Jerusalén, donde convergen judaísmo, cristianismo e islam, es una ciudad única en el mundo. Sus calles milenarias y su espiritualidad palpable la convierten en un destino fascinante, cargado de historia y simbolismo.
Es viernes y falta poco para que el sol se oculte por el horizonte. En cualquier otro lugar del planeta, este detalle no tendría mayor importancia, pero estamos en Jerusalén, el sabbat está a punto de comenzar y las calles de la ciudad asisten a un frenesí que se repite semana tras semana.
Con el inicio del día sagrado para los judíos, una auténtica marea humana, entre la que destacan los ultraortodoxos, ataviados con sus severos trajes oscuros, sus trenzas y barbas y sus sombreros negros asalta las calles de la ciudad en dirección a la Ciudad Vieja.
Aquellos que observan el sabbat con rigurosidad –muchos judíos observantes de Jerusalén– abandonan toda tarea e inician la marcha hacia el Kotel, el célebre Muro de las lamentaciones, donde se entregarán con frenesí a rezos, alegres cánticos y bailes. Otros visten sus mejores galas y se dirigen a casa de familiares y amigos para participar en la tradicional cena del viernes.
Hasta el crepúsculo del sábado, cuando se “enciendan” en el firmamento las primeras estrellas de la noche, el mundo se habrá detenido –casi literalmente– para buena parte de los judíos de la ciudad.

Jerusalén, ciudad sagrada para tres religiones
La del sabbat es solo una de las muchas manifestaciones religiosas que todavía marcan el ritmo de Jerusalén, ciudad sagrada para las tres grandes religiones abrahámicas. Para el cristianismo, fue escenario de la pasión, muerte y resurrección de Jesús; para el judaísmo, el actual recinto de Haram al-Sharif o Monte del Templo es el lugar donde se levantaron el Primer y el Segundo Templo; y, según la tradición islámica, Mahoma ascendió a los cielos desde este mismo enclave.
En resumen, Jerusalén es una auténtica “puerta del cielo”, un centro sagrado en el que se acumulan hitos religiosos y arqueológicos, pero también un mosaico de comunidades, credos y culturas que atrae cada año a millones de peregrinos y turistas. Y no es para menos. Pocos lugares del planeta pueden presumir de evocar con tanta eficacia la sensación de haber viajado al pasado.
Una impresión que se hace más patente en Jerusalén Este, en la Ciudad Vieja, ocupada por Israel desde 1967 y considerada por Naciones Unidas parte del territorio palestino ocupado. Allí, tras los sólidos muros de época otomana levantados por Solimán el Magnífico, se apiñan cuatro distritos correspondientes a otras tantas comunidades diferentes: judía, cristiana, musulmana y armenia.
La Puerta de Jaffa y la Torre de David
La Ciudad Vieja cuenta con ocho puertas. Todas ellas, excepto una –la Puerta Dorada, cerrada a cal y canto a la espera de la venida del Mesías– flanquean el paso a los lugares más señalados de la antigua urbe sagrada. Una de las más usadas por los turistas es la Puerta de Jaffa, que facilita el acceso a los barrios cristiano y armenio. Nada más traspasar el umbral, a mano derecha, se levanta la llamada Torre de David, auténtica atalaya desde la que se divisa toda la Ciudad Vieja.
Esta milenaria ciudadela, confundida por los bizantinos con el palacio del bíblico rey David –de ahí su nombre–, remonta sus orígenes a la época de Herodes el Grande, y es un magnífico ejemplo de que hasta la última piedra de Jerusalén rebosa historia y tradición por los cuatro costados.
La ciudadela conserva restos de distintas etapas de la historia de Jerusalén: Herodes levantó aquí tres grandes torres defensivas, mientras que cruzados, mamelucos y otomanos ampliaron y transformaron posteriormente el recinto.

La Vía Dolorosa y el Santo Sepulcro
Frente a la Puerta de Jaffa se abre al visitante la David Street, una vía que anticipa lo que nos espera en buena parte de la Ciudad Vieja: callejuelas estrechas y laberínticas, repletas de bazares, tiendas de recuerdos y piezas de artesanía; todo ello aderezado por un auténtico pandemonio de gentes, un babel de lenguas a menudo indescifrables, y una convivencia visible de tradiciones religiosas muy diferentes. Desde David Street se puede acceder directamente a otra de las calles principales del barrio cristiano: la Vía Dolorosa, que según la tradición fue la que recorrió Cristo con la cruz camino del calvario.

Por esta razón, a lo largo de la Dolorosa encontramos nueve estaciones del vía crucis, y no es extraño toparse con turistas y peregrinos que, Biblia en mano, recorren la calle mientras leen los pasajes correspondientes del Nuevo Testamento. Uno de los mejores momentos para visitar este rincón de la ciudad es el viernes a primera hora de la tarde, pues los franciscanos dirigen una procesión portando una cruz que recorre la calle hasta llegar al Santo Sepulcro.
El Santo Sepulcro, corazón del cristianismo
Como lugar en el que, según la tradición, murió y fue enterrado Jesús, el Santo Sepulcro es uno de los templos más sagrados del cristianismo. La basílica es compartida por seis confesiones cristianas (aunque las tres comunidades principales, responsables del statu quo, son la greco-ortodoxa, la católica y la apostólica armenia. La convivencia no siempre es fácil así que, desde época de las cruzadas, dos familias musulmanas –Nuseibeh y Judeh– custodian las llaves para evitar disputas.
El interior del templo es un santuario oscuro a duras penas iluminado por las velas, lo que, junto al incienso y los cánticos de los religiosos, crea una atmósfera que propicia el recogimiento. Dalita, por ejemplo, es una joven armenia con el rostro surcado por las lágrimas a causa de la fe. Su nombre significa “virgen”, y por su aspecto, bien podría pasar por la madre del Mesías en su juventud.


