Entre la sierra de Montsant y las laderas de licorella, el Priorat es mucho más que una de las grandes regiones vinícolas de España. Recorremos sus pueblos y bodegas, desde la Cartuja de Escaladei hasta Falset, Gratallops, La Vilella Baixa y Porrera, para descubrir cómo el vino transformó el destino de esta comarca tarraconense.
A principios de los años ochenta, el vino del Priorat era algo muy cotidiano. Se compraba a granel en pequeñas bodegas de barrio, especialmente en Cataluña, y viajaba hasta las casas en botellas reutilizadas de gaseosa La Casera. Recuerdo entrar en la de mi pueblo con un encargo claro de mi padre: «Sobre todo, no te olvides: vino del Priorato, el catalán». Detrás del mostrador había varios barriles de madera. Aunque la memoria puede fallarme, creo que los etiquetados como «Priorato» estaban a la izquierda y eran los más baratos.
Han pasado algunas décadas. No soy un gran entendido en vinos; simplemente sé cuáles me gustan –suaves y afrutados– y la elección suelo dejársela al camarero. Pero hace unos meses, cenando con mi compañera, surgió una pregunta: ¿qué había ocurrido para que aquel vino humilde y cotidiano se convirtiera en uno de los más prestigiosos de España?
El Priorat quedaba a unas dos horas de casa. Días después comenzó este viaje por monasterios, cooperativas, carreteras secundarias y pequeños pueblos, intentando encontrar la respuesta a aquella pregunta.
El origen de la viticultura en el Priorat
El pequeño y casi deshabitado pueblo de Albarca recibe al recién llegado al Priorat por el norte. Situado bajo la imponente roca Corbatera, es punto de partida de varias rutas de senderismo por la sierra de Montsant. Hoy no toca excursión, pero resulta difícil pasar de largo.

Media hora después aparece Escaladei, con sus fachadas de piedra y sus oscuras ventanas. Bajo unas moreras todavía desnudas, varios barriles convertidos en mesas anuncian la presencia de un par de alojamientos rurales. Dejamos allí la autocaravana y continuamos a pie hasta la Cartuja de Escaladei, situada a unos quince minutos.
Era una gélida mañana de una primavera que se resistía a llegar. Cualquier abertura entre las nubes que dejara pasar un rayo de sol era bienvenida. El camino discurría entre viñas, con la áspera sierra de Montsant al fondo y, en su falda, el monasterio donde comenzó todo.
Dudo que los monjes cartujos eligieran aquel lugar únicamente porque, según la leyenda, un pastor soñara allí con una escalera que ascendía hasta el cielo. Sus características geográficas resultaban, desde luego, idóneas para la forma de vida que habían elegido.
La Cartuja de Escaladei fue fundada en 1194 y se convirtió en la primera cartuja de la península ibérica. Años después, en 1228, se consagró la iglesia de Santa María y a su lado se extendía ya un primer claustro rodeado por las celdas de los monjes.
La zona se encontraba entonces en pleno proceso de repoblación tras la conquista de los territorios andalusíes. El Císter se había instalado en Poblet y Santes Creus; los cartujos lo hicieron algo más al sur. Los monasterios acabarían desempeñando un papel decisivo en la organización y explotación agrícola de estos territorios.
Los cartujos lo dejaban todo para vivir entregados a Dios y a su propia soledad. Austeridad, silencio y obediencia eran algunas de sus principales señas de identidad. Mientras tanto, Escaladei prosperó hasta convertirse en una potencia económica que durante siglos dominó un amplio territorio: de aquel priorato monástico procede precisamente el nombre de la comarca.
Nobles y reyes realizaron continuas donaciones al cenobio, que permitieron sucesivas ampliaciones. El complejo llegó a contar con tres claustros y alrededor de una treintena de dependencias privadas. Al mismo tiempo, sus dominios territoriales se extendían mucho más allá del monasterio.
Entre los siglos XVI y XVII, durante su etapa de mayor esplendor, el conjunto experimentó importantes reformas arquitectónicas. Allí floreció también una escuela de pintura religiosa de la que surgieron artistas como Joaquim Juncosa.
Pero llegó el siglo XIX. La desamortización, los saqueos y las revueltas acabaron provocando el abandono de la Cartuja de Escaladei. Fue el final de una historia y, en cierto modo, el comienzo de otra.
La pequeña población de Escaladei pertenece hoy al municipio de La Morera de Montsant. Su origen está estrechamente ligado al monasterio: mientras los monjes permanecían en clausura unos kilómetros más arriba, aquí se concentraban las instalaciones necesarias para la explotación de las tierras y los procesos vinculados al vino.

