Una audioguía del Museo del Prado puede cambiar la forma de mirar un museo. Probamos «Obras Maestras del Prado», de Musea, un recorrido sonoro por Rafael, El Bosco, Velázquez, Rubens y Goya que deja espacio para descubrir qué es el arte.
Inefable, palabra preciosa y misteriosa al mismo tiempo, ¡siempre se duda sobre su significado! Cada vez que aparece define instantes de explicación imposible como los segundos mágicos en los que unos versos erizan el vello. También sirve para asimilar una terapia musical y para describir el trance paralizante ante una pintura. Por no hablar de la plenitud que se alcanza rodeando una estatua mientras se sonríe sin saber el porqué.
Lo inefable se une a lo artístico. Así que sabiendo que según la RAE, algo inefable no se explica con palabras, se deduce que lo mismo ocurre con el arte. Pero… que levante la mano quién no se haya preguntado «¿Qué es el arte?». ¡Hay libros enteros de sesudos filósofos e historiadores dedicados a buscar la respuesta!
Lo curioso es que esos tratados no llegan a decir qué es, sino qué efectos provoca. Emociona, comunica, informa, invita a la reflexión, estimula la creatividad, levanta admiración, cura, relaja y hasta excita. Cada obra tiene sus poderes. ¡Solo hay que prepararse para dialogar con ella!
Una audioguía del Museo del Prado para mirar de otra manera

A eso ayudan las mejores audioguías, las que invitan a través del oído a mirar de una forma nueva. De vez en cuando pasa, como en mi última visita al Prado cuando probé unas audioguías de las que me habían hablado muy bien. Se trata de Musea, cuyas guías se descargan en el móvil o la tablet. E incluso, en el ordenador para hacer recorridos virtuales.
Entre su catálogo, elegí Obras Maestras del Prado. Me dije: si no me interesa lo que me cuenta, al menos me llevará hasta cuadros que uno no se cansa de contemplar. Pero… la escuché íntegra.
Del Renacimiento al retrato cortesano: las primeras paradas
El comienzo es sublime. Ni más ni menos que varias obras de Rafael. Desde el retrato de un cardenal hasta la Sagrada Familia con San Juanito, que también se conoce como La perla, ya que el propio rey Felipe IV halló su momento inefable ante esta obra y lo denominó así para considerarla la gran joya de la colección.
Semejante inicio indica que no se trata de un itinerario cronológico. De hecho el paseo después retrocede en el tiempo hasta La Anunciación de Fra Angelico y la perturbadora triada de cuadros de Botticelli relatando el sangriento relato de Nastagio dei Onesti, auténtica novela gráfica del Renacimiento.

Tras ello se atraviesan salas y fronteras hasta llegar al arte alemán de Durero que lo mismo se retrata como un aristócrata que convierte a Adán y Eva en monumentales desnudos clásicos. ¡Tan distintos al vecino cuadro de Las Tres Edades de Baldung Grien! Aquí todo es desasosiego, fragilidad, erotismo y muerte.
Y para cambiar de tercio, luego se nos guía hacia Tiziano y su Isabel de Portugal, invitándonos a deslizar la mirada por sus colores aterciopelados. También se capta la atmósfera emotiva de una imagen radicalmente distinta a la siguiente que vamos a ver. Es la María Tudor de Antonio Moro, cuyos ojos evidencian el apodo de Bloody Mary con el que se conocía a esta reina.
La pintura flamenca y los enigmas de El Bosco
Sensaciones menos aristocráticas propone el paseo por la pintura flamenca. Comienza por el portentoso Descendimiento de Van de Weyden. La audioguía habla mucho de la obra pero sobre todo anima a mirarla, leer su composición, deslumbrarse de color, buscar transparencias y rastrear veladuras. ¡Solo esta obra merece la pena la entrada, pero todavía hay más!

Lo siguiente es ver uno de los primeros Baltasares negros en la Adoración de los Magos pintada por Memling. Y después hay que dejarse llevar por la alucinación de El Bosco, un apartado donde se agradece una voz en los oídos desvelando los símbolos, especulaciones y enigmas que aún rodean a este maestro de principios del siglo XVI.
Ahondando en la ensoñación, nos acercamos a las salas de El Greco con sus pinturas siempre entre lo terrenal y lo espiritual. Proporciones imposibles, espacios sin perspectiva, colores ácidos, claustrofobia. Escuchad la locución y disfrutad de ese mundo porque luego llega otro maestro con mayúsculas: Velázquez.
Cualquier obra del pintor sevillano es digna de una larga parada, pero hay que elegir. Las seleccionadas son dos. Primero las esculturas bidimensionales que componen La fragua de Vulcano y después,… adivinad. ¡Obvio, Las Meninas! Una foto del siglo XVII donde los personajes no posan. En realidad viven y nosotros con ellos. Mirad la tela y soñad, ¿no somos nosotros los que posamos para Velázquez? Dejaros llevar y cuando no sepáis que decir, entonces, habréis descubierto lo inefable.
Tiziano, Rubens y Goya para cerrar el recorrido
Después de esto no debe bajar mucho el nivel y por fortuna el Prado guarda más maravillas. Una es el retrato de Carlos V en Mühlberg de Tiziano, el arte convertido en hermosa propaganda. Mientras que la Adoración de los Magos de Rubens es un teatro dentro del lienzo. Y del mismo pintor de Amberes hay que pararse en ese triple altar a su esposa llamado Las Tres Gracias. Imaginad, el pintor supera los 50 y su amada ni se acerca a los 20. Ella es todo sensualidad, exuberancia, voluptuosidad. La quiere solo para él, por eso este cuadro jamás lo vendió.
Un tono diferente irradia la última parada del recorrido propuesto por Musea. Es la enorme tela de la Familia de Carlos IV retratada por un orgulloso Goya que pinta su cabeza y sus ojos a la misma altura que el matrimonio real. Al igual que ocurre con Velázquez, se podrían elegir muchas otras obras del sordo de Fuendetodos cobijadas en la pinacoteca madrileña, pero este retrato familiar es perfecto para acabar el recorrido y que la audioguía demuestre que tiene un poco de todos los periodos pictóricos que hemos recorrido en los puntos anteriores.

Tiene la pasión por el detalle propio de la pintura flamenca junto a un tono erudito de los sabios renacentistas que compagina con la expresividad y el dinamismo de los maestros barrocos. Además intercala algo del aura misteriosa que envuelve a las fantasías góticas. Y también aporta un toque académico del siglo XIX para contextualizar cada obra ante las que se detiene. Si bien, lo que más me gustó es que a veces deja pistas y respiros silenciosos para que los espectadores descubramos qué es el arte. ¡Aunque luego no lo sepamos expresar con palabras!