Suspendida entre el cielo y un tajo, Ronda es un hechizo de piedra, poesía y vértigo. Un lugar donde la historia se agarra a los acantilados y el arte brota entre olivos centenarios.
«Ronda es un sitio incomparable, un gigante hecho de rocas que soporta sobre su espalda una pequeña ciudad blanqueada y reblanqueada de cal…». Rainer Maria Rilke plasmó esta evocadora descripción de la localidad malagueña tras pasar allí varios meses, durante el invierno de 1912 a 1913. Había llegado huyendo de sí mismo, en busca de sosiego, y lo halló entre muros de piedra y un silencio suspendido sobre el abismo que se asoma al Guadalevín.

En Ronda nacieron algunos de sus poemas más intensos, marcados por el misterio de una ciudad suspendida en el vacío. Pero no fue el único en rendirse a su hechizo. Antes y después de él, Ronda ha seducido a poetas, viajeros y artistas. Hemingway, Welles, Juan Ramón Jiménez, Luis Cernuda… todos la invocaron, todos quedaron prendados por la imagen mágica de esta urbe milenaria encaramada a más de 700 metros de altitud, donde los pájaros vuelan por debajo de quienes se asoman a sus miradores.

Un legado monumental
La historia de Ronda se pierde en las brumas del tiempo: los celtas la llamaron Arunda, y más tarde los romanos alzaron la fortaleza de Laurus y un soberbio teatro en la cercana Acinipo. Sin embargo, fue bajo dominio árabe —entre los siglos VIII y XV— cuando Ronda alcanzó su máximo esplendor. Plaza fuerte del Califato de Córdoba y bastión de rebeldes como Omar Ben Hafsún, la ciudad conserva vestigios esenciales de aquel legado andalusí: las murallas, las puertas de Almocábar y de la Cijara, los magníficos Baños Árabes —considerados los mejor conservados de la Península—, el minarete de San Sebastián o la llamada Casa del Gigante, de época nazarí.
Tras la conquista cristiana, Ronda sumó nuevas capas a su fisonomía monumental. La iglesia de Santa María la Mayor, erigida sobre la antigua mezquita; el Palacio de Mondragón, hoy sede del museo municipal; o la Real Maestranza de Caballería, cuya plaza de toros es una de las más antiguas y hermosas de España, cuna del toreo moderno de la mano de Pedro Romero y hoy convertida en fascinante museo, de interés incluso para quienes no son aficionados a los festejos taurinos.


Desde la Alameda del Tajo, paseo arbolado abierto en 1806, se divisa el impresionante cañón del Guadalevín. Y sobre él se alza, suspendido en el aire, el colosal Puente Nuevo: más de 100 metros de altura que han convertido esta obra de ingeniería en símbolo de la ciudad.
Un templo dedicado al aceite
Pero no todos los encantos de Ronda se encuentran dentro de sus murallas. A pocos kilómetros del centro, entre un mar de olivos, se alza una creación singular que fusiona arte, gastronomía y paisaje: la Almazara de Philippe Starck. Más que un edificio, es un manifiesto poético en forma de cubo rojo de 28 metros de altura, atravesado por esculturas monumentales, un ojo surrealista que exhala humo blanco, media aceituna de acero corten y un cuerno de toro que perfora la fachada. «Quería un lugar sagrado para rendir homenaje a la aceituna, al aceite y a Ronda», cuenta el diseñador francés, que concibió este espacio como un templo radical del oleoturismo.

El interior alberga un museo inmersivo que recorre los múltiples usos del aceite a lo largo de la historia. En la planta superior, esculturas, audiovisuales y una atmósfera casi mística celebran la cultura del aceite. En el exterior, los visitantes recorren senderos entre olivos centenarios, descubriendo instalaciones de Starck diseminadas por el paisaje. El recinto cuenta también con restaurante y espacio para catas. Todo ello bajo un principio innegociable: la producción ecológica de aceite virgen extra de categoría gourmet.



De regreso a las calles de Ronda, con las luces del crepúsculo tiñendo las piedras de la vieja ciudad de tonos dorados, es fácil entender por qué esta ciudad andaluza ha fascinado a tantos creadores y por qué aún hoy sigue inspirando. Y acuden a la memoria, como un destello, las palabras que Juan Goytisolo le dedicó: «Estaba enriscada en la sierra, como una prolongación natural del paisaje y, a la luz del sol, me pareció la ciudad más hermosa del mundo».