Había bodegas, almacenes, establos y una casa de la procura, desde la que se administraban las propiedades y se recaudaban impuestos. Hoy parte de aquel legado sigue relacionado con el vino. La bodega Scala Dei utiliza instalaciones históricas adaptadas a las necesidades actuales y constituye una de las referencias del Priorat.
Durante la visita empezamos a comprender qué hace tan particulares a los vinos de esta comarca. Garnacha y cariñena son sus variedades emblemáticas y crecen en un territorio abrupto, con viñedos que trepan por las laderas de las montañas y alcanzan varios cientos de metros de altitud.
Los veranos son muy calurosos y las noches traen un acusado descenso de las temperaturas. Bajo las cepas aparece la licorella, la característica pizarra del Priorat. El agua escasea y el terreno obliga a las raíces a profundizar en busca de humedad. Los rendimientos son bajos, pero precisamente de esas condiciones extremas surge buena parte de la personalidad de estos vinos.
El resultado son vinos intensos, de gran concentración aromática y una marcada identidad. Como nos explicó la guía, buena parte de la producción encuentra sus principales compradores fuera de nuestras fronteras.
Durante una cata excepcional nos preguntaron por nuestra procedencia. Casi todos éramos de Cataluña, salvo una joven pareja que había viajado desde México exclusivamente para conocer la comarca y sus vinos, sin tener ninguna vinculación profesional con el sector. Ellos sí eran enófilos.
El cooperativismo, la salvación del vino del Priorat
Falset es la capital comarcal y su principal núcleo de población. Desde Escaladei se llega después de aproximadamente media hora por una carretera revirada que serpentea entre bancales cubiertos de viñas.
Habíamos reservado una visita teatralizada a la cooperativa. Poco antes de las seis apareció Ton, de aspecto y carácter sobrios. Él sería nuestro cicerone durante las siguientes dos horas. Bienvenidos a la Cooperativa Falset Marçà.

Nada más entrar, dos enormes tinas recuerdan los primeros tiempos de una cooperativa nacida a comienzos del siglo XX. El edificio forma parte de aquellas grandes construcciones agrarias de inspiración modernista que acabaron siendo conocidas popularmente como «catedrales del vino».
Su monumentalidad no era gratuita. La altura de las naves, la distribución de los espacios y las soluciones arquitectónicas respondían a las necesidades de una actividad que debía manejar enormes cantidades de uva y vino. Con el paso del tiempo, la maquinaria y los depósitos modernos han transformado buena parte del interior, pero el edificio sigue contando la historia de otra época.
Para comprender el nacimiento de estas cooperativas hay que retroceder algunas décadas.
A mediados del siglo XIX, el cultivo de la vid se había convertido prácticamente en un monocultivo en buena parte del Priorat. A finales de aquella centuria, cerca de 30.000 personas habitaban la comarca; un siglo después, la cifra ni siquiera alcanzaría las 9.000.
Las viñas constituían pequeños tesoros familiares. Algunas eran ya muy antiguas y sus vinos viajaban por Europa, donde obtenían reconocimientos en exposiciones y certámenes internacionales. Pero aquel castillo de naipes se vino abajo.

En junio de 1893 apareció la filoxera en unas viñas de Porrera. Antes de terminar el siglo, la plaga había arrasado prácticamente todo el viñedo del Priorat. Durante años, la principal tarea consistió en reconstruir lo perdido, replantando las cepas sobre pies de vid americana resistentes al insecto.
En las primeras décadas del siglo XX, el cooperativismo ofreció una salida a muchas comunidades rurales. Compartir costes permitía invertir en instalaciones y maquinaria, aumentar la capacidad de negociación y modernizar unos sistemas productivos que difícilmente podían afrontar de manera individual los pequeños agricultores.
Cataluña fue uno de los territorios españoles donde este movimiento adquirió mayor fuerza, y el Priorat encontró en él una herramienta decisiva para mantener viva su producción.
Nuestra visita terminó, como no podía ser de otra manera, con una cata. Ton siguió ejerciendo de perfecto cicerone. Los vinos de la cooperativa ofrecían además una perspectiva distinta a la que habíamos conocido en Scala Dei.

