Expedición al Pacífico

Parte del equipo de expedicionarios españoles.

En la segunda mitad del siglo XIX, y por espacio de más de tres años, un grupo de naturalistas españoles recorrió el continente americano en un viaje científico que estuvo plagado de aventuras y peligros. Con aquella expedición, bautizada como Comisión Científica al Pacífico, el gobierno de Isabel II intentaba recuperar para España el prestigio y la importancia de épocas pasadas…

«Estábamos derrotados completamente, sin ropa, sin zapatos, con larguísimas barbas… La intensa ictericia que tenía el pobre Isern, y todo nuestro conjunto parecía más de mendigos que de comisionados de un gobierno europeo».

Así se expresaba en 1866, con notable azoramiento, el Dr. Manuel Almagro y Vega, al rememorar las desventuras que él y otros tres científicos españoles vivieron durante la última etapa de su aventura por tierras americanas. Esta descripción de su penosa situación, reflejada en las páginas de su crónica redactada para dar cuenta de su audaz aventura, tuvo su contraparte en el texto de otro científico, en este caso suizo, aunque al mando de una misión estadounidense. Louis Agassiz, profesor de la prestigiosa Universidad de Harvard, se hallaba navegando en septiembre de 1865 por las aguas del puerto fluvial de Tabatinga, a bordo del buque brasileño Icamiaba, cuando se topó con el derrotado grupo de exploradores españoles. Años más tarde, en 1895, Agassiz rememoraba aquel encuentro en su libro A journey in Brazil (Un viaje en Brasil), en cuyas páginas decía lo siguiente: «Encontramos aquí a cuatro miembros de una comisión científica española, quienes habían estado viajando varios años por centro y Sudamérica (…) Acababan de completar su aventura, descendiendo el río Napo en balsa, con su gran colección de animales vivos que había convertido la embarcación en una especie de Arca de Noé. Tras varios riesgos habían llegado a Tabatinga, habiendo perdido la mayor parte de sus ropas, excepto las que llevaban puestas, debido a un naufragio».

Leyendo estas escuetas líneas, sumadas a las recogidas por Almagro en su crónica, no resulta difícil comprender las razones del español para sentirse avergonzado. Semidesnudos, con largas barbas y aspecto de vagabundos, y una endeble “embarcación” que recordaba a una improvisada Arca de Noé –como tan acertadamente la describió Agassiz–, los científicos españoles debieron sentir no poca vergüenza al ser auxiliados por la organizada y pulcra expedición estadounidense. Aquel encuentro suponía el punto final a la última etapa de una aventura, bautizada por los españoles como “el Gran Viaje”, que se había iniciado casi un año antes, cuando Almagro, acompañado por Francisco de Paula Martínez, Francisco Jiménez de la Espada y Juan Isern y Batlló decidieron embarcarse en una expedición por los Andes ecuatorianos, el río Napo y el Amazonas, intentando rememorar las andanzas del célebre Francisco de Orellana. Sin embargo, aquellos intrépidos científicos españoles llevaban desde 1862 recorriendo centro y Sudamérica, en un viaje conocido como Comisión Científica del Pacífico, organizado por el gobierno español, y que se convirtió en la última epopeya científica patria del siglo XIX. Una aventura que estuvo plagada de logros científicos, pero también de peligros –varios miembros del grupo perdieron la vida como consecuencia del viaje–, y que supuso el último ejemplo de los esfuerzos colonialistas de un país que estaba a punto de ver desaparecer los últimos restos de su ya malogrado Imperio.

MILITARES Y CIENTÍFICOS

La idea de organizar una expedición naval al Pacífico se había ido rumiando en el seno de los gobernantes españoles desde 1860. En un principio, la empresa iba a tener un carácter eminentemente militar y político, teniendo como único objetivo el envío de navíos de guerra para proteger los intereses españoles que todavía permanecían en las jóvenes repúblicas americanas. En aquellos años finales del reinado de Isabel II se había producido un resurgir de un sentimiento panhispanista que pretendía, con un marcado paternalismo, afianzar los lazos económicos y culturales entre España y sus antiguos dominios de Ultramar.

Aquel insólito viaje supuso el último esfuerzo colonialista de un país que estaba a punto de ver desaparecer los últimos restos de su ya malogrado Imperio.

