Este hotel cercano a Mahón invita a bajar el ritmo y a disfrutar del lujo del descanso.
Tuve una época en la que cada verano iba a Menorca: mi hija era pequeña, con lo cual esas calas impolutas de agua la mayor de las veces tranquila, eran un destino idóneo. Siempre recalábamos en Ciutadella y, más pronto que tarde, aprendí que cuando eres visitante asiduo o eres de Ciutadella, o eres de Mahón. Sus dos mayores ciudades, cada una en una punta de esta pequeña y hermosa isla (casi 702 kilómetros cuadrados, la segunda isla más extensa del archipiélago balear) parecen enfrentadas y el viajero se ve en la obligación de tener que elegir una u otra, aunque también puede quedarse entre medias, en alguno de sus tranquilos pueblos.

Yo solía acudir en temporada alta, que no era la mejor época, pero es la única de la que disponemos aquellas que tenemos churumbeles. Hablamos de hace más de diez años, cuando aún podía llegarse a las calas en pleno mes de julio y agosto que tenían gente pero no estaban masificadas…
Dejé de ir cuando el paisaje se me antojó abarrotado de otros tantos como yo (tendemos a pensar que el mal son los turistas y pocas veces nos paramos a valorar que nosotros también somos uno de ellos), tanto que apenas podías disfrutar de la isla y de sus pequeños placeres: coger la carretera que la cruza y que no estuviera atascada; un helado por la noche sin tener que pegarte por la silla; un atardecer en aquella calita sin nadie alrededor; un paseo por sus calles blancas para ir al mercado a buscar algo de pescado para comer… Esos pequeños placeres de los que se compone el verano.

12.000 kilómetros de muros de separación
Hace poco tuve la inmensa fortuna de volver a Menorca y a sus aguas azul turquesa. Me quedé esta vez cerca de Mahón, en un territorio inexplorado. Me alojé en el maravilloso Barceló Nura, en el sur de la isla, cerca del núcleo urbano de Biniancollet, en San Lluís.
El hotel sigue, y esto hay que aplaudirlo, la arquitectura típica de estas latitudes: construcciones bajas, muros de separación tan típicos de aquí, hechos con marés, la piedra que permite hacer paredes en seco, en ese difícil arte de no utilizar ningún tipo de argamasa para mantenerlas (en la isla se estima que hay más de 12.000 kilómetros de muros de separación construidos con esta técnica).

Deliciosa pomada de limón o fresa
Barceló Nura es el destino ideal para saborear eso de no hacer absolutamente nada: nada más que descansar, ¿acaso parece poco en este vertiginoso mundo en el que siempre hay que estar haciendo algo? Aquí uno puede tumbarse en una tumbona frente a su pequeña piscina privada (sí, han leído bien) con un libro y una deliciosa pomada, esa deliciosa y adictiva (también peligrosa) bebida hecha de gin menorquín y limonada. En Barceló Nura, aparte de la tradicional, también ofrecen la de fresa, confieso que las dos están de infarto.

Pero volvamos a la tumbona: el libro, los pies en el agua, la pomada, la hora de la siesta, el viento que mece las hojas de las palmeras… En la zona wellness puedes elegir uno de los tratamientos que ofrecen o dejarte caer por las piscinas de chorros, por aquello de seguir aumentando el relax… Los alrededores del hotel también invitan al paseo, disfrutando de las vistas al mar. Para las amantes del yoga desde el hotel también se puede contratar una sesión de yoga mañanero: a primera hora (la mejor porque luego el sol suele ser implacable), estiramientos con vistas al Mediterráneo… qué mejor forma de empezar la jornada.
Salidas al mar con Faralmar
Otros planes son irse a tomar algo a la terraza del hotel, B-Heaven, o reservar mesa en el restaurante del hotel, Sa Tanca, que fusiona cocina italiana con la local: tartar de ternera, panzerotti de ricota y boletus, berenjena frita, deliciosos pescados como la lubina asada a la Toscana… Delicioso.

Imprescindible también una salida en barco para bordear la costa y atracar en pequeñas calas en las que no hay absolutamente nadie, todo un lujo. Nosotras hicimos la excursión con Faralmar y la experiencia no pudo ser más maravillosa: en el trayecto el patrón entró en pequeñas cuevas en las que antaño llegaban mercancías de estraperlo; hicimos snorkel, paddle surf… Emociones más que suficientes con las que volvimos al hotel, mochila cargada de energía y experiencias, para de nuevo bajar el ritmo y volver a reclinarnos en esa tumbona bajo las palmeras… El lujo sencillo de no hacer nada.