Callao · Perú

CallaoMonumentalEl puerto que cambió las balas por los sprays

El primer puerto del Perú fue durante años sinónimo de miedo. Hoy sus casonas son galerías al aire libre y sus propios vecinos guían al visitante.

La historia de cómo el arte, y un pacto improbable, le cambiaron la cara al Callao.

Llego a Callao un día de «garúa», esa niebla húmeda que envuelve al puerto y a la capital, Lima, durante gran parte del año. Aunque muchos confunden Callao con un distrito más de Lima —debido a su proximidad—, en realidad se trata de una ciudad y una provincia independientes, tan cercanas a la capital que casi se funden con ella, pero que se enorgullecen de su alma «chalaca» y portuaria. He quedado en encontrarme con Mara Loyo —una vecina del lugar y guía turística— a la entrada del pasaje de la Casa Ronald, un antiguo edificio de estilo neoclásico situado en pleno corazón del centro histórico de Callao. Basta con cruzar el umbral del pasaje, entre mármoles y bustos de otras épocas, para sentir la doble vida de este lugar: el esplendor perdido y el nuevo brillo que lo ha vuelto a habitar.

Hoy en día cuesta imaginarlo, gracias a los llamativos grafitis y a los grupos de turistas con cámara y teléfono en mano, pero durante décadas nadie se aventuraba en el centro histórico de Callao si no tenía un conocido dentro. El barrio de Castilla, situado a solo unas calles de aquí, se consideraba en su día el más peligroso del principal puerto de Perú: era un territorio por cuyo control se libraban tiroteos entre bandas rivales —los «Malditos de Castilla» contra los «Fieros de Loreto» y otras— por el dominio de la construcción y el menudeo de drogas. Las antiguas casonas construidas por inmigrantes y antiguas familias chalacas hace un siglo, se caían a pedazos, ocupadas ilegalmente, convertidas en refugio de drogadictos y narcotraficantes o, simplemente, abandonadas a su suerte.

Plaza Gálvez en el centro histórico del Callao
Plaza Gálvez · © Javier García Blanco
Arquitectura republicana en la plaza Matriz del Callao
Plaza Matriz · © Javier García Blanco
Dos plazas, una memoria: Gálvez y Matriz conservan la huella republicana del puerto · © Javier García Blanco
Capítulo I · Esplendor y silencio

La doble vida de
la Casa Ronald

Un palacio en el puerto

Mármol, cedro y décadas de olvido

Nada personifica mejor ese esplendor perdido como la Casa Ronald. Inaugurada en 1928 por Guillermo Ronald y Padilla, un próspero comerciante portuario, esta lujosa construcción de cinco plantas contrastaba radicalmente con todo lo que la rodeaba: mármol italiano y mosaicos, madera de cedro, dos de los primeros ascensores de la ciudad y un pasillo central de doble altura —el mismo por el que atravesaba ahora en compañía de Mara—, que unía las calles Independencia y Constitución, adornado con bustos de figuras destacadas de la ciencia y el arte. En otro tiempo, en sus plantas se encontraban la oficina central de correos, la liga de ajedrez, bufetes de abogados e incluso un bar inglés, y fue uno de los edificios más lujosos de Callao. Cuando el puerto se sumió en la violencia, el edificio corrió la misma suerte que todo el barrio: décadas de olvido, humedad y silencio.

La historia de su rescate comenzó en 2015, cuando el empresario israelí Gil Shavit —casado con una peruana—, se enamoró de este edificio antiguo, logró adquirirlo y puso en marcha la iniciativa «Fugaz, Arte de Convivir». La idea era tan sencilla como ambiciosa: restaurar las casas del barrio en ruinas y devolverles la vida a través del arte, convirtiendo todo el barrio en un museo al aire libre. Uno de los primeros en sumarse al proyecto fue Salsa, un grafitero conocido por plasmar en las paredes los rostros de grandes intérpretes de la música afroantillana —Rubén Blades, Óscar de León y Celia Cruz—, quien en su juventud también había coqueteado con el vandalismo antes de encontrar una salida en el graffiti. Junto con los jóvenes del barrio, pintó uno de los primeros murales: el rostro de un pescador chalaco, su propio padre, como símbolo de una comunidad dispuesta a renacer. Hoy, no muy lejos de allí, el «Pasaje de la Salsa» y las calles adyacentes hacen honor a su nombre: bajo un falso techo de sombrillas de colores, los rostros de los grandes intérpretes de la salsa se alzan sobre las mesitas azules de la terraza, donde un par de camareros almuerzan antes de empezar su turno, y de fondo, como no, suena la salsa.