Finalmente, sería en 1862 cuando se decidió la necesidad de poner en marcha la expedición, a la que en el último momento se pensó añadir una comisión científica que acompañara a las fuerzas navales de la Armada. Esta idea surgió del Ministerio de Fomento, y más concretamente del director general de Instrucción Pública, Don Pedro Sabau, quien se encargó del nombramiento de los especialistas que debían embarcar en la arriesgada aventura.

De este modo, a las fuerzas navales que formaban la tripulación de las fragatas Resolucióny Triunfo y las goletas Virgen de Covadonga y Vencedora–cuya misión principal era establecer una base naval en el Pacífico sudamericano– se sumaron también seis naturalistas que se encargarían de las labores científicas, entre las que se contaban la recolección de especimenes y muestras zoológicas y botánicas, así como el estudio geológico, orográfico, arqueológico y antropológico de los lugares por donde pasase la comisión.

El naturalista Patricio María Paz y Membiela, antiguo oficial de la Armada, fue el designado para ejercer como presidente de la comisión científica. Junto a él viajarían Fernando Amor, catedrático del Instituto de Valladolid –encargado de los estudios geológicos y entomológicos–; Francisco de Paula Martínez –secretario de la expedición y encargado de estudiar mamíferos y reptiles acuáticos–; el naturalista Marcos Jiménez de la Espada –responsable de recopilar información sobre mamíferos y reptiles terrestres; Manuel Almagro, médico y responsable de los estudios antropológicos y, por último, el experto botánico Juan Isern, dedicado a recoger todo tipo de plantas y semillas. A estos seis investigadores se sumarían otros dos civiles, en calidad de auxiliares. El primero de ellos era el médico catalán Bartolomé Puig y Galup, responsable de disecar algunas especies animales, mientras que el segundo era Rafael Castro y Ordoñez, artista de la Real Academia de San Fernando, a quien se le encomendó la tarea de dibujar y fotografiar paisajes, animales y tipos humanos del continente americano. La participación de un fotógrafo en el viaje supuso toda una novedad, pues se trataba de la primera expedición científica de todo el mundo en la que participaba un fotógrafo con la intención de documentar gráficamente la iniciativa.

Acuarela del volcán Sumaco, dibujada por Jiménez de la Espada durante su travesía.

En lo que respecta a la parte militar, el jefe de la expedición fue el general Pinzón, que quedó al mando de las cuatro embarcaciones españolas. La relación entre los científicos y el militar fueron delicadas desde un principio, y terminaron por influir de forma notable en el desarrollo de las dos primeras partes del viaje. En este sentido, los integrantes de la facción militar de la expedición no veían con buenos ojos la iniciativa científica, y su control sobre el destino de las embarcaciones ocasionó numerosas molestias e imprevistos a los naturalistas que, como veremos, tuvieron que dividirse y desplazarse por separado en varias ocasiones, pues las instrucciones de los marinos no facilitaban para nada su labor.

Finalmente, el 10 de agosto de 1862, a las cinco de la tarde, la Comisión Científica del Pacífico iniciaba su viaje a bordo de la fragata Nuestra Señora del Triunfo, zarpando desde el puerto de Cádiz. Se iniciaba así la última gran expedición científica española del siglo XIX, en un intento por recuperar el esplendor perdido y devolver a España a un lugar destacado entre el resto de potencias mundiales de la época.

RUMBO A LA AVENTURA

«Buenos mares y felices vientos», tal y como dejó por escrito en su crónica Manuel Almagro, llevaron a la escuadra hasta el puerto de Santa Cruz de Tenerife, primera escala de la aventura. Tras una semana en las islas afortunadas, donde terminaron de abastecerse con suministros para el viaje, la expedición partió rumbo a Cabo Verde, a donde llegaron el 22 de agosto.  Desde allí continuaron viaje, y ya no volverían a pisar tierra hasta alcanzar el continente americano, lo que sucedió tras dieciséis días de travesía por el Atlántico, arribando el 9 de septiembre a San Salvador de Bahía.

El grupo de científicos permaneció en la localidad brasileña varias semanas, comenzando ya su labor investigadora, recogiendo numerosas muestras de plantas y especies animales, «sobre todo aves y reptiles», en palabras de Almagro. El 26 de septiembre abandonaron Bahía con rumbo a Río de Janeiro, donde tuvieron el honor de ser recibidos en dos ocasiones por el mismísimo emperador de Brasil, hombre inquieto e interesado por las cuestiones científicas, quien les facilitó una hacienda para que Jiménez de la Espada y Bartolomé Puig pudieran trabajar con algunos de los animales capturados.

