Piros, Paros, Syros y algunas mucho más turísticas como Mykonos o Delos. Recuperamos una forma de viajar que creíamos olvidada a bordo del ‘Galileo’, uno de los ocho yates de la naviera griega Variety Cruises.
Por segundo año consecutivo, me embarco en un emotivo crucero por el Egeo que me trasladará a algunas de las Cícladas más hermosas del archipiélago. Philippos Venetopoulos y su naviera familiar son los artífices de una aventura que promete una experiencia íntima, respetuosa y rabiosamente enriquecedora. En agosto de 2024 tuve la oportunidad de visitar algunas de las islas griegas más inexploradas como Ikaria, Lipsi, Patmos, Amorgós, Koufonissia o Iraklia.
Un sueño hecho realidad en el que descubrí un color nuevo que ya nunca olvidaría y que se instalaría para siempre dentro de mi ser: el azul griego. También entendí el significado de la palabra meraki: un concepto que impregna cada rincón de este paraíso del Mediterráneo y, aunque no tiene traducción explícita, significa hacerlo todo con el alma y el corazón.
La filosofía de la compañía Variety Cruises, ‘A Better World at Sea’, es crear un ambiente familiar en el mar en el que los viajeros se sientan como en casa y mostrarles el mundo a través de una experiencia inmersiva profunda. El hecho de contar con yates pequeños permite recalar en puertos o lugares recónditos donde difícilmente llegan los grandes cruceros. La idea es que el viajero se sumerja en el destino y en el corazón de sus gentes. Es lo que ellos denominan GO DEEPER: un viaje a través de cocina local, aromas, culturas y tradiciones.

Phiilippos Venetopoulos, CEO de la naviera, nos lo explica así: «Mi abuelo, fundador de la compañía, siempre hablaba de meraki y transmitió esta filosofía a todos los trabajadores: es algo que se siente, no está escrito en ningún documento. La experiencia consiste en probar la gastronomía, conocer la historia, las danzas… El objetivo es que cuando nuestros huéspedes lleguen al barco se sientan parte de una familia, una pequeña familia en el mar».
Mi aventura en las Cícladas
En esta ocasión, navegaré ocho días a bordo del Galileo, uno de los veleros a motor más elegantes y bellos de la naviera. Sus líneas clásicas y sus interiores de madera redefinen el concepto de cómo debía ser navegar a bordo de un barco décadas atrás. Sus 24 cabinas con vistas al mar, todas con ojos de buey, conectan a los 49 huéspedes con la inmensidad del Egeo y la naturaleza. Con 48 metros de eslora, fue botado en 1992 y renovado recientemente en 2025. Cuenta además con un salón espacioso, áreas de comedor decoradas con colores cálidos, una rica biblioteca y dos cubiertas para tomar el sol, con zonas de sombra, bar al aire libre y tumbonas.

El puerto de El Pireo, en Atenas, es el punto de partida de esta travesía bautizada como Joyas de las Cícladas que me permitirá explorar, una vez más, las translúcidas y azules aguas de este rincón del Mediterráneo, su incomparable luz, sus paradisíacas ensenadas, sus construcciones de un blanco impoluto y sus rocas desnudas.
Las Islas Cícladas son un archipiélago emplazado en el centro del mar Egeo integrado por aproximadamente unas doscientas ínsulas. Su nombre deriva de la palabra griega κύκλος, (círculo), ya que el archipiélago parece extenderse como un círculo en torno a la sagrada isla de Delos (patria de los dioses Apolo y Artemis). En contraposición, el resto de las islas del Egeo fueron bautizadas como Espóradas (del griego: Σποράδες, dispersas).

Poros, historia y vistas de infarto
La primera escala nos traslada hasta la curiosa ínsula de Poros. Muy cerquita de Atenas, pertenece al archipiélago de las Sarónicas y está integrada por dos islas: Kalavria y Sfera. Como apunte adicional, la isla ha sido clave en la historia de la Grecia moderna, ya que aquí se redactó la primera constitución griega en 1828 durante la Guerra de la Independencia.
Cuando el Galileo se adentra en el puerto, la tripulación nos aconseja subir a la cubierta superior para contemplar la bellísima postal que se despliega ante nuestros ojos. La proa apunta con precisión quirúrgica hacia el estrecho canal que separa el Peloponeso de la isla de Poros, el ‘Street of Gálatas’. Mientras avanzamos, sentimos la mezcla embriagadora de los limoneros de Lemonodasos y el orégano silvestre que crece entre las rocas.