Cartel histórico en la Casa Ronald
Intervención artística en la escalera de Casa Ronald
Casa Ronald: los vestigios del pasado conviven con el arte contemporáneo · © Javier García Blanco

«La idea era tan sencilla como ambiciosa: devolver la vida al barrio a través del arte»

Fugaz · Arte de Convivir
Capítulo II · La ciudad como lienzo

Más de sesenta murales
y un museo sin techo

Hoy, las fachadas de los edificios del barrio están decoradas con más de sesenta murales, creados por artistas peruanos y extranjeros, y las calles del distrito incluso han entrado en las listas de los lugares más geniales del planeta: en 2021, la revista «Time Out» las incluyó entre las treinta calles más geniales del mundo, y en 2018 la Bienal de Diseño de Madrid premió la iniciativa. Están por todas partes. En una de las esquinas, un enorme pescador de ojos azules, obra del muralista Portocarrero, sostiene un pez en sus manos con las olas y las anclas como telón de fondo: la tradición marinera, que ha dotado al distrito de su identidad, se ha convertido en el símbolo del barrio. Y no todo el arte se encuentra en la calle: en el interior de la propia Casa Ronald, las salas restauradas —con zócalos de mármol salmón y molduras de yeso— acogen hoy exposiciones de arte contemporáneo, y en las paredes, donde hasta hace unos años solo había ruinas, cuelgan obras pictóricas y fotográficas de creadores de todo el mundo.

Gran mural de colores en Callao Monumental
Las fachadas del barrio reúnen más de sesenta murales · © Javier García Blanco
Galería de arte entre las columnas de Casa Ronald
Galerías de Casa Ronald
Exposición fotográfica en el MAU
Museo de Arte Callejero
Murales expuestos en el Museo de Arte Callejero
Murales rescatados
Dentro y fuera: el arte ocupa pasillos, galerías y fachadas · © Javier García Blanco
1928Inauguración de la Casa Ronald
2015Nace Fugaz, Arte de Convivir
+60Murales en las fachadas del barrio
40Vecinos incorporados al proyecto

Callao Monumental,
desde dentro

Vídeo · Wanderer
El oficio del aerosol

Pintar con todo el corazón

Detrás de muchas de estas paredes hay artistas que han terminado haciendo de este barrio su hogar. Es el caso de Luis Gerardo Aguirre, conocido como Sesión, del colectivo DMJC (Dedos Manchados en la Jungla de Concreto) —el mismo colectivo al que pertenece Joan Jiménez, Entes, comisario del Museo de Arte Callejero (MAU) de Monumental Callao, que se enorgullece de ser el primer museo ubicado en el interior de un edificio en Latinoamérica. Sesión se mudó a Callao desde el barrio limeño de San Martín de Porres para librarse del ir y venir diario, y acabó enamorándose del puerto. «Lo que más me gustaba era estar tan cerca del mar; en verano, al salir del trabajo a las tres de la tarde, ya estábamos todos en el agua», recuerda. Lleva pintando desde los quince años, a pesar del escepticismo de quienes le preguntaban si se podía ganar la vida con ello: «Tenía algo en el corazón, sabía que esto iba a formar parte de mi vida», asegura con entusiasmo. Y, en efecto, hoy vive de ello, diversificando su actividad —murales, diseños, rótulos, clases—, guiándose por una filosofía que refleja bien el espíritu de este lugar: la técnica, según él, consiste simplemente en «dominar el bote de spray», ya que el potencial creativo ya está presente en cada uno; lo demás consiste en hacerlo «con todo el corazón y con mucho amor». La enseñanza forma parte de su oficio: en tan solo media hora, cualquier visitante, bajo su guía, puede coger un bote de spray y marcharse de allí dejando atrás su primer grafiti plasmado en la pared.