Por aquellas fechas, los miembros de la comisión habían tenido la oportunidad de comprobar que los militares de la expedición, poco interesados en cuestiones científicas, dificultaban sus labores de estudio. Por este motivo, los expedicionarios tomaron la decisión de continuar camino por su cuenta, y reunirse más tarde con la escuadra naval, de modo que no sufrieran retrasos ni estorbos en sus investigaciones.

Así, los ocho comisionados embarcaron el 6 de noviembre de 1862 en el vapor Brasileiro Tocatins, con rumbo a la localidad de Desterro, en la provincia de Santa Catharina. En la isla del mismo nombre estuvieron trabajando durante diecisiete días, y el 19 de noviembre volvieron a embarcar en otro vapor, el Emperatriz, esta vez con rumbo a San Pedro de Río Grande do Sul. Allí fueron recogidos por la goleta Santa María de Covadonga para su traslado a Montevideo, a donde llegaron el 6 de diciembre. Una vez en suelo uruguayo, el grupo de científicos decidió separarse para «dar más variedad a nuestras colecciones». Así, Paz, Amor, Isern y Almagro decidieron seguir por tierra hasta Chile, mientras los demás comisionados continuaban por mar embarcados en los buques de la Armada. El primer grupo atravesó las Pampas orientales en diligencia y más tarde recorrieron en vapor las aguas de los ríos Uruguay y Plata, hasta llegar, el 14 de enero de 1863, a la ciudad de Buenos Aires. Allí fueron recibidos por Bartolomé Mitre, entonces presidente de la República Argentina, quien les facilitó sus labores de estudio e incluso les presentó a varios indios de la Patagonia.

Vista del puerto de Valparaíso, Chile, en una foto tomada por Castro y Ordoñez.

Los cuatro científicos continuaron su marcha dos semanas después, primero a bordo de un vapor, y más tarde en diligencia, pasando por las ciudades de Rosario, Córdoba y Mendoza, a donde llegaron el 31 de marzo. A lo largo de este trayecto, y hasta que dejaron atrás tierras argentinas, viajaron siempre acompañados por ocho soldados y un oficial que el presidente Mitre se empeñó en enviar junto a ellos como escolta. Mientras tanto, el resto de la expedición había continuado su travesía por mar, tres de ellos a bordo de la fragata Triunfo, y Jiménez de la Espada en la Covadonga. El primer navío entró en el Estrecho de Magallanes el 6 de febrero, aunque se vio obligado a atracar en el puerto de Bahía de Posesión a causa de un fuerte temporal. El 14 de ese mismo mes llegaron a Punta Arenas, donde pudieron entrar en contacto con los patagones, «corpulentos y casi siempre ebrios». La pequeña flota española intentó proseguir viaje, pero las temibles aguas de aquellas latitudes dificultaron su avance, hasta el punto de que decidieron dar marcha atrás por temor a quedarse sin carbón, viéndose obligados a arribar en las islas Malvinas. Finalmente, parte de los navíos consiguieron doblar el Cabo de Hornos el 13 de abril, y fueron llegando a Valparaíso (Chile) en fechas dispares. Para entonces, el grupo de Amor, Paz, Isern y Almagro ya habían llegado por tierra.

Una vez en territorio chileno, las diferencias con los militares volvieron a aflorar y, con disgusto para los científicos, el grupo tuvo que cancelar un viaje que habían previsto al Arauco, pudiendo recorrer únicamente –en los dos meses que estuvieron en el país–, las poblaciones de Valparaíso, Santiago y las minas de Copiapó, donde Fernando Amor, enfrascado en sus estudios geológicos, terminó enfermando de la dolencia que le arrebataría la vida meses más tarde. A causa de sus diferencias con los miembros de la Armada, los naturalistas decidieron volver a separarse y seguir distintas rutas. De este modo, Almagro e Isern viajaron a Perú y Bolivia, mientras los demás acompañaban a la escuadra. Los primeros partieron en barco el 11 de junio, y más tarde continuaron viaje en tren y mulas, «el único modo posible de viajar hasta Bolivia, atravesando las cordilleras». Acompañados por un arriero local, José Lanchipa, los españoles ascendieron las cumbres, sufriendo el mal de alturas y conviviendo durante algún tiempo con indios aymaras. El día 28 de junio, tras no pocas calamidades, Isern y Almagro alcanzaron por fin la ciudad de La Paz, donde permanecieron hasta el 6 de julio. Para entonces, tal y como escribió el propio Almagro, la colección de plantas y animales «se había aumentado, y necesitábamos tres bestias de carga y dos de silla». Al día siguiente, 7 de julio, llegaron a las ruinas de Tiahuanaco, donde aprovecharon para excavar y recopilar objetos antiguos y restos humanos, como una colección de cráneos modificados.

