Pocas ciudades están tan unidas a la memoria de un pintor como Arlés a la de Vincent van Gogh. La luz de la Provenza transformó aquí su paleta y dio origen a algunas de sus obras más célebres, pero la ciudad conserva también un extraordinario patrimonio romano y una intensa vida cultural.
En apenas una década de actividad artística, Vincent van Gogh creó más de 2.000 pinturas, dibujos y grabados. Entre febrero de 1888 y mayo de 1889, tan sólo quince meses, vivió en Arlés, donde realizó cerca de 300 pinturas y dibujos y dio forma a algunas de las obras más reconocibles de su carrera.
La luz de la Provenza, los paisajes rurales y el intenso colorido del sur de Francia transformaron su pintura. Durante aquellos meses llevó a su máxima expresión una paleta que todavía hoy asociamos de manera inmediata con su obra.
Van Gogh en Arlés: una etapa decisiva
Antes de su llegada a Arlés en febrero de 1888, Van Gogh había pasado los dos últimos años viviendo en París, donde coincidió y compartió inquietudes e ideas con otros artistas de la talla de Toulouse-Lautrec, Émile Bernard, Gauguin o Seurat. En la capital del Sena tenía la vida bohemia y la inspiración de otros artistas, pero le faltaban la luz y los colores tan vivos del Mediterráneo. Algo que encontró en Arlés.
Una vez instalado –primero se estableció en el Hotel-Restaurante Carrel, y más tarde en la que debería haberse convertido en casa-taller para artistas, la llamada Casa amarilla–, Van Gogh se lanzó a la tarea de capturar en sus lienzos la esencia de la luz, la atmósfera y los paisajes de Arlés y la Provenza.

La luz y los paisajes de la Provenza
Durante los primeros meses se centró especialmente en los paisajes, obras en las que todavía es posible apreciar una clara influencia del japonismo. Van Gogh atrapó en sus pinturas la belleza de los campos de trigo, las orillas del Ródano, los pantanos y los paisajes de los alrededores de la ciudad. Poco después, sin embargo, comenzó también a realizar numerosos retratos a algunos de los vecinos de la localidad.
Así fue como el artista retrató a Patience Escalier, al teniente Paul-Eugène Milliet o al cartero Roulin –con quien llegó a tener una gran amistad– y a su familia. Fue también en Arlés, durante el caluroso mes de agosto, cuando realizó algunas de sus famosas pinturas de girasoles. Van Gogh se sentía a gusto en Arlés, y su clima mediterráneo y sus gentes parecían potenciar su creatividad.

De hecho, en una carta dirigida a su hermana Willemien en septiembre de 1888, reconocía que estaba dejando atrás la influencia del japonismo, pues en Arlés no necesitaba estampas que le inspiraran y que pudiera pintar en el taller, ya que el clima benigno, la luz y los colores del Midi francés le impulsaban cada vez más a pintar en el exterior: «Aquí no me hace falta para nada el arte japonés, porque me imagino estar en el Japón y nada más necesito abrir los ojos y ver lo que tengo delante», escribió.
La ruta de Van Gogh por Arlés
Fue tal su actividad creativa, que pocos rincones de aquel Arlés de finales del siglo XIX quedaron sin ser inmortalizados por sus pinceles. Tanto es así, que muchas de sus obras más famosas hoy en día nos remontan a este tiempo en el sur de Francia: Terraza de café por la noche, Habitación en Arlés, Noche estrellada sobre el Ródano o La Casa Amarilla son solo algunas de ellas.
Ante semejante creación de “iconos”, no es de extrañar que en la actualidad sea posible recorrer la localidad francesa siguiendo los pasos de Van Gogh en Arlés. En la plaza del Forum puede reconocerse el escenario de Terraza de café por la noche. La fachada amarilla actual es una recreación posterior inspirada en el cuadro y puede contemplarse desde la plaza, aunque el establecimiento está cerrado desde 2023.
También se puede pasear por las orillas del Ródano, el rincón donde el artista pintó el Puente Trinquetaille o el Hospital Hôtel-Dieu.

La Casa Amarilla, Gauguin y el episodio de la oreja
Este último escenario, precisamente, guarda relación con algunos de los episodios más turbulentos de la vida de Van Gogh, y en especial de su estancia en Arlés. El pintor llevaba tiempo con la idea de crear una casa taller (la ya mencionada Casa Amarilla), en la que reunir a otros artistas con inquietudes similares a las suyas.
Van Gogh escribió a algunos de sus conocidos, pero únicamente Gauguin respondió a su llamada –y no sin numerosas dudas–. Ambos se establecieron en la Casa Amarilla –hoy un panel recuerda el lugar donde se encontraba, ya que fue destruida en la Segunda Guerra Mundial–, y durante algún tiempo trabajaron juntos pintando los mismos lugares –por ejemplo, en sus versiones de los Alyscamps–. Sin embargo, tras unos meses más o menos apacibles, no tardaron en surgir discusiones entre ambos artistas, de caracteres igualmente fuertes e irascibles.
Así, en la noche del 23 de diciembre, después de una etapa de creciente tensión con Gauguin, Van Gogh sufrió una grave crisis y, al parecer, se mutiló la oreja izquierda con una navaja. Las circunstancias exactas del incidente siguen siendo un enigma, pero la hipótesis de que Gauguin fuera el autor de la herida no cuenta con respaldo documental suficiente.
El hospital de Arlés y el final de su estancia

Van Gogh no desaprovechó el tiempo, e incluso en su reclusión hospitalaria pintó el tranquilo y bello patio del recinto. Unas pinturas y dibujos que sirvieron durante una reciente restauración para devolver al edificio el aspecto que tenía en aquellos años. Hoy el hospital se ha convertido en el Espacio Van Gogh, y hasta allí acuden cada año miles de turistas e investigadores.
Cuando abandonó el hospital, Van Gogh continuó con su fiebre creadora, en este caso realizando dos autorretratos en los que se plasmó con la oreja vendada. Para entonces Gauguin había abandonado ya la ciudad –no sabemos si harto de los altibajos emocionales de su amigo o a causa del remordimiento por una hipotética agresión–, y Van Gogh volvió a caer enfermo, regresando al hospital de Arlés durante otras seis semanas.
Su sueño de crear un taller de artistas había fracasado, y ya ni siquiera la luz y los vivos colores de la Provenza eran capaces de animarlo. Así, Van Gogh abandonó para siempre Arlés en mayo de 1889. Un año después perdería la vida definitivamente, en unas circunstancias que aún hoy son objeto de polémica.

