En el rincón más recóndito de la provincia de Soria, cada 23 de junio, los vecinos de San Pedro Manrique caminan descalzos sobre una alfombra de brasas incandescentes sin quemarse. Una tradición ancestral.
Dicen que hay un camino que sólo lleva al fin del mundo soriano. Una senda que serpentea hacia el rincón más despoblado de esta Soria vencida demográficamente. Un trazado que va y viene, y no por casualidad, hasta las Tierras Altas de Soria y a su capital comarcal, San Pedro Manrique. Es esta comarca, un lugar bravo que mira más al Ebro que al Duero, que linda con La Rioja y que guarda entre sus pliegues los recuerdos de aquellos pastores trashumantes, de esos pueblos resilientes y de tradiciones que se niegan a morir.
Son poco más de seiscientos habitantes en San Pedro Manrique los que aguardan con ansias y devoción la noche del 23 de junio. Hay algo en el aire que va más allá de una fiesta popular. Una tensión dulce, casi ritual, que anticipa lo que está por suceder: una de las tradiciones más antiguas, extrañas y únicas que hay en Europa.
Llegué con la tarde todavía alta. Todo era bullicio de fiesta. Fui directo al coso de piedra, a los pies de la ermita de la Virgen de la Peña, que estaba ya siendo preparado para un espectáculo que lleva siglos haciéndose de forma idéntica. Me senté en un muro a contemplar el paisaje: el caserío apretado en primera línea, las montañas al fondo y el cielo limpio de esa Soria interior que parece haber sido olvidado hasta por el tiempo. Pensé que quizá era eso lo que me había traído aquí. La certeza de que en este paisaje las cosas permanecen inalterables.

De la hoguera a la alfombra de brasas
A eso de las ocho de la noche, una pila de alrededor de dos mil kilos de leña de roble –la que mejor brasa produce, me explica un vecino con la autoridad de quien ha vivido esto toda la vida– empieza a arder en medio del coso. Las llamas suben rápido, voraces, y el calor se ha ido desparramando por las callejuelas cercanas. El olor a madera quemada se instala en el pueblo entero. Un olor que no nos abandonará en toda la noche.
A las once ya no cabe nadie en el recinto. Han llegado charangas, aquellos vecinos que un día se marcharon y que vuelven cada noche de San Juan como si el fuego los reclamara, los que se quedaron para guardar el paisaje, instituciones, fotógrafos, periodistas de medios nacionales e internacionales, curiosos. Todos están sentados alrededor de este escenario para vivir lo nunca vivido.

Un grupo de vecinos –los hoguneros– siguen trabajando en silencio sobre la alfombra de ascuas con largas varas de madera, extendiéndolas, aplanándolas, sacudiéndolas para que el camino de fuego quede uniforme. Esta alfombra incandescente que será cruzada en una hora mide alrededor de tres metros de largo y tiene varios centímetros de espesor.
La arena que rodea el perímetro ha sido también alisada pues servirá para calmar las plantas de los pies cuando todo termine. Lo hacen con una precisión de artesano, con la sabiduría que se aprende mirando a los mayores y que en San Pedro Manrique pasa de padres a hijos y de abuelos a nietos, desde hace siglos, sin manual posible.
Doce pasos sobre el fuego
A medianoche, un redoble grave, profundo de timbales rompe el bullicio de la fiesta y el cuchicheo de los curiosos se acalla. Sin que nadie avise, se produce un silencio eterno como el firmamento limpio que nos observa. La veintena de pasadores, protagonistas de esta noche, ya está lista. Han bailado alrededor de lo que fue la hoguera y ahora es una candente alfombra de brasas, en un ritual previo que parece una despedida o quizá una preparación, un modo de decirle al fuego que ya están listos.
El primer pasador se detiene al borde de la alfombra. Mira fijamente este pasillo de calor. Encima lleva, a caballo sobre sus espaldas, a una de las Móndidas –las doncellas que al día siguiente serán protagonistas de su propia ceremonia– vestida de gala, serena, aunque también con un halo de nerviosismos en la mirada. Dicen que cuanto más peso se lleva, mejor. Silencio total. El coso entero contiene la respiración. Y entonces llega el primer paso.
Paso fuerte, seguro. Las siguientes pisadas son como una bofetada a las brasas. Cada huella aviva la alfombra de fuego, que eleva pequeñas llamaradas como gritos, exhalaciones anaranjadas que lamen el aire por un instante. Avanza firme, solemne, sin titubeos. Diez, doce pisadas sobre el fuego, con una cadencia que tiene algo de marcha triunfal. Me doy cuenta de que llevo los puños apretados, congoja en la garganta y unas lágrimas de emoción en la mirada.