Retrato del artista Luis Gerardo Aguirre, Sesión
El artista Sesión pintando con aerosoles
Sesión: «Tenía algo en el corazón, sabía que esto iba a formar parte de mi vida» · © Javier García Blanco
Capítulo III · La llave del barrio

Un pacto improbable
para cambiar las reglas

Pero el color, por sí solo, no era suficiente. «El proyecto ya existía, los jóvenes aportaban su granito de arena, pero faltaba lo más importante: que vinieran visitantes, y a Callao no entraba nadie», resume Mara Loyo, una de las vecinas que se convirtió en guía gracias a Fugaz, y que vivió en primera persona la transformación. Para que llegaran visitantes, hacía falta la «llave» del barrio, y esa llave la tenía una sola persona: Cristina Flores, a quien todos llaman «la mami». Matriarca de una gran familia —diecisiete hijos, unos cincuenta nietos— vinculada históricamente al mundo más duro de Castilla, Cristina era quien realmente movía los hilos en el barrio; había que llegar a un acuerdo con ella. La conversación, entre Shavit y ella tuvo lugar en el momento más difícil de la vida de Cristina: acababan de asesinar a varios de sus nietos y ya estaba pensando en dejarlo todo. Aceptó apoyar el proyecto con una condición innegociable: el trabajo debía recaer en su gente. «Te apoyaré, pero darás trabajo a mis hijos y a la gente del barrio», exigió. Así, más de cuarenta personas —entre ellas vecinos con antecedentes penales que hoy se dedican a la seguridad, trabajan como guías o como personal técnico— comenzaron a trabajar en el marco de esta iniciativa.

Mara Loyo junto a un mural de Callao Monumental

«Nunca hubiera imaginado que algún día estaría aquí, contándoles todo esto, y mucho menos rodeada de gente de tantos rincones del mundo»

Mara Loyo · Vecina y guía

Quizá ese sea el verdadero mural de Callao Monumental: no el que está pintado en las paredes, sino el que crean los propios vecinos. Mara es una de ellas. De sonrisa fácil, gafas y pelo peinado hacia atrás, se coloca junto a uno de esos grafitis —la imagen de una mujer que sostiene una mariposa en la yema del dedo— y lo señala con orgullo; estamos, de hecho, en una de las salas del MAU, donde hoy se conservan varios murales rescatados de las calles barrio. «Nunca hubiera imaginado que algún día estaría aquí, contándoles todo esto, y mucho menos rodeada de gente de tantos rincones del mundo», confiesa. Su entusiasmo se intensifica cuando habla de los talleres gratuitos que el proyecto organiza para los niños del barrio: boxeo, fútbol, ballet afroperuano y, sobre todo, la Bibliomichi, una pequeña biblioteca donde los niños que a los diez u once años no sabían leer —porque nadie los había llevado nunca al colegio— ahora aprenden a hacerlo. «Para nosotros, lo más importante es el taller infantil; es en él donde invertimos la mayor parte de nuestros esfuerzos», afirma. A esto se suman las residencias de artistas, que cada pocos meses atraen a creadores de diferentes países para realizar exposiciones y, a menudo, para impartir clases gratuitas a los jóvenes del barrio.

Visitante en una exposición de Casa Ronald
Casa Ronald · Exposición
Mural urbano y automóvil antiguo en una calle del Callao
Las calles como archivo vivo
La otra cara del renacimiento

Preguntas que siguen abiertas

Pero no todo es tan idílico. Hay voces que advierten del peligro de gentrificación, de una posible subida de los precios de los alquileres, y de la futura amenaza de pérdida de espacio para los vecinos de siempre. Por otra parte, al tratarse de una zona protegida como patrimonio histórico, en el barrio no se pueden realizar obras a voluntad: hoy en día, para pintar un nuevo mural se necesitan permisos y hay que pagar tasas, algo que el proyecto no siempre puede permitirse. De hecho, hace algún tiempo algunos grafitis tuvieron que eliminarse a petición de las autoridades: de los veinte que les ordenaron eliminar, según ellos, solo pudieron salvar diez u once, aprovechando que algunas paredes de adobe y quincha podían desmontarse. Hoy lucen en las salas del MAU. La sostenibilidad del proyecto tampoco está garantizada, y sobre todo el barrio planea la pregunta: ¿a quién beneficia realmente la revitalización de esta zona?

Mural conservado en una de las salas del MAU
El MAU conserva algunos de los murales retirados de las calles · © Javier García Blanco

Antes de marcharme, subo a la azotea de la Casa Ronald. Desde allí, actualmente espacio del Rooftop Fugaz —que ofrece actuaciones musicales y bebidas cuando llega el atardecer— se divisa todo Callao: la bahía, salpicada de barcos fondeados, la bandera peruana ondeando sobre los tejados y, más cerca, una gaviota pintada en una gran pared con las alas extendidas junto a tres palabras: «Vuela siempre alto». Cuesta no interpretarlo como una declaración de intenciones.

Callao no ha borrado su historia: la ha repintado. Y en estas paredes, el arte no es solo un adorno, sino la prueba de que todo un barrio puede concederse una segunda oportunidad.