Las fiestas del Pilar son una buena excusa para regresar a Zaragoza y descubrir cuánto guarda entre sus dos catedrales y las orillas del Ebro: frescos de Goya, un palacio de taifa, patios renacentistas y una ruta de tapas con acento aragonés. Un viaje que merece al menos dos días.
«En acordarme de Zaragoza y pintura, me quemo vivo», escribió Goya a su amigo Martín Zapater. Había tenido sus más y sus menos con quienes le encargaron decorar una cúpula del Pilar, incapaces de aceptar la libertad de sus pinceladas. El disgusto del pintor pasó; los frescos quedaron. Casi dos siglos y medio después, siguen siendo una magnífica razón para cruzar la puerta de la basílica y levantar la mirada.
Para decidir qué ver en Zaragoza conviene empezar allí, aunque sería una pena detener el viaje en sus cúpulas. La ciudad guarda un palacio musulmán de yeserías delicadas, vestigios de la urbe romana, patios que hablan de la prosperidad del Renacimiento y una saludable afición a resolver las pausas entre monumentos alrededor de una barra.
Este octubre, además, la escapada tiene fecha señalada: el Día del Pilar cae el lunes 12 y las fiestas de 2026 se celebran del 10 al 18 de octubre. La Ofrenda de Flores, las jotas y los conciertos dan otra vida a calles y plazas. El programa oficial del Ayuntamiento permite encajar esa agenda en un recorrido que, cuando termine la celebración, seguirá teniendo motivos de sobra para regresar.

La basílica del Pilar: cúpulas, alabastro y pintura de Goya
La plaza del Pilar reúne dos catedrales y buena parte de la imagen que Zaragoza ofrece al mundo. En uno de sus extremos se levanta la basílica, cuyas torres y cúpulas se reconocen mejor desde la otra orilla del Ebro. Dentro, el tamaño del templo obliga a bajar el paso: la Santa Capilla, el retablo mayor de alabastro de Damián Forment y las pinturas de sus bóvedas reclaman visitas distintas dentro de una misma visita.
También hay dos momentos de Goya. En el coreto, frente a la Santa Capilla, pintó en 1772 La adoración del nombre de Dios, todavía cercana a las enseñanzas que había traído de Italia. Años después, en la cúpula Regina Martyrum, su pincelada se volvió más suelta y atrevida. Aquella manera de pintar provocó el desencuentro con el cabildo que recordaría en su correspondencia con Zapater. Contemplar ambos trabajos permite seguir, sobre el mismo templo, el avance de un artista que empezaba a buscar su propio camino.
La ruta tras las huellas de Goya en Zaragoza permite prolongar este encuentro con el pintor. El recorrido goyesco añade una novedad para este puente. Fundación Ibercaja anuncia la reapertura del Museo Goya para el viernes 9 de octubre, con la exposición Solo Goya. El arte de ver, programada hasta el 10 de enero de 2027. Una oportunidad para prolongar la visita del Pilar entre pinturas y grabados; conviene consultar las entradas y el calendario del museo antes de organizarla.
La Seo y el mudéjar: otra Zaragoza a pocos pasos
Basta atravesar la plaza para pasar del Pilar a la Seo, la catedral del Salvador. La sucesión de edificios que ocuparon este lugar –entre ellos, la mezquita mayor de la ciudad musulmana– ayuda a entender la mezcla de estilos del templo actual. Su interior merece tiempo, tanto por el retablo mayor y las capillas como por la colección de tapices conservada en su museo, con piezas procedentes de talleres de Arras, Tournai y Bruselas.
Antes de entrar, hay que desviarse hacia la calle Sepulcro. Allí, el muro de la Parroquieta de San Miguel despliega una composición de ladrillo y cerámica vidriada en la que el mudéjar alcanza una extraordinaria finura. La Seo, los elementos mudéjares de la Aljafería y la iglesia de San Pablo son los tres conjuntos zaragozanos incluidos en el bien Arquitectura mudéjar de Aragón, inscrito por la Unesco.
La iglesia de San Pablo invita a continuar hacia el barrio del Gancho, mientras que la torre de la Magdalena propone otro paseo por el casco antiguo. Y, junto a la Seo, el arco del Deán ofrece uno de esos rincones capaces de condensar una ciudad: un pasadizo elevado, la cercanía de la catedral y el trazado de las calles que se estrechan a su espalda.