Ella forma parte de la comunidad armenia asentada en Jerusalén desde el siglo IV. «Vengo casi todos los días a la capilla de Santa Helena –nos explica–. En ningún otro lugar me siento tan cerca de Dios». El suyo es sólo uno de los muchos rostros exóticos de una urbe que parece anclada en el pasado.

El Muro Occidental, lugar sagrado del judaísmo
Desde el barrio cristiano hasta el judío sólo hay que atravesar un puñado de calles intrincadas y repletas de gente. En el extremo del distrito, al este de la ciudad amurallada, se encuentra el célebre kotel o Muro de las lamentaciones. Tras atravesar el inevitable control de seguridad –los checkpoints y los soldados armados son una constante en toda la ciudad y forman parte de su paisaje–, se accede al amplio espacio abierto en el que se encuentra el muro.


© Javier García Blanco
Separado en dos zonas, una para hombres y otra para mujeres, el recinto está abierto 24 horas al día y 365 días al año. En cualquier momento del día y de la noche puede contemplarse las oraciones de los judíos haredíes, los judíos ultraortodoxos, cabeceando junto al muro.
El Muro Occidental –o Kotel– es un tramo del muro de contención levantado durante la ampliación herodiana de la plataforma del Segundo Templo y constituye el principal lugar de oración del judaísmo. El santuario fue destruido, pero los judíos creen que la shechina –la presencia divina– nunca desaparecerá, así que acuden allí a ofrecer sus rezos e introducir papeles con sus ruegos entre los sillares del muro.

El barrio musulmán y sus mercados
En cuanto al barrio musulmán, éste se ubica en la parte norte de la Ciudad Vieja, y sus puntos principales son las calles Al-Wad y Khan Al-Zeit. En esta última abre todos los días un concurrido shouk (mercado) donde es posible encontrar un batiburrillo de productos en el que se mezclan frutas y verduras frescas con especias, recuerdos y ropas, entre las que no faltan hiyabs, shaylas y chadores. Estas callejuelas laberínticas son también el mejor lugar para degustar platos típicos en establecimientos como Abu Shukri, un modesto restaurante con fama de servir el mejor hummus de Tierra Santa.

Haram al-Sharif y la Explanada de las Mezquitas
El otro enclave fundamental para los musulmanes de la ciudad es Al-Haram ash-sharif, más conocido como la Explanada de las mezquitas o Monte del Templo. Este enclave es sagrado para las tres religiones pues, aunque hoy se levantan allí la mezquita de Al-Aqsa y la bellísima Cúpula de la Roca, fue en su día el lugar donde se erigía el Templo de Salomón.
Bajo la cúpula se oculta una roca que según la tradición es el lugar desde el que Mahoma ascendió a los cielos, pero también el enclave en el que Abraham estuvo a punto de sacrificar a Isaac, y donde Dios tomó la tierra para modelar a Adán.
El acceso de visitantes no musulmanes está limitado habitualmente a determinadas franjas horarias de domingo a jueves y se realiza por la Puerta de los Magrebíes, junto al Muro Occidental. Los horarios pueden modificarse o suspenderse sin previo aviso, por lo que conviene consultarlos antes de acudir. Se exige vestimenta recatada, con piernas y hombros cubiertos, y el acceso al interior de las mezquitas suele estar reservado a los musulmanes.
Jerusalén más allá de la Ciudad Vieja
Aunque algunos de los lugares más emblemáticos se concentren allí, Jerusalén es mucho más que su Ciudad Vieja. El barrio de Mea She’arim, el distrito donde residen buena parte de los ultraortodoxos de Jerusalén, permite aproximarse, siempre con respeto, a la vida cotidiana de varias comunidades haredíes. Sus habitantes se rigen por normas estrictas de conducta, así que es preferible evitar el barrio durante el sabbat y no tomar fotografías.
Mea Shearim, Mahane Yehuda y la Colonia Alemana
Una atmósfera radicalmente distinta se vive en la zona de Mahane Yehuda y en la Colonia Alemana. Ambos lugares son perfectos para disfrutar de un ambiente vivo y colorido, en los que no falta una amplia oferta de bares y restaurantes que se animan especialmente durante la noche.
Los miradores del monte de los Olivos y Scopus
Para echar un último vistazo a la ciudad antes de nuestra partida podemos acudir al monte de los Olivos –otro enclave plagado de rincones emblemáticos– o al monte Scopus. Ambos ofrecen una espectacular panorámica de Jerusalén, que regala desde allí su estampa más apacible, como si permaneciera dormida, a la espera de más visitantes que desean desentrañar todos sus secretos.
Guía práctica para viajar a Jerusalén
Cómo llegar:
Las aerolíneas EL AL e Iberia cuentan con conexiones directas que unen Madrid y Barcelona con el aeropuerto Ben Gurion, a unos 50 kilómetros de Jerusalén.
Dónde dormir:
A un breve paseo de la Ciudad Vieja y muy cerca del centro comercial Mamilla se ubican el Dan Panorama y el International YMCA.
Dónde comer:
La antigua Colonia Alemana presume de ser una de las zonas más animadas de la ciudad, con restaurantes como Adom (David Remez, 4), que cuenta con platos internacionales y una animada terraza. Para saborear la cocina israelí con un toque actual lo mejor es acudir a Yudale (Beit Yaakov 11), un local de estilo vintage a un paso del mercado de Mahane Yehuda, muy frecuentado por los locales.
Más información: Turismo de Israel