Ésta es una carta de amor a uno de los destinos más lejanos dentro de nuestras fronteras, la isla de El Hierro. Única, singular, una proeza. El destino en mayúsculas. A quien pregunta cómo describirla, siempre les digo lo mismo: El Hierro es ese lugar donde llueve en horizontal, hay mares en calma y los árboles besan el suelo. No hay más que decir.
Querida isla de El Hierro. Nos despedimos. Yo volví a la vorágine de la vida y tú quedaste varada en un mar tranquilo con tus melenas de lava enredadas por los alisios. Al poco tiempo ya te echaba de menos. Y a todos los que me preguntan dónde ir, les digo que no deben de abandonar este mundo sin conocerte. Eres posiblemente el destino que más me ha calado, el que más hondo me ha llegado, el que ha quedado tatuado en mis recuerdos a fuego de volcán.
Dicen que te pareces a alguna de tus hermanas: que eres verde y exuberante como La Palma; que agarras las nubes para exprimir su agua, como en La Gomera lo hace la selva de Garajonay; que tu corazón sigue latiendo fuego, como en Lanzarote; que tus activas entrañas siguen rugiendo bajo el mar… Sí. Igual, pero a la vez muy distinta. Eres la pequeña, la más alejada, la que se resiste al ruido, la que guarda sus secretos en recónditos tubos de lava y en leyendas que aún se cuentan al calor de las piedras. La que aún no ha sucumbido al turismo, y que nunca lo harás porque así lo has decidido.

Pequeña pero infinita. En apenas diez kilómetros me llevaste de un malpaís de lava petrificada que mira al sur y que está bien protegido por los vientos alisios, a los bosques húmedos que parecen sacados de un cuento gótico. Me mostraste pastos verdes en la Meseta de Nisdafe, donde el ganado pasta tranquilo ajeno al mundo. Me mojaste los pies en un mar en calma, que guarda en su profundidad lo que será en breve el primer parque nacional submarino de España. Me hablaste de tus más de quinientos volcanes, que, como cicatrices, han narrado tu historia geológica más reciente. Y escuchaba, fascinado, cada palabra que tu tierra iba susurrando.

El primer beso me lo diste en lo alto de La Cumbre. Allí me dejaste mirar al infinito. Y todo lo comprendí. Allí estaba lo que quedó de tu inmenso volcán cuarteado. Una parte de la caldera volcánica sigue aquí con nosotros; la otra mitad de lo que fue el cono volcánico sucumbió a la gravedad, no pudo con sus propias fuerzas, ni con los vientos que se lanzaban contra tu cumbre, ni con las mareas, y se derrumbó en el mar Atlántico. Desde lo alto se ve claramente el inmenso golfo, que es el reducto que queda del volcán que fuiste hace no más de 80.000 años. ¡Qué juventud geológica!

Bramwell – Turismo Canarias
Desde lo alto del mirador me fuiste señalando cada uno de tus rincones. Allá a lo lejos el Pozo de la Salud, único balneario de aguas sulfatadas de Canarias, y un poco más allá la peligrosa playa del Verodal, con su arena de color carmesí; a nuestros pies el campanario de Tigaday, vestido de blanco inmaculado separado del cuerpo de la iglesia y ubicado sobre un monte de ceniza volcánica petrificada y de color rojo sangre, un lugar perfecto para que todos escuchen el Ángelus.

Y muy cerca tu árbol sagrado, el de todos los herreños. Fue allí donde me hablaste de tus antepasados: los bimbaches. Un pueblo pacífico, fuerte, de hombres y mujeres de tez oscura y de ojos azules. Vivían del pastoreo y de una pesca rudimentaria desde los acantilados y roqueros. Nadie sabe con certeza de dónde vinieron ni como llegaron. Unos dicen que eran esclavos bereberes; otros, que eran hijos de los dioses. Y lo más curioso es que no sabían navegar. Y entonces llega esa pregunta: ¿cómo llegaron hasta esta isla tan remota? Y nadie sabe contestar. Uno más de tus misterios.
Las leyendas de los bimbaches aún siguen susurrando este paisaje y, en especial, a la sombra del árbol sagrado de Garoé. Allí entendí lo que significa la lluvia horizontal. Vi cómo las nubes se detenían en tus cumbres, cómo se enrevesaban buscando la salida del Bosque de La Llanía. Vi cómo cada una de las nubes lloraba gotas de agua dulce que se iban deslizando por los troncos y cómo, al final, esas lágrimas se recogían en aljibes de tierra y así se conseguía agua dulce para beber. Me pareció un milagro, uno de esos que solo ocurren en lugares como esta isla donde se respeta la naturaleza.