A finales de ese mes Almagro e Isern se vieron obligados a separarse por falta de bestias de carga suficientes para transportarlos a ambos y al material que habían recogido. Mientras Isern visitaba el valle de Quequeña, el volcán del Misti y el desierto de Islai, Almagro pasó por Hatuncoya, Lanpa, Sicuani y, finalmente Cuzco, donde además de visitar la ciudad pudo estudiar la fortaleza de Sacsahuamán y las ruinas de Ollantaytambo. Finalmente, Almagro alcanzó la ciudad de Lima el 30 de agosto, en tal mal aspecto –«derrotado, mal montado y peor parado»–, que incluso le negaron alojamiento en un hotel. Allí volvió a encontrarse con su compañero Isern, aunque sólo por unos días. Puesto que la escuadra había continuado de nuevo viaje hacia el Norte, los dos científicos decidieron continuar viaje por separado para abarcar todo lo posible en su visita. Isern tomó la decisión de viajar por las selvas vírgenes de Chachamayo, mientras Almagro optó por visitar Panamá, Quito y Trujillo. Tras sus respectivos viajes en solitario, ambos expedicionarios alcanzaron a la goleta Nuestra Señora de Covadonga, regresando de nuevo hasta la ciudad de Lima, a donde llegaron ya en diciembre de 1863.

Mientras Almagro e Isern realizaban su particular viaje por tierra, el resto de sus compañeros habían continuado la travesía a bordo de los navíos españoles. Amor, Paz y Martínez se desplazaron en la Triunfo hasta Panamá, a donde llegaron en agosto de 1863. Para aquel entonces, el señor Amor, enfermo desde sus estudios en las minas de Copiapó, había empeorado hasta el punto de no poder levantarse de la cama. Cuando él y sus compañeros llegaron a San Francisco (California) el 9 de octubre, su estado era tan grave que tuvo que ser ingresado en un hospital, falleciendo pocos días después. Enterrado en suelo estadounidense, el resto de sus camaradas embarcaron de nuevo rumbo a Valparaíso.

La expedición no volvió a reunirse por completo hasta el 16 de marzo de 1864, cuando Isern y Almagro encontraron a sus compañeros, con excepción del malogrado Amor y del presidente de la comisión, Paz y Membiela, quien tras una notable disputa con los mandos de la Marina, decidió regresar a España. El motivo de la discusión entre el científico y los militares había sido las diferencias por el conflicto desatado entre España y Perú, y que terminaría con la invasión de las islas Chincha, grandes productoras de guano.

Los restos de Amor fueron enterrados en suelo estadounidense, y poco después sus camaradas embarcaron de nuevo rumbo a Valparaíso.

Debido al cariz que habían tomado los acontecimientos, y con España en guerra declarada con Perú, el general Pinzón ordenó a los científicos que abandonaran los navíos con todas sus pertenencias y regresaran a España. Puig i Galup, el médico y taxidermista, decidió quedarse en Chile, mientras que Rafael Casto y Ordoñez, el dibujante y fotógrafo del grupo, tomó la decisión de regresar a España haciendo escala en Nueva York. Con las “deserciones” de estos dos últimos y la del presidente Paz, además de la muerte de Amor, la Comisión Científica del Pacífico había visto reducido su número a cuatro integrantes: Martínez, Jiménez de la Espada, Almagro e Isern. Éstos decidieron pedir permiso al gobierno para continuar la misión por su cuenta, y tomaron la determinación de embarcarse en la mayor aventura de todas.

EL “GRAN VIAJE”

Mientras esperaban una respuesta de Madrid que diera luz verde a sus intenciones, Almagro decidió viajar hasta Chiu-Chiu, en Bolivia, para estudiar las momias que allí se encontraban, mientras sus compañeros permanecían en Chile aumentando la ya nutrida colección zoológica y botánica que había reunido en dos años de viaje. Tras recibir la aprobación del gobierno, los cuatro exploradores se reunieron finalmente en Guayaquil en octubre de 1864 y prepararon su arriesgada aventura. Su intención era emular el viaje de Francisco de Orellana, atravesando Sudamérica desde la costa del Pacífico hasta la del Atlántico, a través de la cuenca del Amazonas.