Probamos diferentes elaboraciones, entre ellas vinos añejos sometidos durante años a las variaciones térmicas en grandes recipientes de vidrio, además de moscateles y vinos dulces. Compartimos la experiencia con un grupo procedente de Mollerussa y, después de algunas compras, retomamos el camino.
La cultura del vino
El vino que hace casi cincuenta años iba a buscar a la bodega de mi pueblo era del Priorat, pero pertenecía a un mundo muy diferente al actual. Cumplía su cometido: acompañar, con escaso glamour, la comida diaria.
A partir de los años setenta fue cambiando también la forma de consumir vino. Las grandes etiquetas dejaron poco a poco de ser patrimonio casi exclusivo de una élite y apareció un público más amplio, interesado no solo en lo que bebía, sino también en su origen, su calidad, el territorio del que procedía y la historia que encerraba cada botella. A ese fenómeno hoy lo llamamos «cultura del vino».
También el lenguaje ha evolucionado hasta adquirir un sorprendente repertorio de metáforas. Después de probar un vino se habla de su «sensación en boca». ¿Qué fruta evoca? ¿En qué madera ha sido criado? ¿Se perciben los taninos? ¿Cuánto persiste su sabor?
Con todas esas preguntas todavía dando vueltas, pasamos la noche en Gratallops, en pleno corazón de la comarca. El antiguo campo de fútbol sirve hoy como área para autocaravanas y ofrece una excelente base desde la que recorrer la zona.
Al despertar, la mañana seguía siendo fría, pero un sol radiante iluminaba un paisaje de viñas salpicado por los primeros brotes verdes de la primavera.
Las pequeñas bodegas de Gratallops aún permanecían cerradas. En muchas puertas se anunciaban visitas y degustaciones, casi siempre también en inglés. Recorrimos las calles prácticamente solos, intentando imaginar el pasado medieval del pueblo y su antigua relación con los dominios de la cartuja.

Terminamos el paseo en la cooperativa. Acababa de abrir aquella mañana de domingo y éramos sus primeros clientes.
La Vinícola del Priorat nació en 1991 como resultado de la unión de las cooperativas de varios pueblos de la zona: Gratallops, El Lloar, La Vilella Baixa y La Vilella Alta. Aquí el vino se elabora bajo la Denominación de Origen Calificada Priorat, una categoría que en España comparte únicamente con Rioja.
La mujer que nos atendía era una excelente conversadora y decidí aprovechar la ocasión. Cuando le pregunté por el cambio que había experimentado el sistema productivo durante los años noventa, respondió sin dudarlo: «Por necesidad. Sin ese cambio, estos pueblos estarían muertos». Aquella necesidad acabaría provocando una auténtica revolución.
Junto a las tradicionales garnacha y cariñena se extendieron otras variedades, como cabernet sauvignon, merlot o pinot noir, además de variedades blancas como la garnacha blanca o el Pedro Ximénez. Lo que durante décadas parecía un territorio destinado al declive comenzó a descubrir nuevas oportunidades.
Se redujo progresivamente la venta de vino a granel y se generalizó el embotellado. Se apostó por la crianza, se modernizaron bodegas, llegaron grandes depósitos de acero inoxidable y se incorporaron técnicos y enólogos. La elaboración comenzó a apoyarse cada vez más en el conocimiento científico y en un control mucho más preciso de todo el proceso.