Al frente, las casas neoclásicas, pintadas en tonos crema y ocre, trepan por la colina hacia el Reloj de Piedra, que vigila el horizonte desde 1927. El capitán maniobra con una delicadeza que solo un barco boutique permite, atracando en el corazón mismo de la vida local, allí donde el lujo del diseño interior se encuentra con la autenticidad de las redes de pesca secándose al sol.
Los colores ocres y rosáceos del cielo nos invitan a apresurarnos si queremos ascender la colina donde se encuentra la Torre del Reloj antes de que anochezca. Transitamos sin demora por estrechos callejones empedrados donde el tiempo se mide en tazas de café griego y conversaciones sin prisa.
Los escasos quince minutos que tardamos en ascender nos regalan un bucólico paseo dibujado con las típicas casas de estilo griego azules y blancas adornadas con el atrevido e intenso fucsia de las buganvillas que campan por doquier.
Una vez arriba, sentimos que el esfuerzo ha merecido la pena: ante nosotros, una hermosa panorámica de 360 grados del Golfo Sarónico. Nos sentimos como si estuviéramos contemplando un lago desde un resort en los Alpes Suizos.
La calma y el sosiego se apoderan del entorno. Muy cerca de nosotros, la coqueta Torre del Reloj es el símbolo de la isla y, a su vez, su edificio más alto que se puede contemplar desde el otro lado.

Después de la excursión, es el momento ideal para callejear por las pintorescas calles de la ciudad y probar su exquisito pescado local en algunos de los múltiples restaurantes del puerto. Para maridar el ágape, qué mejor que degustar el Retsina, el vino griego de la zona aromatizado con resina de pino. De postre, no dejéis de probar los deliciosos helados artesanos que venden en diferentes puestos de la zona marítima.
Siros, referente cultural y cuna de la ciudad de mármol
Tras una velada a bordo del Galileo compartiendo historias de las islas con el resto de viajeros, nuestra siguiente escala es la ciudad de Ermoupolis, en la isla de Siros. Nos encontramos en el centro administrativo del archipiélago y en la capital de las Cícladas. Mientras otras ínsulas se visten de cal blanca y cúpulas azules, Siros se distingue por la sobriedad señorial de su capital, La ciudad le debe su nombre al dios griego del comercio Hermes. Tengo que decir que este es uno de los lugares que más me fascinó de toda la travesía.

Lo más impresionante es su belleza monumental esculpida por sus viejas mansiones neoclásicas, muchas de ellas sobre colinas que se asoman al mar, los suelos de mármol pulido que engalanan sus calles o las espectaculares estatuas que visten sus plazas. Sus reducidas dimensiones la convierten en una ciudad ideal para recorrerla en apenas unas horas.
Recomiendo pasear sin rumbo y dejarse sorprender por la esencia de la que fuera el centro cultural de Grecia a finales del siglo XIX y principios del XX. En dicha época, la isla se convirtió en un refugio de intelectuales, artistas y mercaderes, transformando su puerto en una puerta abierta al pensamiento europeo y las artes escénicas.
Entre sus citas imprescindibles destacan la iglesia ortodoxa de la Dormición de la Virgen, en cuyo interior atesora un cuadro de El Greco La Dormición de la Virgen, que data de su primera época, antes de abandonar Creta; la Plaza Miaouli, un salón a cielo abierto presidido por la arquitectura de Ziller; el Teatro Apollon, una joya en miniatura cuyo interior está inspirado en la Scala de Milán o el Ayuntamiento, uno de los edificios más imponentes de todo el país.
Aprovechad vuestra estancia en la isla para asistir a alguna de las sesiones de yoga que se organizan tanto al amanecer como al anochecer en distintos enclaves.

Paros, una postal griega con puestas de sol de otro mundo
Tras otra noche de navegación cuajada de confidencias e instantes inolvidables donde el meraki siempre está presente, el Galileo amarra sus anclas en el puerto de Parikia, en la isla de Paros. Aunque estamos ya casi en octubre y el tiempo no acompaña, aprovechamos la estancia en otro de los tesoros del Egeo para hacer un poco de turismo cultural.
Abrazada por colinas pobladas de olivos y viñedos, durante muchos siglos, Paros fue conocida por la alta calidad de su mármol semitransparente, el parian marble, utilizado en monumentos tan emblemáticos como el Templo de Apolo en Delos.
Tras descender la escalinata de nuestro barco boutique, empezamos a caminar hacia el barrio antiguo de la ciudad, el Kastro. Estamos rodeados de un laberinto de calles blancas con casas en forma de cubo adornadas con puertas y ventanas azules. Por doquier, infinidad de minúsculas capillas ortodoxas y macetas repletas de flores de mil colores, en especial buganvillas.

