977, el Grupo de Tareas organizó un sistema preciso en torno a estas mujeres: se las mantenía con vida hasta el momento del parto, confinadas en una celda conocida como la «pieza de las embarazadas». Carecían de atención médica adecuada, como si el nacimiento —ese acto fundacional— pudiera reducirse a un trámite dentro de la maquinaria del terror. Con un cinismo que hiela la sangre, el entonces director, Rubén Jacinto Chamorro, bautizó ese lugar como la «Sardá por izquierda», en alusión a la Maternidad Sardá, estableciendo un contraste grotesco entre la institución pública y su réplica clandestina.

En ese espacio, concebido casi como el reverso de “Capuchita”, la luz blanca e intensa reemplazaba a la penumbra habitual, como si la claridad pudiera disimular la violencia que allí se ejercía. Y, sin embargo, lo que perdura no es la luz, sino la voz: la de Sara Solarz de Osatinsky, quien fue testigo de varios partos y cuya memoria, convertida en testimonio, sigue iluminando —con una fuerza mucho más verdadera— aquello que se intentó mantener en la oscuridad.
El Ford Falcon
Hubo en la Argentina de la dictadura objetos que terminaron encarnando el miedo. Ninguno tan reconocible como el Ford Falcon verde oliva, cuya presencia en la calle bastaba para anunciar el peligro. En él se desplazaban los grupos de tareas que secuestraban personas a plena luz del día, borrándolas de la vida pública.
Con los años, la Justicia confirmó que Ford Motor Argentina no fue ajena a ese engranaje. Directivos entregaron listas de trabajadores a las fuerzas represivas, lo que permitió el secuestro de 25 delegados sindicales en 1976. En la planta de General Pacheco, además, funcionó un centro clandestino de detención, y la empresa facilitó vehículos.
En 2018, varios exdirectivos fueron condenados junto al militar Santiago Omar Riveros por privación ilegítima de la libertad. El caso marcó un precedente: mostró que el terrorismo de Estado no fue solo militar, sino que también contó con la complicidad de sectores empresariales.
Los vuelos de la muerte
Uno de los métodos utilizados para eliminar prisioneros fueron los llamados «vuelos de la muerte». Tras permanecer cautivos durante semanas o meses, los detenidos eran drogados y trasladados a aeródromos militares, desde donde se los arrojaba vivos al mar o al Río de la Plata para borrar todo rastro del crimen.
Investigaciones judiciales demostraron que estas operaciones se realizaron, entre otros aparatos, con aviones Short Skyvan, utilizados por la Aviación Naval. En particular, el Skyvan PA-51, operado por la Prefectura, fue identificado como el avión desde el cual se ejecutó el asesinato del grupo de la Iglesia de la Santa Cruz en diciembre de 1977, incluyendo a tres Madres de Plaza de Mayo y dos monjas francesas.

El hallazgo de este avión en 2010 en Fort Lauderdale (Florida) por la periodista Miriam Lewin y el fotógrafo Giancarlo Ceraudo permitió acceder a documentación clave, como planillas de vuelo y registros técnicos. Estos documentos confirmaron fechas, horarios, tripulaciones y la existencia de vuelos nocturnos y reiterados, evidenciando su carácter sistemático y clandestino. También posibilitaron identificar y condenar a algunos de los responsables.
Además de su valor judicial, el Skyvan aportó una prueba material del método de exterminio. Su estructura, especialmente el portalón trasero desde donde se arrojaban los cuerpos, permite dimensionar la mecánica del crimen.
El objetivo de estos vuelos era claro: eliminar a las víctimas y garantizar la impunidad. Décadas después, el avión se convirtió en un símbolo del terrorismo de Estado. Su repatriación y exhibición en la ex ESMA lo transforman en una herramienta de memoria, fundamental para comprender cómo operó este sistema de desaparición forzada.
De centro clandestino a espacio de memoria
Con el retorno de la democracia, la ESMA inició un lento proceso de transformación. Lo que había sido un lugar de horror se convirtió progresivamente en un espacio dedicado a preservar la memoria de las víctimas.
En 2004 el Estado argentino destinó el predio al Espacio para la Memoria y para la Promoción y Defensa de los Derechos Humanos. Hoy alberga museos, archivos y organismos dedicados a investigar y difundir la historia del terrorismo de Estado. En 2023 el sitio fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, reconocimiento que lo consolidó como un referente internacional en las políticas de memoria.

En los últimos meses, sin embargo, el lugar ha vuelto al centro del debate político. El Gobierno de Javier Milei impulsa reformas en el antiguo centro clandestino en línea con su propuesta de «memoria plena», que plantea revisar la interpretación dominante sobre el período 1976-1983. Organismos de derechos humanos y sobrevivientes temen que este enfoque relativice los crímenes del terrorismo de Estado y equipare la represión militar con la violencia de los grupos armados de los años setenta.

Las modificaciones incluyen cambios administrativos y la revisión de contenidos de la muestra permanente. Algunas intervenciones incorporadas en los últimos años, como las dedicadas a la violencia sexual contra las detenidas, ya han sido retiradas, lo que provocó protestas de sobrevivientes y organizaciones civiles.
Después de 2001, el predio de la ESMA se destinó a distintos organismos de derechos humanos. Uno de ellos fue el Centro Cultural de la Memoria Haroldo Conti, que estuvo a cargo de Eduardo Jozami, quien a su vez nombró coordinadores para las distintas áreas. Una de ellas fue el teatro, que estuvo a cargo de Javier Margulis: un espacio con características especiales que permitió albergar espectáculos de diferentes tipos y cuya apertura consiguió, sin duda, una mayor difusión de las actividades del Centro Cultural, con una programación semanal que incluía otras disciplinas, como música y danza.

