Llega un momento, la noche del jueves, en que la ciudad dice adiós, durante cuatro días, al año 2026. Ocurre pasadas las once, cuando la Marcha de Fuego sale del Parque del Melgar y enfila hacia la plaza Mayor. Las antorchas van abriendo un pasillo de luz entre la gente, y por un instante el resplandor borra las fachadas modernas y deja solo los rostros: pintados de rojo y de negro, coronados de pieles o de bronce, mirando al frente.
Después vendrán tres días más de desfiles, talleres, combates y ceremonias. Pero la fiesta arranca ahí, en ese pasillo de fuego, cuando miles de personas –sumando vecinos y visitantes– aceptan a la vez la misma ficción.
Esta última edición, celebrada del 23 al 26 de julio, tenía además un motivo particular para encenderse: cumplía cuarenta años.
De un circo improvisado a una ciudad entera
Para encontrar el origen de esta fiesta hay que remontarse a 1986. En aquella fecha Astorga celebraba los dos mil años de su fundación y, entre los actos conmemorativos, alguien propuso montar un circo romano. Funcionó lo suficiente como para repetirlo al año siguiente, y al otro, y así hasta el cambio de siglo. En el año 2000 aparecieron las primeras tribus astures y la fiesta dejó de ser una recreación imperial para convertirse en lo que es hoy: el relato de un choque.
Porque esa es la clave, y lo que la distingue de tantas recreaciones romanas peninsulares. Aquí no hay un solo bando. Hay dos pueblos compartiendo un mismo campamento durante cuatro días, con sus pallozas y sus domus separadas por unos metros de hierba, sabiendo todos que la historia terminó como terminó. Las guerras astur-cántabras y la fundación de Asturica Augusta se conmemoran con emoción y una tensión intacta.
En 2011 llegó la declaración de Fiesta de Interés Turístico Regional. En 2018, algo más revelador: la Guía de Rigor Histórico, un documento interno que fija lo que pueden y no pueden llevar quienes participan en la recreación. Tipos de túnica, armamento, peinados… Cómo se construye una palloza, cómo se levanta una domus, qué altura puede tener una torre de vigía. Cualquier cambio significativo debe pasar por el grupo de rigor histórico antes de aparecer en el campamento.
Suena a burocracia. Es exactamente lo contrario: es la razón por la que las imágenes que se producen durante estos cuatro días no parecen un carnaval.





Veintiséis tribus, treinta y dos domus, ni un metro libre
El Parque del Melgar amanece cada mañana de estos días de finales de julio convertido en dos asentamientos. Veintiséis tribus astures a un lado, treinta y dos domus romanas al otro. El campamento está completo y ya no se admiten nuevas edificaciones: no queda sitio.
Dentro, la actividad no para. En la palloza de los Lancienses se imparte un taller sobre plantas medicinales ("El bosque sanador"); en la de los Astures de Carabazo se tiñen telas con tintes naturales del noroeste peninsular. Los Guigurros explican la panoplia militar astur y presentan a sus nuevos guerreros ante la tribu. En el lado romano, el Templo de Juno dedica una exposición a la mujer en la antigua Roma y otra a la policromía, ese detalle incómodo que sigue sorprendiendo a quien imagina el mundo clásico en blanco mármol. Caetra Lucensium, llegada desde Lugo (la antigua Lucus Augusti romana), monta un taller de acuñación. Los Hermanos de Armas, desde La Rioja, uno de medicina.
El sábado por la mañana, junto a la entrada del campamento romano, unos telescopios apuntan al sol. La idea es sencilla y buena: bajo ese mismo sol, hace dos mil años, astures y romanos miraron el mismo cielo.
Nada de esto lo organiza el ayuntamiento. Lo levantan las propias tribus y domus, cada una la suya, año tras año.









Cerca del veinte por ciento de la población de Astorga pertenece a la asociación.
Casi uno de cada cinco
El dato que explica la fiesta no está en el programa, sino en el padrón: cerca del veinte por ciento de la población de Astorga pertenece a la asociación de Astures y Romanos.
Uno de cada cinco vecinos. Eso significa que la mujer que sirve el vino en la palloza probablemente atienda el resto del año en un comercio de la calle de al lado, y que el legionario de la coraza negra tiene un trabajo normal y una hipoteca. Significa también que la fiesta no se hace para los visitantes: se hace, sobre todo, para los propios astorganos. Aquí los de fuera venimos a mirar y a disfrutar, y sobre todo a asombrarnos del sano pique que existe entre astures y romanos.
Hasta la economía juega. Cada edición, astures y romanos acuñan su propia moneda, y algunos establecimientos de la ciudad, como El Café de Pipo, la aceptan como pago durante esos días, aunque la mayoría prefiere conservar las monedas a modo de colección. Las primeras que se acuñaron tienen un valor, cada una, de unos 100 euros, nos explica Paulino Sánchez, propietario del café y uno de los dos únicos acuñadores que hay en Astorga. Las monedas de este año se presentaron en junio, con el sello del cuarenta aniversario.





Los cuatro platos fuertes
Jueves: la Marcha de Fuego. Las antorchas salen del campamento hacia la plaza Mayor para dar la bienvenida a los nuevos miembros de la asociación. Es el pistoletazo y, para mi gusto, el mejor momento fotográfico de los cuatro días. Antes, al caer la tarde, las vestales encienden el fuego sagrado.
Viernes: el recibimiento del César. A las siete y media, las tribus astures, las legiones y las civitas romanas desfilan por las calles hasta la plaza Mayor. Es el acto más multitudinario y el más vistoso: caballos, estandartes, águilas, máscaras de caballería. Por la noche, en el parque del Aljibe, la Noche de Druidas alcanzaba su vigésimo primera edición.
Sábado: el Gran Circo Astur-Romano. La plaza de toros se llena para la competición entre tribus y legiones, el acto que congrega a más público de toda la fiesta. Este año llevaba subtítulo: cuarenta años de historia. Antes, al mediodía, el reclutamiento de legionarios y la revista de tropas del César Octavio Augusto.
Domingo: el cierre. Por la mañana, la Justicia Romana desfila desde el campamento hasta la plaza Mayor con su venta de esclavos. Al atardecer, tras la entrega de premios del circo, las vestales preservan la llama eterna. Y a las nueve, el entierro del héroe astur recorre la ciudad desde la plaza Mayor hasta la plaza Eduardo de Castro.
Ese último desfile es lo contrario de la Marcha de Fuego. Silencioso, lento, sin antorchas. La ficción no se apaga: se despide.







Qué queda cuando se desmonta el campamento
El lunes, el Parque del Melgar vuelve a ser un parque. Las pallozas se desarman, las domus se guardan, la moneda deja de aceptarse en los comercios y los legionarios regresan a sus trabajos habituales.
Pero durante cuatro días una ciudad de apenas diez mil habitantes ha sostenido, con rigor documentado, la ficción de ser otra cosa. Son ya cuarenta años seguidos haciéndolo.






