Pasar dos días en la isla de Ons es una forma distinta de reconciliarnos con la naturaleza. 48 horas viviendo dentro de un Parque Nacional donde el viento nos susurra, las aves nos acompañan y el océano dicta el ritmo del tiempo. Senderos, acantilados, playas salvajes y en el plato el afamado pulpo “á illa”.
Cuando uno se pone a mirar a ese Atlántico desde la ría de Pontevedra o de Arousa, divisa esa isla tan cercana como desconocida. Una línea verde recortada sobre el agua, tan próxima que parece al alcance de la mano y, sin embargo, tan lejana como para despertar la pregunta de qué hay allí. Es la isla de Ons, un territorio donde el mundo cotidiano no es como el nuestro y donde uno puede terminar mimetizándose con la naturaleza.
Pequeño fragmento del Parque Nacional de las Islas Atlánticas, una tierra expuesta sin descanso al azote de mareas y galernas, al ulular de los vientos que llegan cargados de sal y tormenta. Una isla que vive siempre mirando hacia tierra firme, hacia la calma de esos brazos de mar que se hacen llamar rías, pero que permanece lo suficientemente apartada como para guardar intacta una especial tranquilidad.
Hay que decir que muchos de estos espacios protegidos quedan cerrados cuando cae la tarde y los últimos barcos regresan a puerto. Son lugares que el viajero puede visitar durante unas pocas horas, pero no habitarlas. Pero Ons, sin embargo, siempre ha estado viva. Siempre ha tenido vecinos, gentes que han vivido del mar. Y esta pequeña condición hace que lo cambie todo. Aquí es posible quedarse, saber cómo es el mar en la tranquilidad de una noche, saber cómo su oscuridad nos eriza la piel con un viento de mar adentro.
Pasar la noche en este pequeña isla agreste y solitaria que emerge del mar, caminar por sus estrechos senderos cuando el último ferry se ha marchado y estar acompañados por el silencio que vuelve a habitar la isla y sus pocos habitantes. Escuchar el rumor constante del Atlántico, el graznido de las gaviotas sobre los acantilados, el viento moviendo los matorrales. Y sentir, aunque solo sea durante un par de días, que el tiempo discurre de otra manera, al ritmo que marcan las olas y las mareas.
Llegada a Ons
El barco sale de Portonovo con la parsimonia de quien conoce bien el camino. No hay prisa en el mar de las Rías Baixas. El casco corta el agua con un rumor grave mientras la costa peninsular se aleja a nuestras espaldas de forma lenta y las conversaciones de cubierta se disuelven en el viento salado. En cuarenta minutos, Ons empieza a dejar de ser un destino intocable para convertirse en un territorio nuevo por descubrir.
La silueta de la isla que siempre hemos tenido enfrente, como un lagarto recostado en la línea del horizonte. Primero es solo una silueta alargada. Poco a poco se distinguen sus acantilados, sus lomas suaves, la línea blanca de alguna playa. No tiene ni el bullicio ni la fama de las Cíes, y quizá por eso conserva algo más valioso: autenticidad.

Cuando el barco entra en el pequeño pantalán de piedra que hace puerto, el paisaje parece contener la respiración. Aquí empieza un Parque Nacional. Aquí todo es naturaleza. Incluso algunos pescadores trabajan en sus barcas, sin inmutarse de la llegada de turistas. El Barrio O Curro, la única población de la isla, se agrupa alrededor del puerto natural de la isla, resguardado de las galernas atlánticas. No viven aquí más de medio centenar de personas durante el invierno. Un lugar donde el mundo exterior queda lejos.
Me desprendo de la mochila en el apartamento que será mi hogar este par de días, una de las antiguas pequeñas casas de pescadores, convertidas hoy en alojamientos sencillos. No hay lujo, tampoco se necesita. Las ventanas se abren al mar y el viento trae un olor a algas.

Salgo a caminar. En Ons, todo se recorre a ritmo pausado. Los senderos comienzan en el propio puerto y se ramifican hacia todos los rincones de la isla. Tomo el camino que asciende hacia el faro, dejando atrás huertas pequeñas, hórreos dispersos y casitas bajas donde todavía se percibe la vida isleña. El sendero serpentea entre matorrales y pinares. El viento se cuela entre las ramas produciendo un murmullo continuo que acompaña la caminata como una música antigua.
Faro de Ons, vigía del Atlántico
Y de pronto aparece el faro de Ons en todo su esplendor. Se alza en el punto más alto de la isla desde hace más de un siglo, vigilando el tráfico marítimo que entra y sale de la ría. Su presencia es rotunda, solemne, elegante. Desde allí el Atlántico se despliega a la vista en todas direcciones.
Miramos más allá del faro, y ante nuestros ojos se despliega la inmensidad. Al oeste, el océano abierto. Al sur, la pequeña isla de Onza y como unas líneas difusas, más allá, las hermanas mayores de Ons, las Cíes. El viento sopla con fuerza y las gaviotas planean sobre los acantilados como auténticas dueñas del lugar.

Continúo la ruta circular que rodea el extremo norte de la isla. El camino se estrecha y discurre por zonas donde anidan gaviotas y otras aves marinas. En primavera y verano el aire se llena de sus voces, de un coro salvaje que parece defender el territorio. Caminar aquí es sentir el pulso de la naturaleza. De vez en cuando motas de colores que son el aletear de mariposas. Si uno se fija podrá ver salamandras y otros reptiles que tienen en las calurosas rocas su edén.