El último paso termina en estruendo. El coso explota en aplausos, gritos, vítores. El pasador abraza a su familia, besa a su pareja, levanta a sus hijos. Hay algo en esos abrazos que no es solo alegría de haber cruzado, puede que haya también alivio, y también, orgullo y pertenencia a la tradición. Es haber cumplido con esa promesa y haber cincelado de nuevo la tradición.
Y así, uno tras otro, todos los pasadores cruzan la alfombra de fuego, todos la pisan, ninguno se quema. Algunos en solitario, otros con su padre, con su hijo, con su madre a hombros. Algunos son muy jóvenes, otros ya mayores, con callos en los pies de haber cruzado varias veces este fuego de San Juan. En los últimos años también lo hacen mujeres, que caminan sobre las brasas con la misma firmeza y con la misma dignidad.
Nadie sabe con certeza el origen de este rito. Los antropólogos lo vinculan a ceremonias de purificación ligadas al solsticio de verano, a ritos de paso a la edad adulta, a tradiciones de culturas remotas que el tiempo olvidó. Lo que sí parece cierto es que esta es la única tradición de pirobacia que ha sobrevivido en Europa, y que se mantiene viva aquí, en este pueblo pequeño y obstinado de las Tierras Altas de Soria, cada noche del 23 de junio, cada noche de San Juan.
Hay quien dice que para no quemarse el secreto está en pisar fuerte, que solo lo pueden hacer los sampedranos, bajo el amparo de la Virgen de la Peña, y que intentarlo si eres foráneo tiene sus consecuencias. Alguien me recuerda la anécdota de un camarógrafo francés que quiso probarlo hace décadas y acabó en el puesto de socorro con graves quemaduras en las plantas de los pies. Yo no sé qué es lo que protege a los pasadores. Pero lo que vi esa noche no entiende de una explicación sencilla.
Las Móndidas, doncellas de otro tiempo

El pueblo no ha dormido. No importa. Yo tampoco he tenido que despertar. La emoción de lo que viví anoche sigue erizando la piel en cada recuerdo siguen quietas en mi memoria. A las ocho de la mañana la fiesta continúa de otra forma, con otro ritmo, con otro color. Quien llega a San Pedro Manrique durante la mañana de San Juan no sólo olerá a hoguera, sino que deberá ir en busca de tres casas engalanadas de una manera singular: en la puerta de cada una se alza un árbol decorado con rosquillas, panes y cintas de colores. Es un mayo, señal de que allí vive una de las Móndidas, las doncellas de la fiesta de hoy. Los vecinos van a recogerlas una a una, casa por casa, en una procesión doméstica, colorista, musical y afectuosa.
Las Móndidas aparecen vestidas con faldas, enaguas, blusa ricamente puntillada, mantón rojo o amarillo y collares y cadenas que brillan bajo los primeros rayos de sol de esta mañana de junio. Pero lo que más atrae la atención es el cestaño que sostienen sobre la cabeza: un cesto enorme, adornado con flores frescas, paños bordados de seda blanca y lazos de colores, que puede pesar unos quince kilos.
En su interior, un inmenso rosco de pan. En el centro, los arbujuelos: varas de miga de pan azafranado que les dan ese amarillo litúrgico y que servirán de ofrenda. La imagen es de otro tiempo, de otro mundo casi, y sin embargo encaja con perfecta naturalidad en estas calles de piedra.
Al igual que sucede con la tradición del paso del fuego, los antropólogos tampoco se ponen de acuerdo sobre el origen de las Móndidas. Unos lo vinculan a la historia o la leyenda del Tributo de las Cien Doncellas, otros lo sitúan en tradiciones de ofrenda agrícola de las sacerdotisas celtibéricas. En cualquier caso, lo que importa es que está vivo.
La caballada y las cuartetas

A media mañana, las Móndidas y el pueblo entero se congregan en la explanada junto a la ermita del Humilladero. Esperan la llegada de la corporación municipal, que viene de las eras, a las afueras del pueblo, a caballo. Los jinetes visten de gala, con bicornio de fieltro negro y trajes de porte elegante. Llegan al trote, saludan a las Móndidas con una carrera vertiginosa, y el encuentro tiene esa mezcla de protocolo y emoción que solo dan las tradiciones que se sienten de verdad.
Después, misa mayor, el remojón –vino tinto con azúcar y pan, que se comparte entre todos– y la plantada del mayo en la estrecha plaza mayor. Para levantarlo hay que entrar en la casa de una vecina, pasar la cuerda por la ventana y desde los balcones tirar todos a la vez. Es un esfuerzo colectivo, ruidoso y alegre, que termina con el árbol erguido en mitad de la plaza entre aplausos.
Y luego, el silencio. La plaza a rebosar, mayores y pequeños sentados en el suelo esperan las cuartetas de las Móndidas. Son versos que repasan el año: homenajean a los vecinos, recuerdan a los que ya no están, celebran lo bueno y no eluden lo complicado de la vida en esta zona rural. Hay chascarrillos que arrancan carcajadas entre los vecinos, hay lágrimas de emoción y de recuerdo.
Me fui de San Pedro Manrique con algo en el pecho que no sé muy bien cómo nombrar, los recuerdos de una noche que ha quedado plasmada a fuego dentro de este yo viajero que llevo. Quien pasa el fuego dicen que no se quema, pero quienes somos espectadores quedamos señalados a fuego, nunca mejor dicho, como las crías de esas ovejas trashumantes que todos los años vuelven a estas tierras altas de Soria.