Pese a la estrecha relación del pintor con la ciudad, Arlés no conserva una colección permanente de sus cuadros. La Fondation Vincent van Gogh Arles organiza, sin embargo, exposiciones temporales que ponen su legado en diálogo con el arte contemporáneo y que, en determinadas ocasiones, incluyen obras originales cedidas por otros museos. Conviene consultar su programación antes de la visita.
Qué ver en Arlés más allá de Van Gogh
Aunque el “circuito Van Gogh” quizá sea uno de los atractivos más interesantes de la localidad, no hay duda de que Arlés cuenta con otros muchos atractivos para ofrecer al visitante. Ya sean sus abundantes y destacados restos de época romana, su rico patrimonio románico y barroco o sus numerosos museos, estos son algunos de los enclaves que no puedes dejar de visitar durante tu estancia en la ciudad:
El anfiteatro romano de Arlés

Este imponente ejemplo de arquitectura romana se construyó a finales del siglo I de nuestra era. Su graderío se distribuía originalmente en 34 filas y en la actualidad continúa acogiendo espectáculos –tiene capacidad para casi 12.000 espectadores–, conciertos y festejos taurinos.
Una curiosidad: al igual que su “hermano” de la cercana localidad de Nîmes, el anfiteatro acogió durante la Edad Media a toda una pequeña ciudad, con varias iglesias y numerosas viviendas.
El teatro romano
Se construyó al oeste del anfiteatro en época del emperador Augusto, a finales del siglo I a.C. Durante los meses de verano es un excepcional escenario que acoge numerosos espectáculos.
Los criptopórticos del foro romano
Los criptopórticos forman parte del conjunto de monumentos romanos y románicos de Arlés inscrito por la Unesco en la Lista del Patrimonio Mundial en 1981–, y están compuestos por unas impresionantes galerías subterráneas en pleno corazón de la ciudad, cuya creación se remonta de nuevo al siglo I a.C., concretamente entre los años 30–20 antes de nuestra era.
Las termas de Constantino
Esta llamativa construcción se erigió a comienzos del siglo IV sobre las orillas del Ródano, en una época en la que Constantino I residió en la localidad. Durante algún tiempo fueron consideradas por error las ruinas de un palacio romano.
El Museo Departamental Arles Antique

Este moderno espacio museístico reúne y examina el vasto y riquísimo patrimonio arqueológico de la ciudad, lo que incluye una apabullante colección de esculturas, mosaicos y sarcófagos romanos, además de numerosos objetos recuperados de las profundidades del Ródano, como un busto tradicionalmente identificado como un posible retrato de Julio César, varias estatuas de mármol y bronces dorados, y una espectacular embarcación de época imperial (el Arles-Rhône 3).
Saint-Trophime y su claustro románico
Este fabuloso templo románico remonta sus orígenes al siglo XII, y cuenta con todas las características arquitectónicas del arte románico provenzal. Su excepcional pórtico –que se asoma a la concurrida plaza de la República–, muestra una temible escena del Juicio Final, con escenas del paraíso y el infierno, bajo la atenta mirada de Cristo juez.
La plaza de la República y el Ayuntamiento
Ubicado también en la plaza de la República, el Ayuntamiento fue terminado en 1676 según los planos de Jacques Peytret y con el asesoramiento de Jules Hardouin-Mansart, uno de los principales arquitectos al servicio de Luis XIV y responsable de importantes intervenciones en Versalles. El Ayuntamiento debe su notoriedad e importancia a la rareza arquitectónica de la bóveda clasicista plana que cubre su vestíbulo.

Les Rencontres d’Arles, capital de la fotografía
Para los amantes de la fotografía, Arlés cuenta también con otro elemento de interés, sus célebres Encuentros. Desde su primera edición en 1970, Les Rencontres d’Arles han convertido cada verano la ciudad en uno de los grandes centros internacionales de la fotografía. Las exposiciones ocupan museos, iglesias, antiguos espacios industriales y edificios históricos durante varios meses. Durante los meses de julio, agosto y –especialmente– septiembre, la ciudad provenzal se convierte sin duda en una de las capitales mundiales –junto con Perpignan– de la fotografía.
Cómo llegar a Arlés
Desde el aeropuerto de Marsella Provenza, la línea LeBus+13 (andén 5) conecta las terminales con la estación Vitrolles-Aéroport Marseille Provence en unos cinco minutos. Desde allí pueden tomarse trenes TER hacia Arlés, en algunos casos con transbordo, por lo que conviene consultar previamente los horarios en SNCF Connect.
En tren desde España
Los servicios ferroviarios internacionales de Renfe conectan varias ciudades españolas con el corredor de Nîmes, Montpellier, Aviñón y Marsella, pero no se detienen en Arlés. La opción habitual es enlazar en Nîmes o en otra estación del recorrido con un tren TER. Los servicios más rápidos entre Nîmes y Arlés rondan los veinte minutos, aunque la duración depende de la estación y del enlace elegido.