En el corazón de Cusco, a unas manzanas de la Plaza de Armas, este hotel se asienta junto a los cimientos del templo más sagrado del Imperio inca, convirtiendo cada estancia en un viaje a través del tiempo.
Para llegar hasta la puerta del Palacio del Inka, a Luxury Collection Hotel hay que cruzar callejuelas empedradas donde el quechua se mezcla con el español, pasar junto a muros de piedra ciclópea que llevan en pie desde que Cusco era el ombligo del mundo, y detenerse ante una fachada colonial que parece demasiado hermosa para ser real. Tras ella aguardan casi cinco siglos de historia peruana concentrados en 203 habitaciones, patios porticados y una colección de arte que haría palidecer a más de un museo: todo ello al servicio de una estancia que trasciende con mucho el simple alojamiento.
Una historia que comienza en el Templo del Sol
La historia del Palacio del Inka no puede entenderse sin el Coricancha, el Templo del Sol, el recinto más sagrado del Tahuantinsuyo. Construido por orden del inca Pachacútec en el siglo XV, el Coricancha fue el centro espiritual y político del Imperio: sus muros, según relataron los cronistas españoles, estaban recubiertos de láminas de oro puro, y en su interior se conservaban las momias de los soberanos incas.

El edificio que hoy ocupa el Palacio del Inka formó parte de ese complejo sagrado, lo que explica que bajo sus suelos y entre sus paredes el mundo inca y el colonial sigan coexistiendo, piedra contra piedra, como si el tiempo no hubiera logrado separarlos del todo.
Cuando los conquistadores tomaron Cusco en 1533 y comenzaron a levantar la ciudad colonial sobre las ruinas del Imperio, el solar del Coricancha tampoco se libró de la transformación. En el siglo XVI, el marqués Juan de Salas y Valdés –uno de los primeros alcaldes de Cusco– mandó construir la Casona de los Cuatro Bustos, que con el tiempo se convertiría en el corazón del actual Palacio del Inka. Sus suites conservan el espíritu de aquella residencia señorial: vigas de madera centenaria, detalles artesanales pintados a mano y el peso silencioso de cinco siglos de historia que el lujo contemporáneo, lejos de enterrar, ha sabido honrar.

Una de las piezas arqueológicas más notables del hotel es la llamada Piedra de los Ocho Ángulos: una pieza excepcional de arquitectura inca que los arqueólogos vinculan a la celebración de rituales sagrados. En el bar del hotel, por su parte, una pared de piedra inca original de 64 metros cuadrados permanece como testigo silencioso de todo lo que estas paredes han visto: conquistas, ceremonias, virreyes y, desde hace unas décadas, viajeros que llegan hasta aquí desde todos los rincones del mundo.
Una colección de arte centenaria
La colección de arte la ilustra con generosidad excepcional todo lo que sus muros ya insinúan. El hotel alberga 195 obras de arte que abarcan desde la época prehispánica al período republicano, entre las que destacan sesenta pinturas originales de la Escuela Cusqueña: ese movimiento pictórico surgido en el siglo XVII del mestizaje entre la tradición europea y la sensibilidad andina, que dio lugar a un lenguaje visual propio, inconfundible, sin parangón en el resto del continente.

Lienzos de gran formato, esculturas, muebles coloniales y piezas de orfebrería distribuidos por pasillos, patios y salones convierten el hotel en un museo que se puede habitar. El propio personal organiza visitas guiadas a la colección, recorridos que van más allá del valor estético de las piezas para adentrarse en el contexto histórico y cultural que las rodea: una forma de entender Cusco que difícilmente se encuentra en ningún otro hotel de la ciudad.


Esta ruta artística se completa con la galería Mantay, espacio dedicado al arte contemporáneo peruano que ocupa uno de los espacios de la mansión. Aquí se exhibe la obra de creadores actuales, cerrando el arco que el hotel ha tendido a través del tiempo: del arte prehispánico al colonial, del republicano al presente, todo bajo un mismo techo.


La galería tiene además una dimensión social: un porcentaje de la venta de cada obra contribuye a la Casa Mantay, un proyecto de apoyo integral a madres adolescentes y sus hijos con el que el hotel lleva años comprometido. La tienda contigua –donde se venden piezas realizadas en los talleres de la Casa– destina el cien por cien de sus ventas a esa misma causa.
Lujo, bienestar y sabor andino
El Palacio del Inka no es solo un archivo vivo de historia y arte: es también un hotel de lujo en el sentido más pleno de la expresión. Las 203 habitaciones y suites, con detalles en madera y paredes pintadas a mano por artesanos locales, combinan el carácter de una casona histórica con el confort que cabe esperar de un establecimiento de primer nivel.

El Andes Spirit Spa es el único de Cusco que cuenta con circuito de hidromasajes, y su carta de tratamientos bebe directamente de la tradición andina: muña, quinua y flores de cantuta como ingredientes de una experiencia de bienestar que tiene tanto de ritual como de descanso. Pocas cosas hay más reparadoras, tras una jornada recorriendo los monumentos de Cusco o llegando desde el aeropuerto con el soroche al acecho, que entregarse a los cuidados de este santuario de calma en el corazón de la ciudad.

La propuesta gastronómica del hotel, dirigida por el chef Carlos Risco, está a la altura del resto de su oferta. El restaurante Inti Raymi –cuyo nombre honra la Fiesta del Sol, la celebración más importante del Imperio inca– apuesta por una cocina regional e internacional elaborada con ingredientes locales, con estación de detox y carta libre de gluten: una combinación que ningún otro restaurante de Cusco ofrece.


Para quienes quieran adentrarse en uno de los grandes iconos de la cultura peruana, el hotel organiza clases y degustaciones de pisco que permiten acercarse al sabor y la elaboración del destilado más emblemático del país. El Bar Rumi, con su pared de piedra inca de 64 metros cuadrados como telón de fondo, es el escenario perfecto para rematar la velada con un pisco sour bien ejecutado –no en vano tiene fama de ser uno de los mejores del país– y la sensación de que pocas ciudades del mundo tienen tanto que contar como esta.

Ninguna estancia en el Palacio del Inka deja indiferente. No es fácil explicar por qué, pero sin duda tiene que ver con cada piedra, cada lienzo y cada bocado de cocina novoandina: con la sensación persistente de haber habitado, durante unos días, uno de los lugares más extraordinarios del planeta. Casi cinco siglos de historia bajo un mismo techo. Y la promesa, para quien cruza su umbral, de que ni Cusco, ni el propio huésped, volverán a ser los mismos.

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