El casco antiguo es una amalgama de tiendas de souvenirs, restaurantes, coquetas cafeterías y rincones de belleza exquisita. En la parte alta descansa el Templo de Atenea. Desde lo alto de la colina, las puestas de sol son inolvidables. Encontraréis muchísimos bares y restaurantes con terrazas que se precipitan sobre el mar desde los cuales disfrutar de un agradable tentempié y contemplar el gran trasiego de ferries que conectan Paros con el resto de las islas griegas.
Sin duda, la gran joya de Parikia es la iglesia ortodoxa de Panagia Ekatontapyliani, considerada uno de los monumentos bizantinos conservados más importantes de Grecia y del Egeo. Conocida como la iglesia de as Cien Puertas, se ubica muy cerca del puerto y las primeras construcciones datan de los siglos VI y VII.

Como recomendación viajera para aquellos que dispongan de tiempo para disfrutar de la isla, menos masificada que otras de las Cícladas: si camináis por el paseo marítimo hacia el lado opuesto al centro de la ciudad, hallaréis una zona repleta de playas y chiringuitos super bohemios con un ambiente muy tranquilo y distinto al del resto de la población. Si sois aficionados al senderismo, desde esta zona parten rutas de diferente nivel de dificultad que os permitirán conocer la naturaleza salvaje de esta ínsula.
Mykonos: rompiendo tópicos
Si, cuando la mayoría visualizamos la isla de Mykonos imaginamos un lugar super turístico, masificado, con fiestas por doquier repletas de gente y playas donde el espacio personal es un mito. ¡Pero… nada más lejos de la realidad! Cuando me plantearon que esta isla se encontraba en el recorrido del Galileo, mi primer pensamiento fue no descender del barco. Finalmente, lo hice y fue una sabia elección. Y es que la clave está en visitarla fuera de temporada.

Me llevé una de las mayores sorpresas viajeras de mi vida y me di cuenta de cuánto daño generan los tópicos en algunos destinos. La isla es de una belleza sublime. Su capital, Chora, es literalmente de cuento. Parece un decorado de película. Sorprende la cantidad de colores de sus fachadas, puertas y ventanas: azules, verdes y rojos contrastan con el blanco nuclear de la cal.
No dudéis en bajar y subir los enormes escalones que conducen a la parte alta de Chora, para perderos por sus recovecos y fotografiaros en sus rincones imposibles. La ciudad está repleta de restaurantes, galerías de arte y exquisitas boutiques.
Y cuando ya creíamos que nada más nos podía dejar con la boca más que abierta, descubrimos su frente marítimo con coquetos restaurantes y locales de copas cuyas terrazas están literalmente suspendidas sobre el mar: una percepción exquisita para los sentidos.
Y un par de ideas más para los que tengáis tiempo de explorar la ciudad:
—No dejéis escapar la oportunidad de capturar un momento instagrameable en sus siete molinos con aspas de madera, emplazados estratégicamente en una colina al sur de Chora para capturar el Meltemi, el viento fuerte y seco que azota las Cícladas. Y es que estos titanes del Egeo tenían una finalidad preindustrial. Entre los siglos XVI y XX, Mykonos era un centro importantísimo de producción de harina. Todos los barcos que cruzaban el Egeo hacían una escala obligada en esta isla para abastecerse de paximadi (un pan duro y seco ideal para largas travesías).
—Ya de camino hacia el puerto para tomar el último bus acuático del día que nos conducirá hasta nuestro barco boutique nos topamos por casualidad con el que parece ser el bar más antiguo de la isla. ¡Os daré una pista, está muy cerquita de la Plaza del Ayuntamiento y sirven mojitos a 7’50 euros!
Desembarcar en Mykonos fuera de temporada ha sido una experiencia de slow travel en su estado más puro. La isla deja de ser un producto de consumo demostrando que su verdadera belleza no reside en lo que se le añade en verano, sino en lo que queda cuando todo lo demás se va.
Delos, una isla deshabitada con un pasado glorioso
Una de las últimas paradas de nuestra travesía por el Egeo es la isla sagrada de Delos. Para acceder a ella es necesario hacerlo desde un crucero, como fue nuestro caso, o desde el puerto viejo de Mykonos. Es importantísimo evitar la temporada veraniega, ya que no hay ni una sola sombra y las temperaturas pueden llegar a ser sofocantes.
Emplazada aproximadamente a un kilómetro por mar de Mykonos, Delos es hoy una isla deshabitada donde no hay hoteles ni playas de moda, solo mármol, luz y mitología. Pero hubo un tiempo en que la ínsula no era un campo de ruinas, sino el puerto comercial más cosmopolita del Mediterráneo. Bajo la protección de Apolo, se convirtió en la sede de la Liga de Delos y en un hervidero de banqueros, mercaderes y artistas de todo el mundo conocido.