Los acantilados caen abruptos hacia el mar, donde las olas rompen con paciencia infinita. El paisaje tiene algo primitivo, como si el tiempo hubiese decidido pasar más despacio en este lugar. Tras varias horas de sendero, el camino desciende hacia uno de los rincones más sorprendentes de Ons: la playa de Melide.
Una alfombra de arena blanca y fina, casi luminosa. Siglos de un mar lamiendo las rocas y las conchas para hacer esta playa salvaje de arena fina. El agua adopta una tonalidad turquesa que recuerda a latitudes más lejanas. Es una playa abierta al sol, protegida del viento, y tradicionalmente asociada al naturismo.

Paso un buen rato mirando el horizonte. El Atlántico respira despacio. Se ven los barcos volviendo a puerto y llevándose a los turistas bulliciosos que han venido a pasar el día. Cada vez menos gente en la isla. Ons se vuelve más paraíso aún.
La tarde comienza a inclinarse de forma silenciosa. El último ferry zarpa hacia la península. El silencio se hace más profundo. El viento suena más claro entre los matorrales. Los senderos han quedado vacíos. Ons vuelve a ser un territorio íntimo y particular. Camino entre las pequeñas casas del Curro mientras cae la noche. Las luces son pocas y el cielo empieza a llenarse de estrellas.

La cena es sencilla pero memorable. Pido el plato que aquí tiene categoría de rito: pulpo “á illa”. El pulpo llega tierno, espolvoreado con pimentón y aceite de oliva, acompañado de patatas. Sabe a mar, a tradición, a cocina hecha sin artificios. Cada bocado parece condensar siglos de relación entre los isleños y el océano.

Ons, donde se puede tocar las estrellas
La noche que ya está entre nosotros al completo y es momento de volver a caminar otra vez. La isla de Ons es un destino Starlight, uno de los mejores lugares de Galicia para observar el cielo nocturno. La ausencia de contaminación lumínica convierte la bóveda celeste en un espectáculo desbordante. Esa sensación de sentarse en una roca mirando hacia el Atlántico. La Vía Láctea cruza la noche como una cicatriz luminosa. Las estrellas parecen más cercanas que en cualquier otro lugar. Solo se escucha el mar respirando en la noche oscura
Curiosidad, a medianoche se corta la electricidad de las casas. Los generadores descansan, es la única forma de conseguir electricidad en la isla. Durante unos segundos todo queda completamente oscuro. Y entonces el cielo confirma que es infinito.
Romanos, celtas y leyendas infernales
Amanezco con el sonido del mar golpeando suavemente contra las rocas. No hay coches, ni tráfico, ni voces lejanas. Solo el rumor del Atlántico entrando por la ventana.

Desayuno temprano y salgo a caminar cuando la isla se despereza lentamente y esos turistas de día aún no nos han conquistado. Tomo un sendero que asciende hacia el interior. El terreno cambia poco a poco: aparecen pinares, zonas de matorral y claros donde la luz se filtra entre las ramas. La caminata tiene algo de exploración. La isla guarda restos de otra época.
Las huellas indelebles de celtas y romanos han quedado en la isla. Incluso, el nombre de “Ons” puede derivar de la palabra “colina” o “isla montañosa” que usaban los celtas, y que pudo ser utilizada por los castros celtas cercanos que hay en lo que hoy en la Península de Morrazo o en el interior de la isla de Arousa, como lugar de culto.

Por su parte, los romanos ya utilizaron estas islas como enclave para la explotación del mar. Cerca de la costa todavía pueden encontrarse restos de antiguas factorías de salazón. El océano era entonces, como ahora, una gran despensa. No sólo están visibles los restos de esta fábrica romana, también a pocos metros, y siempre que baja la marea se puede ver el sarcófago de Laxe do Crego. Una tumba antropomorfa excavada en la piedra y de casi 2 metros de longitud. Dicen que fue de un abad, otros que de un gigante que guardaba la isla y que una tempestad se llevó la piedra que lo sellaba para que su alma huyera con las olas del temporal.
Continúo hacia uno de los lugares más misteriosos de la isla, voy en busca de lo que se conoce como la Boca do Inferno. El nombre por sí, impone respeto. Entre los acantilados se abre una cavidad profunda. El mar entra por ella con inmensa violencia y el aire que empuja produce un sonido grave, un gemido que sube desde el interior de la roca. Un resoplido como si la isla respirara desde las profundas entrañas. Dice la leyenda que en días de temporal son las almas de los náufragos que están en el averno, las que suplican su salvación, gritan con fuerza, quieren salir de ese temporal diabólico que los ata.

Me quedo un rato contemplando el espectáculo. Las olas golpean, retroceden, vuelven a golpear. Muy cerca, una cruz en lo alto de las piedras. Estremece mirarla cuando las almas de este purgatorio marino aúllan queriendo salir. Una cruz que allí se puso para guardar respeto a un guardamarina que se precipitó por los acantilados en unas jornadas de entrenamiento, pero que parece ser el salvoconducto para las almas que quieren salir del infierno en busca de un paraíso. Regreso después hacia el faro, cerrando el círculo de la caminata.
El paisaje vuelve a abrirse en todas direcciones con una mezcla de paz y energía que solo se encuentra en los lugares donde la naturaleza sigue siendo dueña y señora del paisaje.
Cuando el barco regresa hacia la península miro atrás una última vez. La isla descansada sobre el mar como un pequeño refugio atlántico.
Ons es uno de esos lugares donde todavía es posible sacudirse de esa sombra urbanita que nos persigue y del estrés moderno, y cargar de nuevo las pilas gracias al encuentro con una naturaleza indómita, con la sal y el viento del Atlántico que se ha impregnado en nuestra piel y en nuestra alma.