El resultado es visible hoy: algunos vinos del Priorat se encuentran entre los más prestigiosos de España y buena parte de las mejores producciones viajan a mercados internacionales.
«Sí, es triste, pero se nos quiere más en el extranjero que aquí», nos comentó.
La conversación derivó después hacia otros asuntos: la incertidumbre sobre las exportaciones, la situación económica y, sobre todo, un problema mucho más profundo, la despoblación.
El Priorat apenas supera hoy los 9.000 habitantes. Según nos explicaba, trabajo hay durante buena parte del año; lo que resulta más difícil es encontrar mano de obra cualificada y, sobre todo, vivienda.
Después de comprar dos botellas de vino y otra de aceite de la propia cooperativa, salimos con algunos euros menos y continuamos explorando la comarca.

La Vilella Baixa posee esa belleza silenciosa de los pueblos que parecen haberse quedado esperando a que regrese la vida. Pero un paseo por sus calles permite descubrir también la realidad de la despoblación.
En el barrio de grandes casas conocido como «el Nueva York del Priorat» apenas encontramos señales de actividad. En el siglo XIX, aquellos edificios debieron de alojar a numerosas familias vinculadas al trabajo agrícola.
Solo encontramos abierto un pequeño establecimiento que reunía las funciones de bar, panadería, estanco, tienda de comestibles e incluso punto donde echar la quiniela. Nos explicaron que con la llegada de la primavera el turismo rural devuelve algo de movimiento al pueblo.
La Vilella Baixa ocupa un rincón precioso a los pies de la sierra de Montsant, junto a un pequeño curso de agua que termina desembocando en el río Montsant.

El pueblo parece aferrarse a la tierra para sobrevivir, igual que las viñas del Priorat hunden sus raíces en la licorella para producir sus mejores vinos. Después visitamos Porrera y comprobamos que representaba casi el extremo opuesto.
Durante los años noventa, algunas bodegas apostaron aquí por un mercado mucho más exclusivo. Hoy el pequeño pueblo concentra una extraordinaria actividad vinícola y recibe a viajeros llegados de numerosos países en busca de etiquetas que, en algunos casos, se encuentran entre las más cotizadas del Priorat.
Al entrar tuve incluso la sensación de encontrarme en algún rincón del sur de Francia, con cierta elegancia melancólica en las fachadas y en las calles.
Comimos en un pequeño establecimiento junto al río Cortiella y brindamos con nuestras últimas copas del viaje: un tinto y un blanco, ambos del Priorat. Después llegó el momento de regresar a casa.

En la autocaravana viajaban unas cuantas botellas más que a la ida. Y también la respuesta a aquella pregunta que había surgido semanas antes durante una cena.
Aquel vino del Priorato que mi padre me mandaba comprar de niño no había desaparecido. Seguía allí, en la misma tierra áspera de viñas, pueblos y laderas de pizarra. Lo que había cambiado era todo lo que el Priorat había aprendido a hacer con él.
Viajar al Priorat: información práctica
Cuándo ir
El Priorat puede visitarse durante todo el año, aunque primavera y otoño resultan especialmente agradables para recorrer sus pueblos y viñedos. A finales del verano y comienzos del otoño, la vendimia añade además una dimensión especial al paisaje y a la actividad de las bodegas.
Cómo recorrerlo
El coche es la opción más cómoda para explorar una comarca rural de pueblos pequeños, carreteras sinuosas y bodegas dispersas. Falset funciona bien como punto de partida, mientras que Gratallops, Escaladei, La Vilella Baixa y Porrera permiten trazar una ruta muy similar a la descrita en este reportaje.
Bodegas y catas
Muchas bodegas del Priorat ofrecen visitas y degustaciones, pero es aconsejable reservar con antelación, especialmente durante los fines de semana y en temporada alta. La oferta va desde pequeñas bodegas familiares hasta grandes nombres de la DOQ Priorat.
Una visita imprescindible
La Cartuja de Escaladei ayuda a comprender el origen histórico de la comarca y su vinculación con el vino. Las ruinas del monasterio se encuentran al pie de la sierra de Montsant, a poca distancia del núcleo de Escaladei, y pueden visitarse durante todo el año con horarios que varían según la temporada.
Para dedicarle tiempo
Aunque es posible hacer una primera aproximación al Priorat en un fin de semana, dos o tres días permiten combinar con más calma pueblos, bodegas, patrimonio y paisaje.
Más información: Turisme Priorat