La travesía comenzó el 11 de noviembre de 1864, cuando los cuatro españoles tomaron el vapor que unía Guayaquil con Babahoyo. Mientras recorrían las aguas del río Guayas tuvieron ocasión de ver multitud de monos y «enormes lagartos de hasta ocho varas de largo» –cocodrilos de seis metros–, llegando a matar y disecar algunos de ellos. Durante aquella primera parte del viaje, más tranquila, los científicos aprovecharon para visitar el volcán Sangay y las cimas de los nevados del Chimborazo y del Cotopaxi, y en diciembre de aquel año se reunieron de forma definitiva en Quito para acometer el trayecto final. Para aquel entonces, la cantidad de piezas y animales reunidos era tan grande que los viajeros necesitaron contratar a un enorme número de indios –hasta doscientos cargueros–, para que les ayudaran en el transporte. Mientras el cargamento marchaba lentamente, los cuatro aventureros aprovecharon para visitar otros enclaves de su interés, como el volcán Pichincha, «en cuyo interior se perdió Espada, quedando cuatro días sin comer, sufriendo aguaceros, nevadas y temblores de tierra».

El recorrido entre Quito y Baeza, atravesando peligrosas y frondosas selvas, tuvieron que realizarlo por parejas, pues no encontraron indios suficientes que les ayudasen en la travesía de una sola vez. Tras alcanzar la ciudad de Baeza, los cuatro científicos españoles iniciaron la marcha hacia el Este y abandonaron «los confines de la civilización». De nuevo se vieron obligados a continuar viaje de dos en dos, ante la falta de ayuda india en número suficiente. Sin embargo, allí terminaban las similitudes. El viaje que tenían por delante era mucho más largo y mucho más peligroso que el realizado hasta el momento. A lo largo de jornadas interminables, aquellos intrépidos aventureros tuvieron que atravesar y vadear caudalosos ríos que amenazaban con llevárselos aguas abajo al menor despiste. Cuando los cuatro hubieron llegado a Archidona, pasaron allí un mes en compañía de los indios, antes de partir de nuevo e iniciar el recorrido por las aguas del río Napo. Su siguiente parada fue Aguano, donde iniciaron los preparativos para acometer el resto del viaje. Para ello decidieron construir dos grandes balsas para transportar sus numerosas pertenencias, así como a ellos mismos y a los treinta indios que debían acompañarles.

Los miembros de la expedición, en una instantánea captada en 1862.

La travesía no continuó hasta el mes de julio, debido a los complicados preparativos, así que los expedicionarios aprovecharon el tiempo para realizar varias excursiones por la región, teniendo ocasión, por ejemplo, de conocer la región de los célebres jíbaros. Cuando finalmente zarparon el 17 de julio, les sorprendió un fortísimo aguacero que hundió una de las canoas en las que viajaban, y poco faltó para que los científicos perdieran allí mismo la vida. Tras el percance, continuaron su viaje por el río Napo «a bordo de dos balsas, cuatro canoas grandes y tres chicas», siempre acompañados por un buen número de indios aguanos y loretos. Las dificultades no terminaron ahí: a la dificultad de conseguir alimentos, al fuerte calor y la insoportable humedad, los científicos tenían que soportar el ataque de voraces mosquitos, que les importunaban día y noche. El 24 de agosto los viajeros llegaron a la frontera de Perú y Brasil, a una hacienda llamada Tabatinga, donde tenían intención de embarcar en un vapor. La embarcación no llegaba hasta el 18 de septiembre, y los víveres eran muy escasos, por lo que los cuatro viajeros, a quienes los indios habían dejado ya, pasaron «más hambre allí que durante todo el viaje anterior». Fue también allí donde Juan Isern comenzó a manifestar los síntomas de la dolencia que terminaría por llevarle a la tumba.

Sin apenas recursos económicos, el 20 de septiembre de 1865 los cuatro comisionados embarcaron al fin en el vapor Icamiaba, pero en el pasaje de proa, la zona más humilde. Por suerte, dos caballeros brasileños se apiadaron de su situación y se hicieron cargo de sus gastos, consiguiendo que viajaran en primera clase. Fue allí donde se los encontró el naturalista Agassiz, que años después recogería por escrito el lamentable estado en el que los encontró.