Lugar de nacimiento de los gemelos Apolo y Artemisa, se trata de un inmenso yacimiento arqueológico, Patrimonio de la Humanidad desde 1990. Su imagen más icónica es la Terraza de los Leones: integrada por estatuas de mármol que custodiaban el Lago Sagrado. Otros de sus puntos destacados son el Barrio del Teatro (zona residencial con casas antiguas) o el santuario de Apolo (corazón religioso de la isla).
Esta travesía de ensueño por las mismas aguas que recorrió de proa a popa Homero, el cronista más popular del Egeo, llega a su fin. El Galileo pone de nuevo rumbo hacia el puerto de Pireo y, por segundo año consecutivo, vuelvo a empaparme de sensaciones difíciles de encontrar en los cruceros tradicionales: intimidad, autenticidad y, sobre todo, el sentirse parte de una familia con la que hemos compartido la excepcional experiencia de descubrir algunas de los rincones más fascinantes de la Islas Cícladas. Como reza un popular proverbio griego: «El Egeo no es agua, es el alma de Grecia que se hizo azul».
+ Una saga familiar de navieros griegos
Variety Cruises es una naviera familiar que nace en 1949 cuando el abuelo del actual CEO crea Zeus Tours para organizar tours desde Atenas con pequeños botes de madera. Diogenes Venetopoulos fue un visionario que revolucionó el turismo griego. En 2024, la compañía celebró su 75 aniversario con un crucero sorpresa. Una historia emocionante y emocional. Europa vivía una dura posguerra y eran tiempos muy difíciles para emprender un negocio.
Diogenes Venetopoulos tenía pasión por la historia, el arte y la cultura y deseaba mostrarle el mundo a los viajeros. Otra de sus grandes proezas es que desde el primer momento tuvo en cuenta algo que hoy en día es una obviedad: la sostenibilidad ambiental. La idea era generar el mínimo impacto posible en los destinos visitados y apoyar el patrimonio cultural y la preservación de los sitios arqueológicos.

Esta pasión y este espíritu se ha ido trasmitiendo de generación en generación. Filippos Venetopoulos, actual CEO de la naviera, tomó las riendas de la compañía en plena pandemia y mantiene intacta la filosofía de su abuelo: el meraki.
Aunque al principio contaban sólo con dos barcos, ahora disponen de ocho distribuidos en cuatro continentes y dieciséis países. Además de los cruceros por las islas griegas y el mar Mediterráneo, ofrecen travesías por diversos destinos exóticos donde disponen de barcos permanentes como las Seychelles, Cabo Verde,Gambia y Senegal o la Polinesia.
+ Dimitris Venetopoulos: un pionero que revolucionó el turismo griego
Crear una agencia de viajes era una idea revolucionaria en aquel momento. Corría el año 1949 y el turismo en Europa estaba en paños menores. Tal como recoge el libro Our 75 year oddissey (publicado en 2024 con motivo del 75 aniversario de la naviera griega), Dimitris Venetopoulos lo explicaba así:
«Al notar vacíos en el sector del turismo marino, fui pionero en un enfoque innovador para optimizar la experiencia de viajar entre islas (island-hopping).
Reconociendo la falta de practicidad de las largas escalas, me enfoqué en la adaptabilidad de los yates. A pesar del escepticismo del mercado internacional y de la realidad griega, persistí cumpliendo con mis compromisos y superando las adversidades financieras. El camino hacia el éxito requirió enfrentarme a muchos obstáculos y retos. Redefiní el turismo griego y puse los cimientos de la reputación de nuestra nación como líderes de innovación en el sector».