La Aljafería, un palacio de alegría y cielos de madera
Un poco apartado del núcleo de las dos catedrales, el palacio de la Aljafería –en el barrio de la Almozara– conserva la memoria de la taifa de Saraqusta. El soberano Al-Muqtadir hizo levantar su residencia de recreo en el siglo XI y la celebró como un palacio de la alegría. La imagen de fortaleza que ofrece desde fuera cambia al llegar al patio de Santa Isabel: albercas, naranjos y arcos de trazados entrecruzados componen una arquitectura pensada para el disfrute de la corte.
Las yeserías, con su repertorio vegetal y geométrico, requieren una mirada cercana. También el pequeño oratorio, donde se conserva el mihrab. Son detalles que permiten imaginar el refinamiento de aquel palacio sin reducirlo a una comparación con otros monumentos más conocidos de al-Ándalus.
La Aljafería siguió transformándose después de la conquista cristiana. A las estancias islámicas se sumaron los palacios de los monarcas aragoneses y las salas de los Reyes Católicos, con sus artesonados de madera y dorados. Hoy alberga las Cortes de Aragón: pocos lugares explican con tanta claridad cómo un mismo edificio puede atravesar distintos poderes y conservar las huellas de todos ellos.
La visita tiene, además, un añadido artístico. La exposición Goya. Del Museo al Palacio reúne temporalmente 62 obras dedicadas al pintor y a su época, procedentes del Museo de Zaragoza. Está anunciada hasta el 31 de diciembre de 2026. El propio palacio y la muestra justifican reservar una mañana con tiempo y consultar de antemano la venta oficial de entradas.
Caesaraugusta: la ciudad que aparece bajo las calles
Antes de Saraqusta estuvo Caesaraugusta, la ciudad romana cuyo nombre sigue resonando en el de Zaragoza. Sus restos aparecen repartidos por el centro en cuatro museos: el Foro, el Puerto Fluvial, las Termas Públicas y el Teatro. Recorrerlos permite cambiar las fachadas del paseo por otra ciudad, enterrada bajo la que se ve a simple vista.
El teatro es la parada más elocuente. Descubierto en 1972 durante unas obras, tuvo capacidad para unos 6.000 espectadores. La amplitud de sus restos ayuda a comprender la importancia de la colonia; el puerto recuerda, por su parte, que el Ebro fue también una vía comercial.
No hace falta encadenar los cuatro espacios en una primera escapada. El teatro puede ser una buena elección para empezar; quienes disfruten de la arqueología encontrarán en la ruta completa el hilo que une la vida pública, el ocio y el tráfico de mercancías de la Zaragoza romana.
Patios renacentistas y la memoria de una torre desaparecida
La riqueza de la ciudad en el siglo XVI dejó una arquitectura civil que suele descubrirse a través de sus patios. En la plaza del Pilar, la Lonja conserva su gran sala de columnas y bóvedas estrelladas, hoy dedicada a exposiciones. Muy cerca de la Seo, el palacio de la Real Maestranza de Caballería –antigua casa de Miguel Donlope– muestra otra faceta de aquel esplendor, con un poderoso alero de madera y una escalera cubierta por una cúpula de artesonado.
El Patio de la Infanta, en la sede de Ibercaja de la calle San Ignacio de Loyola, añade una historia de viaje y regreso. Formaba parte de la casa del banquero Gabriel Zaporta. Tras el derribo del edificio, el patio fue vendido y trasladado a París; Ibercaja lo recuperó en 1957 y lo instaló en su emplazamiento actual en 1980. Sus columnas y relieves componen un elaborado programa de imágenes que remite a la cultura humanística del Renacimiento.
De vuelta al casco antiguo, la plaza de San Felipe guarda la memoria de una ausencia. Allí estuvo la Torre Nueva, la torre mudéjar del reloj que se inclinaba sobre la ciudad y fue derribada en 1892. Montal, tienda gastronómica y restaurante instalado en un palacio renacentista, conserva un pequeño museo dedicado a la torre. Grabados, fotografías y recuerdos permiten reconstruir el perfil de aquel monumento perdido. Es también una buena dirección para unir la curiosidad por el patrimonio con una pausa en la mesa.
Qué comer en Zaragoza: tapas en el Tubo y sabores de Aragón
La pausa más celebrada de Zaragoza se llama el Tubo. En torno a las calles Libertad y Estébanes, el centro cambia de ritmo y el paseo se organiza de barra en barra. Hay locales que han construido su identidad alrededor de una especialidad: las croquetas de Doña Casta, los champiñones de El Champi o las anchoas de Bodegas Almau.
La carta de Doña Casta sirve también para comprobar que una croqueta admite bastante imaginación: boletus y foie, morcilla con piñones o gallina con chocolate figuran entre sus propuestas. El Champi resuelve su tapa con champiñones a la plancha sobre pan, mientras que Almau permite llevar el recorrido hacia el terreno de las conservas y el vino. Mejor escoger unas pocas paradas y dejar espacio para la siguiente, especialmente cuando las fiestas llenan estas calles (durante los Pilares, como llaman los maños a sus fiestas grandes, a veces hay que armarse de valor para enfrentarse a la nutrida concurrencia).