El Centro Cultural de la Memoria Haroldo Conti contaba con áreas como artes visuales, cine, fotografía, educación y seminarios de políticas para la memoria, cada una de ellas a cargo de figuras comprometidas con sus respectivas actividades.
El proceso coincide además con una fuerte crisis presupuestaria en el sitio. Las partidas destinadas al museo y a la preservación de los espacios de memoria registraron caídas reales cercanas al 90% respecto de 2023, lo que derivó en más de 800 despidos, según la Asociación de Trabajadores del Estado.
La reducción de fondos dejó al museo sin presupuesto previsto y obligó a recortar actividades y personal. Ante esta situación, la Justicia federal ordenó al Gobierno garantizar recursos humanos suficientes para mantener abierto el espacio.
A medio siglo del golpe militar, la ESMA continúa siendo mucho más que un edificio: un lugar central en la disputa por la memoria y la interpretación del pasado reciente de Argentina.
Más información:
Dirección: Avenida del Libertador 8151, Ciudad Autónoma de Buenos Aires (Argentina).
Supervivientes de la ESMA

Texto y fotos: Ángel López Soto
La periodista Miriam Lewin estuvo detenida en el centro clandestino de detención Virrey Cevallos y en la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA), uno de los principales centros de detención, tortura y exterminio del sistema represivo instaurado por la última dictadura militar argentina (1976-1983), período al que se atribuyen alrededor de 30.000 desaparecidos.
Junto a Munu Actis, Elisa Tokar, Cristina Aldini y Liliana Gardella, también sobrevivientes de la ESMA, reunió sus voces y recuerdos en el libro Ese infierno: Conversaciones de cinco mujeres sobrevivientes de la ESMA (Editorial Sudamericana, 2001). En sus páginas reconstruyen la vida en cautiverio –un encierro del que no sabían si saldrían con vida– y evocan tanto las formas de resistencia como las fragilidades humanas que atravesaron durante aquellos años.
MIRIAM LEWIN

Nació en 1957 en Buenos Aires. Inició su militancia política en el Colegio Nacional de Buenos Aires y luego se incorporó a la Juventud Peronista, mientras comenzaba sus estudios en Ciencias Económicas y Periodismo.
Fue secuestrada el 17 de mayo de 1977, cuando tenía 19 años, en La Matanza y trasladada a la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA), donde permaneció detenida-desaparecida hasta enero de 1979. En 1981 se exilió en Estados Unidos y regresó al paÌs con la vuelta de la democracia.
Desde entonces desarrolló una destacada carrera como periodista de investigación y participó activamente en la defensa de los derechos humanos. Sus investigaciones sobre casos de corrupción tuvieron impacto político y judicial.
En uno de sus testimonios recuerda su llegada al centro clandestino: un detenido que imitaba a un represor la obligó a quitarse el antifaz y la amenazó, mientras otro prisionero se acercaba con gestos de aparente amabilidad. Aquella escena reflejaba la confusión y el clima de manipulación psicológica que marcaba la vida cotidiana dentro del centro de detención.
CRISTINA ALDINI

Nació en Lomas de Zamora el 20 de febrero de 1954. Tras terminar sus estudios secundarios participó en grupos cristianos y realizó trabajo social en barrios obreros de San Fernando, donde también desarrolló su militancia política.
Fue secuestrada el 5 de diciembre de 1978 y permaneció detenida en la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA) hasta mayo de 1979. Luego vivió bajo una forma de libertad vigilada y fue obligada a trabajar en unas oficinas donde la Marina proyectaba crear una agencia de prensa que nunca llegó a concretarse.
Más tarde se trasladó a la provincia de Santa Fe Province, donde completó sus estudios. Desde 1996 militó activamente por los derechos humanos y es concejala en Vicente López. Actualmente trabaja en el Ministerio de Educación de la Nación.
ELISA TOKAR

Nació en Buenos Aires el 14 de noviembre de 1953. Tras finalizar sus estudios secundarios comenzó a trabajar y a estudiar Derecho, etapa en la que inició su militancia política, que luego continuó en la Juventud Trabajadora Peronista.
Fue secuestrada el 21 de septiembre de 1977 y durante un tiempo fue obligada a realizar trabajos en el Ministerio de Relaciones Exteriores. M·s tarde terminó la carrera de Psicología Social y se especializó en psicodrama.
Antes de fallecer trabajaba en una organización no gubernamental dedicada a la asistencia de mujeres en situación de vulnerabilidad.
LILIANA GARDELLA

Nació en la provincia del Chaco Province el 20 de agosto de 1954. Tras completar allÌ sus estudios secundarios se trasladó a Buenos Aires para estudiar Antropología.
Fue secuestrada en Mar del Plata el 25 de noviembre de 1977 y trasladada a la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA), donde permaneciÛ detenida hasta enero de 1979. Ese mismo año fue autorizada a salir del país.
Con el retorno de la democracia regresó a Argentina, finalizó la carrera de Antropología y trabajó como docente universitaria y especialista en políticas sociales.
MUNU ACTIS

Nació en la provincia de Buenos Aires Province el 18 de octubre de 1945. PasÛ su infancia en el campo y estudió Pintura Mural en la Facultad de Bellas Artes de La Plata. Su militancia se desarrolló en barrios populares de Ensenada.
Fue secuestrada en Buenos Aires el 19 de junio de 1978 y permaneció detenida en la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA) hasta febrero de 1979. Tras su liberación quedó bajo vigilancia de los represores y fue obligada a trabajar para ellos.
En julio de 1979 pudo salir del país y se exilió en Venezuela. Con el retorno de la democracia regresó a Argentina y completó sus estudios.