Y es que tu pasado sostenible hace que tu futuro sea verde. Eres el único territorio nacional autosuficiente energéticamente hablando gracias a tu apuesta por las energías limpias. Y eso debe enorgullecerte. No paras de enseñar a todos que se puede vivir en armonía con el entorno, que no hace falta alterar el paisaje, que la belleza está en lo intacto, en lo que permanece fiel a su esencia.
También me hablaste del lagarto de Salmor, ese reptil que se creía hace décadas perdido y que ahora sobrevive gracias al empeño de quienes aman esta tierra y su naturaleza. Me contaste que los bimbaches lo incluían en su dieta junto a moluscos y otros peces de roca, como se pudo saber e investigar en el poblado de Guinea, una recreación de cómo eran ancestralmente las aldeas de tus primeros moradores.

Hubo momentos que la convivencia fue intensa y rayó lo estremecedor. Recuerdo cuando decidiste llevarme al bosque de sabinas milenarias. Allí nos esperaba un averno natural y único. Un lugar donde los árboles se inclinan rendidos o cansados ante la fuerza de los alisios. Sus copas se arrastran por un suelo arenoso, la gente dice que, mientras se camina por el sendero, ellos te saludan, hacen una elegante reverencia por haber venido. Allí sabinas, graznidos de cuervos y el ulular del viento hacen sentir al viajero que ha llegado a las puertas de un dulce abismo, las puertas del fin del mundo.

Sí. Me llevaste sin querer al Fin del Mundo conocido. No me equivocaba. A pocos metros de este sabinar conmovedor está el Faro de Orchilla. ¡Qué lugar tan simbólico! Allí, donde se trazó el Meridiano Cero, donde Ptolomeo imaginó el final de la Tierra, el verdadero Finisterre, y donde más allá ya no había nada conocido. Se emociona uno al pensar que las naos de Colón vieron por última vez su luz antes de lanzarse al océano. Estar allí es como tocar el borde de la historia, como asomarse al precipicio de lo desconocido.
El faro, con nombre de alga canaria, es un centinela silencioso, un testigo de todos los viajes que comenzaban aquí y que no se sabía dónde podían terminar. Y qué desgracia que te arrebataran tu meridiano cero y se lo llevaran hasta un barrio londinense. Te quitaron el meridiano, pero nunca el honor del nombre que te puso el griego Ptolomeo, y es que seguirás siendo la isla del Meridiano Cero, la isla del fin del mundo.
No me puedo olvidar de tus gentes: tus pescadores de La Restinga, tus pastores de las cumbres que hacen un queso ahumado que se saborea sólo en esta tierra; de tus mujeres tejedoras de Isora, que siguen pasando la barca de madera por la urdimbre de sus telares como lo hacían sus abuelas.
Durante nuestras últimas horas paseamos por el bello mirador del Roque de Bonanza, para terminar en Valverde, tu capital sin costa. Incluso para esto eres distinta al resto de tus hermanas canarias. Mientras ellas bañan sus pies en el mar, tú lo haces en los prados de las cumbres.

Te dejo, pero no te olvido. ¿Volveremos a vernos? Quizás. Aunque siempre se dice que donde has sido feliz no has de querer volver. Gracias, isla de El Hierro, por seguir tatuada en mi retina y en mi mente.
Me despido, Isla del Meridiano Cero, Isla del Fin del Mundo. Isla de El Hierro.
1 comentario
Maravilloso y entrañable artículo. Desde luego, tras esta poética lectura, sin duda, programaré un viaje a esta Isla. Qué bonita manera de sugerir un destino.