Más allá del tapeo, la despensa aragonesa merece sentarse. El ternasco asado, la borraja y el cardo acercan la mesa a los productos del territorio; la huerta tiene aquí tanta personalidad como los platos de carne. En la copa, la garnacha ofrece otro mapa posible, con vinos de denominaciones como Campo de Borja, Calatayud o Cariñena.
Para el final quedan el guirlache y las frutas de Aragón, esos bocados de fruta confitada recubierta de chocolate que forman parte del repertorio dulce de la ciudad. La palabra local laminero, aplicada a quien tiene afición por los dulces, encuentra en Zaragoza razones para convertirse en una pequeña declaración de intenciones.
Del mudéjar al arte urbano: un paseo por el Gancho
El arte zaragozano continúa fuera de palacios e iglesias. El barrio del Gancho permite enlazar la torre de San Pablo con las intervenciones que el Festival Asalto ha ido incorporando al paisaje urbano. La edición de 2026 ha vuelto a este barrio, donde fachadas y medianeras conviven con los comercios y la vida cotidiana de sus calles. La web del festival ayuda a localizar sus proyectos.
Para prolongar esa mirada contemporánea, el IAACC Pablo Serrano y CaixaForum Zaragoza ofrecen otros dos recorridos posibles. El primero acerca al trabajo del escultor aragonés; el segundo añade a las exposiciones la arquitectura de Carme Pinós, reconocible por sus volúmenes elevados. Son opciones para una segunda visita o para cambiar alguna de las paradas históricas por una propuesta de arte actual.
El Ebro: del Puente de Piedra a la Zaragoza de la Expo
Después de tanto mirar hacia arriba o hacia el pasado, conviene volver al río. Cruzar el Puente de Piedra permite contemplar el Pilar desde una distancia que devuelve a sus cúpulas y torres el protagonismo del perfil urbano. En la ribera, el paseo abre espacio entre el casco antiguo y el agua que explica buena parte de la historia de la ciudad.
Más al oeste, el entorno de la Expo de 2008 muestra otra escala de Zaragoza. El Pabellón Puente de Zaha Hadid alberga hoy Mobility City, dedicado a la movilidad. Su recorrido combina espacios de paso libre con áreas de exposición y experiencias sujetas a entrada. Cerca, El alma del Ebro, la figura de letras creada por Jaume Plensa, y el Parque del Agua Luis Buñuel permiten prolongar la escapada lejos del núcleo monumental.
El río acaba por enlazar todas esas Zaragozas: la que transportaba mercancías en tiempos romanos, la de las cúpulas barrocas y la que imaginó nuevos edificios junto al agua. Después de recorrerlas, aquella ciudad que encendía el ánimo de Goya deja otro deseo bastante comprensible: volver con más tiempo.
Qué ver en Zaragoza en dos días: cómo organizar la escapada
Dos días permiten hacer una primera selección sin convertir el viaje en una carrera. Este reparto es una propuesta flexible: las visitas interiores, la programación festiva y el tiempo dedicado a comer aconsejan escoger.
- Primer día: el Pilar y la Seo por la mañana; comida en el Tubo; después, el Teatro de Caesaraugusta o el Museo Goya, si su calendario permite la visita. El Puente de Piedra ofrece un buen cierre al paseo por el centro.
- Segundo día: una mañana en la Aljafería; por la tarde, elegir entre el Patio de la Infanta y las calles del Gancho, o el paseo más largo hacia el entorno de la Expo y el Parque del Agua.
- Si sólo hay un día: concentrar la visita en las dos catedrales, el casco antiguo, el Tubo y el Ebro. Para incluir la Aljafería conviene reservar y reducir el número de interiores.
- Durante las fiestas: reservar alojamiento y comidas con antelación y revisar la agenda del día. El lunes 12, la Ofrenda transforma la plaza del Pilar y sus accesos; resulta más cómodo dedicarle su propio tiempo que encajarla entre dos visitas con hora de entrada.
- Antes de comprar entradas: comprobar los horarios especiales del festivo y las condiciones de la Aljafería, que es también sede parlamentaria. La hoja de horarios de Zaragoza Turismo reúne la información de octubre. El Museo Pablo Gargallo figura temporalmente cerrado y el Museo de Zaragoza continúa afectado por las obras; parte de su colección goyesca se visita en la Aljafería.