El Icamiaba los dejó en la localidad de Manaos, donde debían tomar otro vapor, por el que tuvieron que esperar quince días. Como carecían de dinero, se vieron obligados a empeñar sus relojes y el oro recogido en el río Napo a un judío portugués para poder sobrevivir. La odisea de aquellos cuatro audaces exploradores terminó el 12 de octubre de 1865, después de que el vapor Belem les transportara hasta Gran-Pará. Un mes más tarde, y gracias a la ayuda de Antonio Piñeiro, vicecónsul de España, y Juan Blanco del Valle, ministro de España en Río de Janeiro, los cuatro científicos pudieron tomar un barco en Pernambuco que les llevaría a España, donde volvieron a reunirse en enero de 1866. Poco después de su regreso a nuestro país, y tras poder disfrutar de su familia apenas unos días, Juan Isern fallecía por culpa de la enfermedad contraída durante el “Gran Viaje”.

En total, la aventura se había prolongado durante más de tres años, tiempo en el que los expedicionarios españoles lograron reunir más de 80.000 ejemplares de plantas, animales, insectos, objetos arqueológicos y minerales. Un magnífico legado que, todavía hoy, formar parte de las colecciones de varios museos de nuestro país.

Jiménez de la Espada se perdió en el interior del volcán Pichincha, «quedando cuatro días sin comer, sufriendo aguaceros, nevadas y temblores de tierra».

* EL DESTINO DE LOS EXPEDICIONARIOS

La dureza y peligrosidad de la aventura americana de la Comisión quedó patente con la muerte de dos de sus componentes, Fernando Amor y Mayor (1822-1863) y Juan Isern y Batlló (1825-1866), ambos fallecidos como consecuencia de enfermedades contraídas durante el viaje. Igualmente amargo fue el final de Rafael Castro Ordoñez, el dibujante y fotógrafo de la expedición. Tras regresar a España, Castro se suicidó en extrañas circunstancias disparándose un tiro en 1865. Del resto de los participantes, los más longevos fueron Manuel Almagro y Vega (fallecido en 1895), Marcos Jiménez de la Espada (1898) y Francisco de Paula Martínez (1908). De todos ellos, Jiménez de la Espada fue quien quedó más marcado por la experiencia, pues tras su regreso no sólo continuó sus estudios como naturalista, sino que despertó en él un interés por la historia y la antropología que se inició durante aquel inolvidable viaje.

* OTRAS EXPEDICIONES ESPAÑOLAS AL PACÍFICO

La Comisión Científica al Pacífico supuso la última gran aventura naval española del siglo XIX, y estuvo claramente influida por otros grandes logros obtenidos entre los siglos XVI y XVIII por exploradores españoles. Al descubrimiento en 1513 del llamado “Mar del Sur” por parte de Vasco Núñez de Balboa y sus hombres, le siguieron en años posteriores otras expediciones notables. En 1520, las naves comandadas por el portugués Fernando de Magallanes, al servicio de España, doblaban el estrecho que llevaría su nombre y penetraban en las aguas que bautizaron como Océano Pacífico. Tras alcanzar las Marianas y más tarde las islas Filipinas, Magallanes perdió la vida, y la flota se dividió en dos. Una de las naos, la Victoria, dirigida por Juan Sebastián Elcano, lograría doblar el cabo de Buena Esperanza y arribar a España en septiembre 1522, tres años después de su partida. Al histórico viaje anterior le siguieron otros, como el de García Jofre de Loaysa (1525-1526) –en el que perdió la vida Elcano–, y que resultó desastrosa, pues se perdieron la mayor parte de los barcos de la flota, o las expediciones de Álvaro de Saavedra y Hernando de Grijalva (1527-37), los viajes de Álvaro de Mendaña y, ya en el siglo XVIII, la célebre Expedición Malaspina (1789-1794), la mayor empresa científica española de su centuria.

PARA SABER MÁS:

  • ALMAGRO, Manuel. Breve descripción de los viajes hechos en América por la Comisión Científica enviada por el gobierno de S. M. C. Durante los años de 1862 a 1866. Ministerio de Fomento. Madrid, 1866.
  • LÓPEZ-OCÓN, Leoncio. «La comisión científica del Pacífico: de la ciencia imperial a la ciencia federativa». Bulletin fr. Études andines. 2003, 32: págs. 479-515.
  • PUIG-SAMPER, Miguel Ángel. La Comisión Científica al Pacífico. Crónica de la organización de una expedición romántica. Sociedad Geográfica Española.